Por Luis Alposta
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Acerca del brindis
El brindis es el momento de una celebración en el que los invitados levantan y entrechocan las copas para manifestar buenos deseos y/o felicitaciones. Con respecto al origen de esta costumbre, la de entrechocar las copas al brindar, hay tres versiones.
Una de ellas nos dice que el acto del brindis se originó en Roma, en el siglo IV a. C., y que se realizaba por una razón bien distinta de la actual. Los anfitriones, como símbolo de confianza, chocaban fuertemente las copas con sus invitados, haciendo que parte del líquido de una pasara a la otra. De este modo quedaba claro que se podía brindar tranquilo. Que la bebida no estaba envenenada.
Otra de las versiones nos cuenta que en la antigüedad, en los grandes banquetes, era costumbre que los comensales levantaran y golpearan sus copas para llamar la atención de los sirvientes, logrando así que les volviesen a llenar sus copas. Y esta costumbre devino luego en brindis.
Y una tercera versión afirma que en la antigua Roma se decía que del vino disfrutan todos los sentidos menos el oído. Con el chocar de las copas este sentido también participaba del gozo de la bebida.

Acerca del barrio
Un barrio no es grande o importante sólo por su extensión, por la amplitud de sus avenidas, por tener suntuosos edificios o por radicarse en él personajes encumbrados. Un barrio es importante, también, cuando los ciudadanos que allí conviven veneran las tradiciones lugareñas sin menoscabo del progreso y del acontecer que lo va cimentando.
Un barrio es una zona con una identidad propia, dentro de la cual hay hombres y mujeres emprendedores que se destacan en distintas disciplinas y que, cada uno en lo suyo, con sus aportes respectivos, van conformando la fisonomía lugareña que, sumada a la de otros barrios, con sus diversas peculiaridades, constituyen la real imagen de esta querida y cantada ciudad que es Buenos Aires.
Para los porteños, el concepto de barrio no es el de una simple institución urbana. Lo que determina su identidad proviene de su entraña de raigambre espiritual y sentimental. Sin eso no existiría. No sería más que un conglomerado amorfo de casas y vecinos.
Entiendo que documentar la historia del barrio, dándole color local a los acontecimientos y calor humano a sus protagonistas, significa un apreciable aporte para la cultura popular y contribuye a una mayor cohesión social a nivel vecinal, tan necesaria en la ciudades actuales, expuestas a la paradoja de la disgregación y masificación de sus habitantes.
En estos tiempos, en que parece flaquear el significado emocional y valorativo de ser argentinos, creo que es bueno recordar que la identidad nacional se origina en el barrio.

Acerca de la pereza
La pereza, uno de los siete pecados capitales, es una tendencia a la ociosidad o por lo menos a la desidia en la acción. A veces procede de la debilidad corporal, pero, casi siempre, es una enfermedad de la voluntad que rehuye y rechaza el esfuerzo. La virtud que se le opone es la diligencia.
Luego que el hombre hubo pecado, el trabajo fue para él no solamente una ley de su naturaleza sino también un castigo: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. El perezoso, el que no quiere trabajar, falta, pues, a esa doble ley. Claro que todo esto al perezoso poco le importa y, de ponerse a cantar, seguramente entonaría una canción como ésta:

Cargo con gusto el fardo / de no tener /  nada que hacer. /  Al ocio me confío, /  y tal vez por eso, /  al mismo tiempo río /  y me desperezo. /  Remolón y remiso. /  La pereza es el único residuo /  que pudimos ligar del Paraíso. /  Por darle un mordiscón /  a la manzana, /  nos morfamos la cana /  y el garrón /  de tener que yugar cada mañana. /  Pero yo… perezoso, gandul, poltrón, /  haragán, atorrante, fiaca o tumbón, /  soy indolente, /  soy negligente, /  y con mi holganza gozo en cualquier colchón. /  Cargo con gusto el fardo /  de no tener /  nada que hacer. /  Al ocio me confío, /  y tal vez por eso, /  al mismo tiempo río / y me desperezo.

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