Por Luis Alposta
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Acerca del número seis
El seis es uno de los números perfectos, ya que descompuesto en sus divisores y sumados éstos, 1 + 2 + 3, nos da la misma cifra.
Este sentido explica la continua búsqueda de la armonía y perfección del seis como expresión extrema del equilibrio de las partes. Seis es el número que significa la preparación para cualquier logro: el mundo fue creado en seis días; una viña tenía que podarse durante un sexenio; la tierra debía ser arada durante seis años.
En China es el número del cielo y, entre nosotros, en el lenguaje de la quiniela, el seis es el perro y el sesenta y seis, las lombrices. En la ruleta, la suma de sus treinta y seis números da 666. Exégetas, teólogos y comentaristas bíblicos han interpretado este número como el símbolo del diablo, llegando, también, a identificarlo con el “anticristo”, encarnación apocalíptica del propio demonio.
Por otra parte, la Biblia nos dice que el 666 es el número de la Bestia. Así está expresado en el Apocalipsis, capítulo 13, versículos 17 y 18. Dos versículos bíblicos que han desatado ríos de tinta durante 2.000 años. A decir verdad, desde que el mundo es mundo, y sin tener que recurrir a método esotérico alguno, el Día de la Bestia puede ser cualquier día.

Acerca del origen del “ok”
En lingüística moderna se llama acrónimo a una sigla que se pronuncia como una palabra -que por el uso acaba por incorporarse al léxico habitual en la mayoría de casos-, tal como ocurre con OK (Okey), locución que proviene del inglés estadounidense y se usa con el significado de “todo está bien”, “de acuerdo”, como expresión de aprobación o conformidad. ​
En lo referente a su significado y origen, entre una treintena de propuestas, está la que nos dice que deriva de la iniciales de las palabras Oll Korrect (deformación fonética del inglés all correct), “todo bien”, “todo correcto”.
El antecedente más antiguo de este término data de 1815, registrado en el diario manuscrito de William Richardson, que viajaba de Boston a Nueva Orleans un mes después de la batalla de Nueva Orleans:

Arrived at Princeton, a handsome little village, 15 miles from N Brunswick, ok & at Trenton, where we dined at 1 P.M.”

La primera vez que esta sigla, o.k., apareció en letras de imprenta, fue el 23 de marzo de 1839 en el periódico Boston Morning Post, en un artículo escrito por su editor, Charles Gordon Greene.
Entre las muchas etimologías propuestas, rescato ahora la que nos dice que viene del griego ola kala, que significa “todo está bien”. Palabras que bien pudieron ser pronunciadas por Sócrates después de decirle a Critón que no olvide de pagarle un gallo a Asclepio.

Acerca del remoto origen de la palabra mishio
Había una vez (y esto no es cuento) en la antigua región de Asia Menor, en lo que actualmente es el noroeste de Turquía, una comarca llamada Misia, en la que reinó Télefo en tiempos de la Guerra de Troya.
Según la mitología, este rey fue herido gravemente en uno de sus muslos por la lanza de Aquiles, cuando los griegos en su viaje a Troya arribaron a las costas de su país. De esa herida, Télefo sólo pudo sanar siguiendo las indicaciones del oráculo de Apolo) presentándose, disfrazado de mendigo, ante el propio Aquiles, quien le aplicó en la llaga la herrumbre de la misma lanza con la que lo había herido.
En siglos posteriores, el mito de Télefo, el misio, ha sido tratado por los grandes trágicos y el hecho de que se lo representara como a un mendigo vistiendo harapos se popularizó de tal forma que los harapos pasaron a estar siempre presentes en las parodias de Aristófanes.
Por otra parte, es para remarcar que entre los ligures, posteriormente, fructificó la difusión del alfabeto, el arte, las costumbres y las creencias griegas, entre las cuales el mito de “Télefo”, incluyendo el gentilicio aludido, no estuvo ausente.
¿Raíz etimológica o coincidencia? Lo cierto es que tres mil años después, genoveses por medio, la palabra miscio devino voz lunfarda mishio (y sus derivados mishiadura, shiome, shiomería), con el significado de pobre, indigente, falto de dinero.
Mishio: una voz lunfarda para la que, presumo, treinta siglos “no es nada”.

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