En una nueva entrega, el poeta homenajea a Juan Carlos Altavista, popularmente conocido como “Minguito”, y al músico Daniel Melingo.

 

Por Luis Alposta
luisalposta@fibertel.com.ar

 

Acerca de Juan Carlos Altavista, “Minguito”
…que nos dejó en un “Día del amigo” (4 de enero de 1929 – 20 de julio de 1989)

 

Minguito

Hoy,

cuando la palabra vecino

nos lleva a pensar más en un extraño

que en los cosos de al lao;

hoy, cuando ya no se sacan

sillas a la vereda en tardes de verano,

su recuerdo

nos vuelve a la amistad y al barrio más que nunca.

Es que… humor y ternura…

eran en él una expresión de afecto.

Su gracia y su inocencia eran su abrazo;

un apretón de manos con sombrero y pantuflas.

Una sonrisa pícara

-que incluye escarbadientes-

y una vieja bufanda.

Él era un chico grande.

Era un modo de hablar rozando el disparate,

ignorando las eses,

confundiéndolo al otro,

jugando con palabras.

¡Y nosotros sus cómplices!

Nos hacía reír… ¡Lo que no es poco!

Era masa de “rioba”

con la que modelaba su condición humana.

Él era todo eso.

¡Era Minguito!

Juan Carlos Altavista

¡Qué hacé tri tri!

haciéndonos sentir más vivos y más buenos.

Él era ese atorrante que nos enternecía…

y al que extrañamos mucho.

¡Sí señó!

 

Acerca  de  Daniel  Melingo
Con una presencia más candorosa que dramática y una figura que por momentos nos recuerda al Florencio Sánchez de Riganelli, Daniel Melingo toma la guitarra para acompañarse en el canto y hace del público su cómplice.
Un rasgueo atorrante y una mano derecha que cuando separa el pulgar anuncia una milonga, es parte de la seducción.

MELINGO 3

Melingo es dueño de una expresividad propia en la que, prácticamente, es muy difícil reconocer influencias de otros cantores. No obstante, el timbre y el color de su voz responden a lo que tradicionalmente se define y se conoce como “voz de tango”. Una voz de tango, sí, pero una voz distinta, alejada de todo estereotipo y sin alardes. Él compone sus propios tangos y musicaliza, además, poemas de otros autores y, fiel a sí mismo, los canta como si hablara, infundiéndoles el ritmo de su propia respiración. Por momentos lo hace con una ahogada congoja que logra emocionarnos.
Se percibe en su canto cierto dramatismo contenido y un arrastre que nos remite a la “esencia”; un canto que se nos muestra creíble y que sin dejar de ser actual nos transporta al tiempo de Villoldo.
Su guitarra, su clarinete, su voz, lo que dice y cómo lo dice, ejemplos de sinceridad y extraversión, no ignoran las formas más primitivas y festivas que se encuentran en el origen del tango. Es como si Melingo hubiese estado allí.

 

Acerca de François Villon
François Villon (François de Montcorbier, París 1431-1463), el único gran poeta francés de esa época incierta. Poeta, truhán, habitué de las tabernas, un crónico estudiante, amigo de prostitutas y ladrones. Místico, irreverente, cáustico y tierno. Durante tres siglos ha sido su leyenda la que prevaleció por sobre el conocimiento de su obra, difícil e involuntariamente oscura, enclavada en su tiempo histórico y en su propia vida. Un hombre sin casa, sin blasones, sin fortuna, un vagabundo que amó la miseria, penetró en sus misterios y conoció y cantó las calles de París, su auténtica Universidad.
Fue el más ilustre y genuino precursor de la “poesía maldita”.

 

François Villon

Estudiante y ladrón.

Vivió entre pordioseros,

clérigos y alquimistas.

Vivió entre bandoleros,

prostitutas y artistas.

 

Lírico vagabundo,

con una muerte a cuesta;

amante, disoluto,

borracho y gran poeta.

 

Estudiaba latín

y leía a Virgilio,

y entre rondas de vino

escribía baladas.

Baladas y poemas

que atravesaron siglos.

 

¡François Villon!

Amante, disoluto,

borracho y gran poeta.

Estudiante y ladrón.

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