Por Luis Alposta
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Acerca del dinero
Tanto “ponerse” como hacer que otro “se ponga” no son dos hechos diferentes, sino más bien las dos caras de una misma moneda. Moneda que comenzó a rodar en el preciso momento en que las necesidades, y las circunstancias, llevaron a un barbudo con garrote a concebir la idea del trueque. Por tal razón, el primer “cobre” de la prehistoria bien pudo haber sido la piel de un mamut o la de un oso cavernario. Y en ese “tome y traiga”, se me ocurre, ya estaba implícito el concepto de la especulación, dado que a mayores colmillos, a mayor intensidad de rugido, entre “julepes” y riesgos, mayor habría de ser también el precio del cuero en cuestión.
Aquellos eran tiempos en que el dinero no existía y el valor que se les daba a los objetos dependía exclusivamente de una urgencia de posesión. La permuta fue entonces la primera actividad comercial del hombre y el trueque de una cosa por otra estableció, automáticamente, el valor de cambio.
Transcurrido el tiempo, milenariamente, y ya nacido el concepto de la compraventa, ha sido en la búsqueda de su perfección donde se terminó creando una nueva necesidad: la de encontrar un signo, símbolo o referencia que facilitase el trámite. Cuando los hebreos tomaron como unidad de trueque a la oveja, dieron origen al término pecuniario, pues para referirse al tránsito de valores de un lado a otro se recurrió a la voz pecus, la que en latín significa oveja.
Ganado lanar, para hebreos, y vacuno, para griegos, representaron la gran moneda de hace veinticinco siglos. El signo, símbolo o referencia, se concebía entonces a partir de objetos reales y de inmediata utilidad. Como se ve, todo en “especias”, como cuando se le pagaba a los esclavos griegos y de Oriente con cupos de sal (alimento del sudor ganado a fuerza de sudores), de donde proviene, justamente, la palabra salario (del latín salarium), y de la que deriva salado, aquí, con el significado de muy caro, precio excesivo.
¡Y el hombre dio finalmente con el símbolo! Nacido el dinero, éste pasó a ser, rápidamente, un elemento civilizador, facilitando las transacciones entre los pueblos, trayendo y llevando no sólo lo material sino también lo cultural.
Pero como nada se pierde y todo se complica, no por lo ya dicho dejó de traer, además, desgracias y calamidades. Tan complicado como nuestro tiempo actual, el hombre ya no sabe -en realidad- qué cosa es el dinero. Una simple abstracción que, cuando uno trata de definir, es muy probable que se quede en un puro movimiento de dedos.
Sin olvidar que el “dinero”, en su versión más antigua, nos llevaría al Egipto de hace cinco mil años (se trataba de unos lingotes de cobre llamados tabnus), y que, según Heródoto, el inventor de la moneda fue Fidón, rey de Argos, unos novecientos años antes de Cristo. Recordemos que fue recién en el siglo III a. de C. cuando los romanos establecieron su primer taller de moneda. Lo construyeron junto al templo de la diosa Juno Moneta, diosa ésta que, por una simple razón de vecindad, dio nombre a unos discos de oro, plata, cobre o estaño que por aquellos años significaban, en síntesis, cuantas ovejas, toros o pieles estaban en circulación. Así nació el vocablo moneta o moneda. ¡La moneda! La que, según un viejo refrán, “si se la hizo redonda para que ruede, también se la hizo plana, para que quede”.
Ahora bien, de las antiguas monedas romanas acuñadas en dicho taller, dada la intención de este trabajo, sólo dos nos interesan: denarius y solidus.
Denarius, con el tiempo, devino en dinero; y Solidus, nombre de una antigua moneda romana, derivará después en sueldo (sinónimo de salario), sin perder por ello su significado original de sólido. Como vemos, en términos de economía, las palabras parecen no variar mucho. Y de lo “sólido” pasemos ahora a lo “líquido”.
Estar “ilíquido” es lisa y llanamente “andar seco”, que es lo que ocurre cuando falta circulante y los “entendidos” dicen que “hay iliquidez en el país”.
Y recordemos ahora, para terminar, un viejo dicho popular que nos recuerda que el dinero requiere tres cosas: Saber ganarlo, saber gastarlo y saber despreciarlo.
Como vemos, en ninguna de las palabras que he citado se pone de manifiesto el desprecio. Este sólo parece estar asociado con el dinero cuando los psicoanalistas, recurriendo a una palabra de antigua y rancia estirpe latina, nos hablan de caca, coincidiendo en esto con Bacon, quien dijo que “el dinero es como el estiércol, que no sirve si no se lo esparce”.

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