Por Luis Alposta
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Acerca de la cocina de un poema
En La Filosofía de la Composición, Edgard Allan Poe nos explica cómo escribió su poema El Cuervo. La consideración inicial fue no pasarse de las cien líneas y tratar de elegir la impresión o el efecto que el poema habría de producir. Después de considerar que la belleza es el único dominio legítimo, su preocupación se orientó hacia la búsqueda de un tono adecuado, llegando a la conclusión de que éste era el de la tristeza y la melancolía. Luego pensó en algo que, con sentido teatral, pudiera servirle como idea fundamental en la construcción del poema.
De inmediato se dio cuenta de que lo más efectivo para tal fin era el uso continuo y monótono de un estribillo. Y el primero que se le ocurrió encerraba, además, una sentencia: ¡Nunca más! Y ese ¡Nunca más! tenía que estar en boca de una criatura no razonable, pero capaz de hablar. Pensó entonces en un loro, al que inmediatamente reemplazó por un cuervo, pájaro que siendo igualmente capaz de hablar iba más en consonancia con el tono elegido.
Ahora, en tren de explicar cómo escribí yo mi poema “…que te sacarán los ojos”, sólo diré que me propuse no pasar de los diez versos, que son estos:

“…que te sacarán los ojos”

Yo también tengo un cuervo en la sabiola
revoloteando en ella noche y día,
que cada tanto y sin pasarme bola
me dicta alguna negra poesía.

Lo crié de pichón. ¡Flor de gilastro!
Y ya ves… hoy, metido a poetastro,
le pido en verso que me deje en paz.

Y el muy turro, creyéndose Allan Poe,
abre el pico, sabiendo que me jode,
para sólo decirme: “Nunca Más”.

22/12/79

Acerca de la palabra bragueta
En La Ilíada, escrita hace dos mil ochocientos años, se mencionan con gran precisión heridas producidas por flechas, espadas, lanzas y piedras. Homero supo reflejar las ideas médicas de los antiguos griegos, demostrando al mismo tiempo conocer las características de este tipo de lesiones.
Carlos de la Púa, que parece no haber quedado corto en esta especialidad, nos dice en “El feite”:

Recuerdo de un amuro ranfañoso,
luce tajo de guapo, marca rea,
un feite en refasí, meticuloso,
que un cacho de nariz le escolasea.

Y ya que hablamos de feite, recordemos al “terror del hampa”, a uno de los principales protagonistas del crimen organizado, a alguien que, luciendo una cara tajeada, en la ciudad de Chicago en tiempos de la Ley Seca, mojó en sangre a más de cuatro. Me refiero a Scarface o Caracortada. Al que Paul Muni y Al Pacino le dieron rostro en el cine.
Pero los tiempos cambian y ciertas palabras, en ciertos ámbitos, cuando no en todos, se renuevan. Hoy feite, en el vocabulario carcelario o tumbero, se le llama al filo. Un cuchillo o cualquier metal con filo es un feite.
Y a un feite en la cara se le dice bragueta, palabra a la que ahora los internos le dan el significado de cicatriz en el rostro, de cara cortada.
Le quedó una “rebragueta”, se dice.

Acerca de los bifes
La deformación que les damos a algunas de las palabras inglesas que terminamos adoptando, responden, por lo general, a la necesidad de arrimarlas fonéticamente a los sonidos que nos son familiares. Al cantito nuestro de cada día. Así, high life pasó a ser jailaife; cowboy combói; jumper devino en chomba y sandwich en sánguche. La palabra que nos ocupa, beefsteak, castellanizada como bistek, entre nosotros se reduce a bife, el que puede ser de costilla, angosto o ancho; de chorizo; a caballo, si es que viene con dos huevos fritos; a medio caballo si viene con uno, o, simplemente, a la plancha.
El bife, el que sí está bien cocido y además hay ragú, pasará automáticamente a ser un bifacho. El que va más allá de los platos y origina el ir o el irse a los bifes, con el significado de lanzarse precipitadamente sobre una ocasión favorable, de apresurar una gestión. El que también equivale a cachetada, sopapo, golpe dado en la cara con la mano abierta. Y eso, tal vez, por cruce con la palabra bofetada o por la marca roja -comparable al color de la carne cruda- que se deja en el rostro.
Y aquí, vienen a cuento, una vez más, aquellos versos de Celedonio Flores que dicen:

Los bifes, los vecinos me decían,
parecían aplausos, parecían,
de una noche de gala en el Colón.

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