Por Luis Alposta
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Acerca de la ruleta
El más “romántico” de todos los juegos de apuestas es el de la ruleta, la que, según algunos cronistas, fue inventada por el filósofo y matemático francés René Descartes. Se trata de un juego de azar para el que se usa una rueda horizontal giratoria, dividida en 36 casillas radiales, numeradas y pintadas alternativamente de negro y rojo, y colocada en el centro de una mesa en cuyo tablero están pintados los mismos 36 números negros y rojos de la rueda. Haciendo girar ésta y lanzando en sentido inverso una bolilla, al cesar el movimiento gana el número de la casilla donde ha quedado la bola y, por consiguiente, los que en la mesa han apostado al mismo. Se juega también a pares o nones, al color negro o rojo.
Y ¡ojo! No confundir con la ruleta rusa, que también es un juego de azar, pero que consiste en poner una sola bala en el tambor de un revólver, hacerlo girar y disparar apuntándose a la sien.
Y aquí viene a cuento un soneto del poeta Orlando Mario Punzi:

Rula

Cubrió todas las cifras del tapete,
sin concierto, sin cábala, sin tino.
Fichas y fichas al botón divino,
por estatus, por pinta, por sainete.

Pares, nones, el cero matasiete,
cuadros, color, el trece clandestino.
Metió todo: salud, nombre, Torino
y la mitad más uno del rosquete.

Al compás de la rula del destino
cubrió todas las cifras del tapete
por vanidad, de puro malandrino.

Y la bola saltó como chijete
porque Dios -que es el trompa del Casino-
cantó: “Señores, gris el treinta y siete”.

Acerca de Osvaldo Pugliese
El hombre del piano y el clavel.
El hombre que se caracterizó por haber sido siempre fiel a un ideal; el que respondió a las jerarquizaciones de la humanidad con cordialidad y solidaridad de amigo; y a las malformaciones del hábito en los atriles, con vigorosos temas que renovaron el lenguaje del tango. ¡Qué lindo es comprobar que Pugliese no mistifica!
A su orquesta la empezamos a escuchar siendo muy jóvenes y después la seguimos escuchando durante toda la vida. Desde sus comienzos, Pugliese pasó a ser, y para siempre, parte del patrimonio artístico de los argentinos. Autor, siendo apenas un muchacho, de Recuerdo, arquetipo de tango instrumental al que muy calificadas opiniones lo han considerado como el tango de los tangos.
Autor de La Yumba, tango y voz onomatopéyica ideada por el propio maestro para definir la singular marcación rítmica de su orquesta; un tango que, junto a Negracha y Malandraca, otros dos temas suyos, conforma una trilogía vanguardista que es esencia de una peculiar filosofía tanguera. Se ha dicho, y con razón, que Pugliese es “La Yumba”. Sincopa y contrapunto. Latidos de su corazón bajando a sus manos. Latidos hechos música y flor. Rendirle nuestro homenaje es un deber ineludible.

Acerca de Rosita Quiroga
Rosita Quiroga, que se le adelantó cuarenta años a Paul Anka cantando “a su manera”, cantaba como era y era como cantaba, con un canyengue espontáneo y natural que siempre la distinguió. De ella podría decir que dio inicio a la etapa de las cancionistas; que recomenzó sus estudios de guitarra a los ochenta años y que su primer guitarrista -que no era un personaje de Shakespeare– se llamaba Polonio. Pero prefiero evocar ahora a la Rosita Quiroga que tenía el che fácil y a la que a su madre la llamaba mama y la trataba de usted.
A la de la vida dura y a la de la vida muelle. A la que le gustaba cantar en los cumpleaños de Rivero y a la que tocaba piezas de Tárrega y Albéniz en el living de su casa, algo que pasaba muy de vez en vez, como los eclipses, y que impregnaba el aire con la música de su guitarra. A la de los berrinches y a la que una tarde vi llorar al escuchar el tango Vieja amiga, que era el que más la emocionaba. A la del agua colonia y a la del Madame Rochas. A la que era feliz cocinando para sus amigos y a la que siempre le temió a una soledad que nunca tuvo.
Alguna vez, escribiendo su nombre al vesre, la rebauticé japonesamente como Tashiro Garoki.
Una mañana de junio de 1984, dos días después de haber estado festejando juntos el cumpleaños de Edmundo Rivero, llamé a Rosita por teléfono para leerle la letra de una milonga que acababa de escribir. Daba así cumplimiento a un pedido que tiempo atrás ella me hiciera en La Casa del Tango, en presencia del maestro Sebastián Piana. Me pidió copia de los versos y -como jugando y de un saque- les puso música.
Así nació Campaneando mi pasado, milonga que grabó a los ochenta y ocho años.

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