Por Luis Alposta
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Acerca de un poeta siempre presente
Enrique Cadícamo, que de él se trata, escribió la letra de Pompas de jabón en 1924 y, al decir de Troilo, con este tango debutó ganando. Después, y en poco tiempo, llegó a ser uno de los autores más grabados por Gardel y ya no dejó de generar éxitos, ni de estar presente siempre, y en forma destacada, en el repertorio de todos los cantores que vinieron después. Y eso hasta nuestros días.
Autor prolífico. Podemos decir que cubrió poéticamente todo el espectro temático del tango. Es el que, con sus versos, nos lleva desde París o el centro de Buenos Aires al suburbio, sin dejar de pasar por el barrio y el deslinde. El que va del cabaret y el restaurante de lujo al olvidado bodegón o al cafetucho de malos aires, sin dejar de recalar en la confitería bacana y siempre con la característica de estar moviéndose en cada uno de esos ámbitos con la naturalidad de quien está como en casa.
Es también el que va del mateo al transatlántico, del priorato al champán. Del shusheta al cuarteador o del compadrón al cantor de Buenos Aires. Es el de la evocación. El poeta de la noche. El poeta del amor y las despedidas. El de los adioses inteligentes.
Cadícamo es el autor de Nostalgias y la nostalgia, en él, nunca necesitó del lamento para manifestarse.

Acerca de dos macaneos insólitos
En enero de 1914 un periódico francés afirmaba que el tango no era de procedencia argentina, sino asiática, y que el nombre le venía del río Tang-Ho, de China.
Al mes siguiente, el mismo periódico atacaba al tango con un curioso argumento: “arruga el cutis y envejece”. El artículo estaba firmado por Mauricio Dekobra (un destacado periodista nacido en París en 1885, cuyo nombre, según él, era un seudónimo derivado de dos cobras, que le fue sugerido por una encantadora de serpientes), quien afirmaba que “la preocupación de dar un paso contrae las facciones; una arruga se forma en la frente, entre los ojos, y la ‘pata de gallo’ se diseña en cada movimiento. El despecho, cuando no se ha avanzado el pie al compás, marca un pliegue de amargura en los costados de la boca, que no se borra muy fácilmente”. Y continuaba: “El cuello no se libra de los efectos desastrosos del tango. Al dar vuelta la cabeza demasiado a menudo, el collar de Venus vuélvese un horrible surco”.
La Razón, de Buenos Aires, febrero de 1914.

Acerca de Olga Guillot
Fue el 12 de noviembre de 1984, en Madrid, en el teatro La Latina, en el espectáculo llamado Nostalgia, en el que actuó junto a Sara Montiel y Celia Gámez. Esa noche, la Reina del Bolero cantó, entre otros temas, Contigo en la distancia, Tú me acostumbraste, Siboney, Esta tarde vi llover y, sobre todo, su santo y seña, Miénteme. Y lo hizo -como siempre- con su especial sensualidad, dramatismo y aterciopelada voz.

Cantó y contó con orgullo:
– A los 20, cuando todavía me consideraba “una niña”, tuve la oportunidad de cantar con la gran Edith Piaf en Cannes, pero a mi regreso a Cuba nadie me creyó. Hasta se rieron de mí. Sin embargo, dos años más tarde la diva francesa visitó un escenario de La Habana y, en medio del espectáculo, interrumpió su presentación y me saludó. Y ahí sí me creyeron.

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Olga Guillot, la que comenzó cantando tangos a los nueve años; la que después convirtió en éxitos aquellas melodías de la bohemia habanera; la que terminó con el mito de que las mujeres no vendían discos; la que fue figura máxima del bolero por más de seis décadas, tenía, además, mucho sentido escénico. Sabía cómo poner de pie al público. “El bolero es mi escuela, mi género, mi estilo -decía siempre-. El bolero es poesía y existirá mientras haya poetas”.
Y aquella noche, en la que al finalizar la función Vicky y yo fuimos a saludarla a su camerino, terminó su actuación cantado un tema en el que hay un presente irreemplazable: Adoro, de Armando Manzanero.

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