Por Luis Alposta
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Acerca de la Junta de Villa Urquiza
El 7 de noviembre de 1976 nos reunimos en mi domicilio de entonces -Nahuel Huapí 5510- Jorge Casal, el arquitecto Rodolfo A. Lattanzi, Héctor Félix Arata y yo con el propósito de constituir una entidad que tuviese por objeto propender al estudio, investigación y difusión de todo aquello que fuese concerniente a la historia, a las tradiciones y al desenvolvimiento de nuestro barrio. Y así nació la Junta de Estudios Históricos de Villa Urquiza.
El barrio no es una simple institución urbana. Lo que determina su identidad proviene de su entraña de raigambre histórica. Una identidad que, sumada a la de otros 47 barrios, conforman la real imagen de esta querida ciudad que es Buenos Aires.

Acerca del piropo
La palabra piropo viene del griego pyropus, que significa “rojo fuego”, y los romanos la tomaron para clasificar piedras preciosas de color rojo como el granate. Quienes no podían regalar estas piedras a una mujer recurrían entonces a regalarle lindas palabras, elogiando su belleza; y fue así como nació la costumbre de lanzar piropos. Un piropo es como regalarle a una bella mujer un rubí.
Otra teoría, en cuanto al significado original de la palabra pyropus, introduce una pequeña variante y nos dice que significa “fuego en la cara”. Sea cual fuere el origen, está claro que el piropo se utiliza a menudo como un arma de seducción, una lisonja, un requiebro, que provoca con frecuencia el sonrojo de la persona a la que va dirigido.
Y aquí el recuerdo de Saramaría Duhart, una mujer nacida para la poesía. Una poeta que amó entrañablemente a Buenos Aires. Cuando le pedí unos versos para incluirlos en mi antología del Soneto lunfardo, me hizo llegar éste:

El piropeador

La junaba detrás de la ventana,
la veía pasar pilchas al viento,
le decía un piropo cachaciento
y seguía pitando con más gana.

Ella daba la vuelta a la manzana
y volvía a pasar con desaliento
esperando que el punto en el momento
le saliese al encuentro como un rana.

Mas seguía pasando sin victoria,
porque el tipo era amante de la gloria
de esconder su figura descosida;

pues la calle era el único testigo
de este amor inocente y enemigo…
Y el piropo duró toda la vida.

Acerca de Marcela Ciruzzi
En todos los libros de Marcela Ciruzzi asoma la calidez y el estremecimiento del creador que piensa y siente en profundidad. Una mujer deliciosamente inteligente y poeta. Autora de poemas breves y expresivos en cuyos versos hay síntesis, sensibilidad y belleza. Imágenes puestas y dispuestas en ellos por alguien que, fundamentalmente, demuestra estar habitada por el júbilo de la palabra.
Su dominio de la gramática, su personal estilo y el ejercicio permanente de la cátedra, han confluido en Marcela Ciruzzi para destacar, también, su labor y su obra en el campo de la crítica y de la investigación literaria. Monografías y ensayos adentrados en la introspección psicológica de los biografiados y en el análisis exhaustivo de sus obras, tales como Evaristo Carriego; Mateo Booz; Roberto Payró; Francisco López Merino; Santiago Davobe; Sarmiento y Borges; Tita Merello y Edith Piaf; Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnik, entre otros.
Hoy quiero recordar su poema La mesa grande, en el que nos habla de un tiempo en que la dicha se vistió de infancia:

A la cabecera mis padres
(seres hechos de amor
y de entereza).
La sopa humeante, la estufa,
(el piso era de baldosas)
la radio como una capillita:
la voz del Zorro y de Niní
(¡la risa!)
El mantel blanco
y las diez servilletas.
Después, el café de filtro,
el mazo de cartas,
el ludo, la lotería casera…
a veces mi padre
ensayaba un solitario,
y mi madre, con un mate,
zurcía media tras media…
Mi hermano mayor
-que venía del mar-
narraba sus anécdotas.
Yo -cordero pequeño-
sobre sus rodillas
escuchaba, toda inocencia.
Fue en la casa de mi infancia.

Ahora tengo otra mesa,
redonda, pequeña,
suficiente para un plato,
los cubiertos y un vaso
sobre el mantel-servilleta.

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