Por Luis Alposta

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Acerca de mi viaje en el Orient-Express

Fue en setiembre de 1974 (el mismo año en que fue llevada al cine la novela Crimen en el Expreso de Oriente, de Agatha Christie).

Dos días de viaje. Sin caviar, sin ostras, sin champagne; aunque sí recuerdo unos sabrosos sándwiches acompañados con vino traminer (el preferido de Marlene Dietrich). De París a Bucarest.

¿El motivo? Una beca otorgada por el Instituto Nacional de Gerontología y Geriatría “Ana Aslan”.

Papeles en regla. Visa para viajar a Rumania tramitada en Madrid. La ruta completa: París, Estrasburgo, Viena, Budapest, Bucarest y Estambul.

Mis circunstanciales compañeros de cabina -los que recuerdo- en cada una de las distintas estaciones a lo largo del viaje: una joven alemana, muy sonriente y dispuesta al diálogo; una distinguida señora vienesa de trajecito sastre y sombrero, adicta al té; una alborotada familia intentando permanentemente acomodar sus bártulos; una campesina rumana que me hablaba (no sé cómo, pero la entendía) de su madre enferma; que sacó de una canastita una pata de pollo y me convidó. ¡Y a través de la ventanilla los Cárpatos! Una ventanilla que me permitía “filmar”, a través de mis ojos, una especie de largometraje en tiempo real de los múltiples paisajes que iban apareciendo. Pequeños pueblitos, verdes valles, envueltos en una atmósfera bucólica tan sólo interrumpida, de tanto en tanto, por el silbato del tren, por el tintinear de los cencerros de las vacas o el grito de los pastores.

¡Lo inesperado fue al llegar a Hungría!

¡Me hicieron bajar! Por no tener visa “de tránsito”. Eso lo supe después. Fue en Hegyeshalom.

El tren siguió, quedé solo y en la sala de espera de una “militarizada” estación “se me vino la noche”. A la mañana siguiente, gracias a un taxista italiano, supe qué hacer y lo hice. Tramité la visa de tránsito, volví a la estación y esperé el próximo tren.

Llegando a la estación central de Bucarest, en un cartel leí “PERÓN 2″.

¡¿Cómo?!

Después me lo explicaron. En rumano, “perón” significa andén.

Acerca de la soberbia

Decía San Isidoro que el principio del pecado es la soberbia y agregaba que el que se exalta es deprimido; quien se eleva es prosternado y quien se hincha revienta.

La soberbia es, además, uno de los siete pecados o vicios capitales, cuya virtud opuesta es la humildad, la que nos inclina a estimarnos justamente en lo que valemos y a dejar de lado toda ostentación.

La soberbia es el orgullo desmedido y la estima excesiva de sí mismo en menosprecio de los demás. Es un deseo desenfrenado de honras y preferencias y un apetito desordenado de ser preferido a otros.

Soberbios son los que indexan su propia estima, se consideran superiores y apuntan con la nariz al cielorraso. Son los que se la creen. Los que te miran por arriba del hombro. Los estirados. Los que se la piyan. Los fatuos. Los engrupidos. Los que se anteponen injustamente a los demás. Los que nunca hacen cola.

Un soberbio, bien podría confesarse de este modo:

La soberbia

Engolado y distante,

orgulloso y altivo,

presuntuoso, arrogante

y despreciativo.

 Es tan grande y tan obvio

mi egocentrismo,

que hasta si estoy de novio

es conmigo mismo.

 Es el desideratum

ser siempre mucho más que los demás.

Vanitas vanitatum.

Toda vez que barajo saco el as.

 Engolado y distante,

orgulloso y altivo,

presuntuoso, arrogante

y despreciativo.

Acerca de Joaquín Gómez Bas

Alguna vez le oí decir a Joaquín Gómez Bas que nadie pasa en balde por la vida. Que no hay finado absoluto. Que todo ñorse deja lo suyo.

Pero con sólo cambiar el color del cristal de nuestra óptica, veremos que también hay puntos que logran fama a fuerza de hacer señales de humo de una vereda a la otra, durante toda una vida, y que ya, al día siguiente de haber hecho el mutis por la fosa, después de recibir los discursos de gracia, fieles a ellos mismos terminan por hacerse humo en el recuerdo.

Joaquín, en cambio, pertenecía a la raza de los que viven y trabajan en silencio; de los que sin llevarle el apunte a su importancia, no se la piyan ni dejan que se les suban los humos a la cabeza. De los que al día siguiente de morir comienzan a agrandarse en el recuerdo de los que fueron sus amigos.

Y hoy quiero recordar su soneto

La cardíaca

Te vi serio, diquero, con gran pinta de trompa,

atracando tu bote -¡pavada ‘e checonato!-;

y yo, que te rejuno profundo de hace rato

recordé cuando usabas remendao el talompa.

 Me saludaste lerdo, medio de cotelete,

vista la mishiadura patente de mi facha;

y pensé que la escuela canera de tu hilacha

te apuntaló el pelecho. Siempre, desde purrete,

 recorriste baquiano la cancha facilonga

del acomodo; siempre fuiste luz en la conga

de manotear tupido; siempre primero vos.

 Minas, guita, hasta honores. ¿Y a qué tanta viveza?

Mañana, en la catrera, en la calle, en la mesa,

te chapa la Cardíaca… y adiós.

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