Bióloga, docente e investigadora del Conicet, realiza peritajes para resolver casos de muerte por sumersión. Desde 1997 participó en más de 70 causas, entre ellas la de Santiago Maldonado, para determinar si una persona falleció ahogada en un cuerpo de agua. “Evito personalizar a la víctima”, dice la vecina de Parque Chas.

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

A fines del año pasado trascendió en los medios de comunicación el informe forense que determinó que Santiago Maldonado murió ahogado en el Río Chubut luego de sufrir una hipotermia. Asimismo, en el extenso escrito se concluyó que el cuerpo del joven artesano no presentaba signos de violencia o sujeción, por lo que se descartó que hubiera estado en otro lugar que no fuera donde finalmente fue hallado, el 17 de octubre pasado (N. de la R.: Según el juez Gustavo Lleral, la causa sigue bajo investigación y lejos aún de resolverse ya que, según los distintos métodos utilizados, se establecieron diferentes tiempos en los que el cuerpo habría estado bajo el agua: 53, 60 o 73 días).
De la junta médica participaron 55 peritos, expertos y veedores de todo el país, entre los que se encontraba la Dra. Nora Maidana, científica, investigadora del Conicet y vecina de Parque Chas. “Estuve en la autopsia y realicé el peritaje que me correspondía. Lo que realmente se sabe del caso está escrito y documentado en el informe que firmamos los peritos. La causa está abierta y no nos compete hablar hasta que el juez lo autorice. Lo que trascendió y se hizo público estuvo fuera de nuestro alcance”, dice Nora, con la mesura que requiere el tema.
Bióloga de profesión, se licenció y doctoró en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, donde ejerce como docente. “Soy hija de la educación pública”, se define. Como tarea paralela, realiza peritajes para resolver casos de muerte por sumersión. Este trabajo, que la posiciona como una referente de la materia en Sudamérica, consiste en buscar e identificar restos de un tipo de algas microscópicas, llamadas diatomeas, en tejidos cadavéricos. En base a esa información, que luego traslada a un médico forense, se puede determinar si una persona falleció dentro o fuera de un cuerpo de agua y en qué condiciones.

-¿Hace cuánto se dedica a esta tarea?
-Trabajo en la parte forense desde el año 97. Dio la causalidad que, dando clase, conté que en Europa se hacía este trabajo y en mi clase justo había una alumna que estaba relacionada con el Dr. Julio Ravioli, por entonces a cargo de la Morgue Judicial. Entonces ella se lo comentó y él se interesó porque no había nadie que hiciera esta investigación en el país. Nos pusimos en contacto, empezamos a trabajar e hicimos un proyecto que presentamos en el Conicet.

-¿Su actividad semanal se desarrolla en Ciudad Universitaria?
Sí. Dirijo el Laboratorio de Diatomeas Continentales, donde tengo estudiantes y un segundo de a bordo que espero me suceda cuando yo me jubile. Cuando empecé a trabajar con las diatomeas había solamente dos especialistas en el país.

-Cuéntenos más acerca de las diatomeas.
-Son algas unicelulares microscópicas que viven en todo tipo de ambiente en el cual se pueda sostener la vida de una célula, desde el hielo hasta las fuentes termales, a unos 50 grados. Normalmente la mayoría de las especies vive en el agua, tanto salada como dulce, y miden en principio 15 micrones (un micrón es la milésima parte de un milímetro). Pero hay otras que pueden vivir sobre la corteza de los árboles, sobre rocas e incluso dentro de cavernas, sin nada de luz. Estas algas normalmente fotosintetizan, es decir utilizan la energía solar para convertir el dióxido de carbono que respiran del aire en hidratos de carbono. Con eso, las diatomeas crecen, se multiplican y son muy exitosas. Lo que tienen como característica diferencial respecto a los seres vivos es que cada célula vive encerrada en una cajita de vidrio transparente, para que pase la luz del sol. Además está totalmente perforada para que la célula pueda intercambiar con el medio que la rodea: pueden entrar agua, gases y nutrientes y salir productos de excreción. Las perforaciones están dispuestas de una manera particular para cada especie, entonces las observo al microscopio y, por la combinación de la forma y la disposición, puedo identificar las especies. Como cada una de ellas vive en un ambiente que le es propicio, si identifico de qué diatomea se trata puedo inferir las condiciones del lugar.

-¿Cómo sigue la investigación?
-Tenemos dos grandes vías. Una es la investigación sobre ambientes actuales y la otra, donde he trabajado más, es la parte de diatomeas fósiles. Con las diatomeas actuales podés monitorear cuerpos de agua para determinar su salud y ver si hubo vertidos de tóxicos. En el segundo caso, dependiendo de la especie que encontrás y sabiendo en qué ambiente vivían, podés inferir las condiciones del pasado y hacer lo que llamamos “reconstrucciones paleoambientales”.

-¿Cómo lleva adelante esa tarea?
-Primero hay que sacar muestras, que van a depender de lo que quiera saber. Si es sobre ambientes actuales, posiblemente trabaje con muestras de agua y o muestras de sedimento superficial de ese cuerpo de agua. En el caso de las diatomeas fósiles, se trabaja de distinta manera según el ambiente. Los arqueólogos, por ejemplo, suelen tomar muestras de lo que se llama un “perfil expuesto”. En los ríos y arroyos, al ir corriendo el agua durante mucho tiempo, se va excavando la superficie y quedan barrancas a la vista. Si limpiás lo contaminado, por debajo de eso se puede ver capa por capa lo que fue pasando en ese cuerpo de agua a lo largo de su historia.

Nora Maidana dirige, en Ciudad Universitaria, el Laboratorio de Diatomeas Continentales. (Foto: CONICET)

-¿Quién solicita su participación en los casos de muerte por sumersión?
-Normalmente es el médico forense quien se plantea la necesidad de hacer este peritaje. Por un lado se me pide un presupuesto y, por el otro, se solicita la autorización del juez de la causa. No es un análisis caro y lo que cobro es utilizado por la facultad para reponer el material, que siempre debe ser descartable. Una vez que el juez autoriza el peritaje, me pongo en contacto con el profesional que va a realizar la autopsia del cuerpo. Tengo que asegurarme que durante ese proceso no se pongan algas de afuera hacia adentro y no se contamine el escenario. Aunque los médicos y vos no lo crean, hay diatomeas en todas partes, porque son tan livianitas que las lleva el viento. Si se encontró un cuerpo en el agua va a tener las algas de ese agua, pero no necesariamente es el lugar donde se pudo haber ahogado. Entonces, para evitar que se contamine la muestra, le hago llegar al médico un protocolo de cómo se debe actuar y le envío un frasco ya preparado para guardar una muestra de médula ósea del cadáver. El frasco tiene un líquido para ir disolviendo a la médula, que es muy grasosa, y de esa manera yo puedo identificar a las diatomeas.

-¿Qué otros tejidos cadavéricos pide analizar, además de la médula?
-La sangre contenida en el corazón. El corazón es el primer lugar al que llega la sangre que está mezclada con el líquido en el cual la persona estuvo supuestamente sumergida. Es un órgano que se descompone fácilmente, entonces no siempre tiene sangre o se consigue lavarlo. Por eso nos queda la médula como opción más segura.

-¿El análisis de los tejidos debe realizarse inmediatamente después de la autopsia?
-No necesariamente, pueden pasar años. Tuve un caso en que un hombre murió, le hicieron la autopsia y luego, a los dos años, hubo un pedido de peritaje. Como estaba guardada la sangre que se había usado para toxicología, analicé esa muestra. Además se exhumó el cuerpo y pude tener una muestra de médula ósea. El análisis de médula lleva un mes, entre que me llega la muestra y termino de mirar los preparados.

-¿Qué conclusiones puede sacar?
-Yo no saco conclusiones, ese el punto de la cuestión. A mí me piden que busque y eso es lo que hago. Yo informo que recibí determinada muestra, que la traté de tal manera y que encontré esto o no encontré nada. En algunos casos puede suceder que el resultado me produzca dudas por una posible contaminación en la muestra, entonces lo aclaro en el informe. Pero el que determina la causa de muerte es el médico forense, yo le doy la herramienta para que pueda informarla.

-Explíquenos, lo más sencillo posible, cómo relaciona la cantidad de diatomeas encontradas en los tejidos con la causa de muerte.
-Para poder decir que una persona se ahogó, normalmente se deben encontrar más de cinco restos de diatomeas por cada diez gramos de médula ósea. Es mínimo y complicado, porque son microscópicas. Yo no puedo emitir un juicio pero si encuentro 10 o 20, voy a estar segura de que se ahogó y el médico también.

-¿Cuáles son los otros escenarios posibles cuando se encuentra un cuerpo sin vida en el agua?
-Las dos primeras opciones son muerte accidental o muerte intencional. Dentro de la primera, la persona pudo haber caído viva o muerta al agua. Si cayó viva, puede ser que no supiera nadar; que estuviera inconsciente y no pudiera nadar; que cayera al agua después de un accidente de auto y luego muriera; o que tuviera un infarto por un shock térmico, a causa de la temperatura fría del agua. En todos estos casos, la persona murió dentro del agua, pero no por el ingreso de líquido en las vías aéreas. En las muertes intencionales, hay otras dos variantes: que la intención haya sido propia, como en el caso de Alfonsina Storni, o de un tercero. También pudo haber muerto fuera del agua y luego lo tiraron allí, como pasó con el periodista Mario Bonino (N. de la R.: Fue asesinado y posteriormente arrojado a las aguas del Riachuelo, donde fue hallado el 15 de noviembre de 1993).

-¿En qué casos de muerte por sumersión es válido el análisis basado en diatomeas?
-En los casos en los que la persona entra viva y “respira” agua. Si está consciente, cuando la persona cae al agua trata de no respirar pero, al contener la respiración, el cuerpo sigue produciendo dióxido de carbono y no entra oxígeno. Entonces cuando el dióxido de carbono en sangre llega a un determinado nivel, se desencadena lo que se llama “reflejo respiratorio” y, aunque no lo quiera, la persona va a hacer una inspiración profunda por boca y nariz. Ahí entra el agua en la que está sumergida y va a los pulmones, que tienen un tejido muy frágil. Luego el líquido, que contiene todo lo que flota en el agua, es llevado por la sangre al corazón y finalmente a todo el cuerpo.

-¿Esto sucede en cuestión de segundos?
-En minutos. La muerte por sumersión dura entre 4 y 12 minutos, pero la persona está inconsciente enseguida porque no tiene oxigenación. Cuando se desencadena el reflejo respiratorio ya hay muy poco oxígeno en el cerebro. Entre los 4 y 12 minutos después de que la persona respira agua se produce un paro cardiorrespiratorio.

-¿Se puede salvar a una persona si se la saca del agua en ese lapso de tiempo?
-Sí, muchas veces se ha conseguido. Con las maniobras de RCP se logra que la persona escupa el agua y se salve, como vemos en las escenas de las películas. No porque haya tragado agua se va a morir, necesariamente, pero la cuestión es encontrarlo a tiempo. En los casos que me llegan a mí, eso no sucede.

“La causa está abierta y no nos compete hablar hasta que el juez lo autorice”, dice sobre la muerte de Santiago Maldonado. (Foto: Juan Pablo Vittori, Exactas Comunicación)

-En su carrera participó en más de 70 casos a lo largo de todo el país. ¿Cuál es el que más recuerde o más la haya marcado?
-El que más me golpeó fue el de una criatura. Lo que trato de hacer es no pensar que estoy trabajando con una persona hasta que termino mi tarea. No personalizar a la víctima hace que uno sea mucho más objetivo. Cuanto menos vea a la muestra como perteneciente a una persona, menos pesadillas tengo. El problema fue que me llegó un caso y me dijeron que era una criatura. Por eso tuve pesadillas de que mi nieta chiquitita se caía al agua y se ahogaba.

-¿Nunca pregunta quién es la persona en cuestión?
-No, no me interesa. Muchas veces es un NN y otras sí tiene nombre, pero ¿a mí qué me dice saber que se llamaba Juan Pérez? En el último caso del que participé sí tenía nombre y apellido (Santiago Maldonado) pero, si por mí fuera, preferiría no saber de quién se trata. Salvo en ese caso, que fue muy mediatizado, en los otros eran personas únicamente conocidas por sus familiares y amigos. Además, una vez que la investigación termina, tampoco me entero de lo que pasó y del diagnóstico que emitió el médico, porque no se lo pregunto.

-¿Ni siquiera por curiosidad?
-No me dice nada. Salvo en el caso de un adolescente, que también me movilizó mucho. Ahí me di cuenta de que mi trabajo no sólo sirve para que el médico pueda hacer su diagnóstico, sino también para que una familia pueda cerrar una historia. Que se te muera un hijo o alguien querido es terrible, pero quedarte con la duda es peor todavía. Tener una mayor certeza te permite poder llorar a esa persona.

-Por último, le pregunto por el barrio. ¿Siempre vivió en Parque Chas?
-Nací en Villa Urquiza hace 65 años. Cuando me casé me fui a vivir a la zona sur de Buenos Aires, pero extrañé al barrio como perro. Salía a la calle y no olía flores, veía sólo paredes cuando en Villa Urquiza había jardines. En la calle Mendoza, que no tenía el bulevar en esa época, había todos chalets ingleses. La esquina donde yo vivía estaba rodeada por un vivero y había un perfume en la calle que no tenía nombre. Volví al barrio cuando mi hija mayor (Carolina) iba a entrar a la escuela primaria. Fue a la Boero, al igual que mi otro hijo (Emiliano) y mi nieta. Somos bien de barrio. Ahora estoy en Parque Chas, pero cruzo la calle y estoy en Villa Urquiza.

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