La falta de normas claras y las excepciones al código urbanístico han llevado a provocar verdaderos desastres en el paisaje edilicio. Como se puede apreciar en nuestros barrios, las casas bajas resisten en inferioridad numérica ante el avance de los grandes emprendimientos inmobiliarios. Ejemplos en Coghlan y Villa Urquiza.

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

Uno de los cambios más significativos a nivel urbano fue el de la verticalidad arquitectónica. Con la aparición del hormigón la ciudad empezó a incrementar las construcciones en alto, lo que provocó una transformación profunda en el perfil urbano porteño. Este proceso empezó a suceder, principalmente, pasada la primera década del siglo XX. El nuevo diseño edilicio incluso modificó la forma de uso del suelo. La mutación urbana dio como resultado calles con planos de sombra, quiebres y recortes al construirse en diferentes alturas. También la especulación inmobiliaria fue avanzando y el “vale todo” se hizo presente. Manzanas enteras quedaron desarticuladas, provocando no sólo una ruptura en la armonía urbana sino también un grado de hacinamiento ante tanta especulación.
Muchas de estas construcciones se desarrollan en lotes entre medianeras, con frentes que en muchos casos respondían a terrenos oblongos, donde originariamente había casas chorizo. Esto dio como resultado espacios urbanos generalmente comprometidos, con una fuerte presencia visual de masa de hormigón. O sea, grandes muros ciegos que no atraen ni por su forma ni por su materialidad.
Así fue que Buenos Aires en parte perdió su encanto: barrios que tenían su identidad propia, un perfil urbano armonioso y una altura que permitía cielos abiertos. Pero la aparición de grandes torres y conjuntos habitacionales desproporcionados destruyeron la escala que guardaba relación entre el hombre y la arquitectura barrial. La impresión de muchos vecinos es que la voracidad inmobiliaria condicionó enormemente la dinámica del crecimiento de la ciudad, a pesar de medidas bien intencionadas tomadas por la última gestión municipal para regular la práctica. Sin embargo, el daño es significativo, viene de años atrás y nadie se atreve a cambiar.
Obviamente esto es consecuencia de las malas prácticas urbanas, con un código de edificación permisible que no respetó la historia de los barrios y en donde aún siguen vigentes las excepciones sólo para favorecer a unos pocos. El llamado “progreso” ha provocado que algunas joyas de nuestra arquitectura quedaran apretadas entre medianeras. Hoy están a la espera de ser rescatadas por algún alma caritativa que les otorgue una nueva función, ya que de lo contrario terminarán bajo la piqueta. Otras casas fueron disfrazadas para quedar reducidas a maqueta, como muestra la obra proyectada para el ex Palacio Roccatagliata, en nuestro barrio de Coghlan. Pero esta es una historia de la cual ya hemos escrito en varias oportunidades; ahora intentaremos abordar otros puntos.

Ejemplos varios
El barrio se constituye como el resguardo del sentido comunitario, el cual está forzado a debilitarse o sencillamente esfumarse por la intensidad de la vida moderna y el incremento del proceso de urbanización. El barrio surge como la última trinchera de resistencia de las relaciones de proximidad y los valores ligados al arraigo, la identidad, la memoria y la pertenencia, situación que en nuestra ciudad se está perdiendo. La pérdida del barrio como tal queda expuesta en varios ejemplos de la ciudad, como sucede con las torres construidas en Abasto para provocar la llamada “gentrificación”: expulsión de un sector social de menor poder por intereses inmobiliarios.
En este caso no ha dado su resultado, porque las casas originales conviven con estos gigantes de cemento y la gente originaria no se quiere ir. Por supuesto, no es la idea que aquellas casas con fachadas deterioradas sean vistas como algo agraciado, legítimo y hasta pintoresco. Lo importante es la recuperación de estas construcciones sin romper el perfil urbano y sin la expulsión de su gente. La ciudad no sólo nos enseña e instruye, sino que además nos define desde una mirada de lo que es el entorno construido.
El barrio de Barracas, por ejemplo, se verá afectado por varios proyectos que no respetan la escala barrial. ¿Será el nuevo Palermo Viejo? Es el próximo gran negocio urbano, elogiado por los astutos que se van a llenar de dinero y los ingenuos que siguen creyendo que, a mayor densidad, mejor ciudad. A punto tal que fue rebautizado como Barracas Dulce, término que empalaga al más fashion. Ya se empezaron a ver edificios de gran altura apretando a las viejas casitas del lugar, quitando parte de la tradicional Barracas. También en Parque Patricios el boom inmobiliario impulsa la gentrificación: sólo basta ver lo que sucede detrás del estadio de Huracán.
Recordemos que Palermo Viejo, hoy llamado Soho, Hollywood y otros motes pocos felices, está perdiendo escala, identidad y vida barrial. Pasó a ser un lugar de moda efímera, tanto como lo que se ofrece en el mismo lugar. Un capítulo más para este barrio, en su historia de idas y vueltas. Que no se malinterprete: el objetivo no es congelar o fosilizar la ciudad, ya que sabemos que está en constante movimiento y desarrollo. La cuestión es mantener pautas para que pueda crecer en forma ordenada y armónica. A ningún parisino se le ocurriría construir alguna obra fuera de escala que afecte la visual de la torre Eiffel, como tampoco a ningún catalán se le pasaría por su mente levantar un edificio que perjudique al Parque Güell.
Lamentablemente, en Buenos Aires no es así. El ejemplo más acabado lo vivimos a diario detrás de la Casa de Gobierno, lugar que sufre modificaciones en el paisaje urbano constantemente. Primero con algunas torres que asoman en Puerto Madero y luego por la desaparición de la estatua de Cristóbal Colón, reemplazada por la de Juana Azurduy, que transformó el espacio original sin pensar en el sentido de pertenencia. Ahora, además, quieren mudar al pobre Juan de Garay. Como si fueran piezas de ajedrez, los monumentos deambulan por la ciudad si un destino cierto, afectando la identidad de una ciudad que hace tiempo está dañada.

¿Y por casa cómo andamos?
En nuestros barrios también se ha visto afectado un gran número de viviendas una vez proclamada la ley de propiedad horizontal. Hace algunos años, cuando abordamos el tema de la escala urbana, aún estaba en pie un hermoso chalet en la esquina de Balbín y Congreso. Recuerdo también que, a principios de los 80, una afamada revista de arquitectura había tocado el tema porque, a pocos metros del lugar, un edificio de unos diez pisos generaba un quiebre en la escala de la manzana.
Lo que todos no deseábamos, pero finalmente sucedió, fue la demolición de la casa. Sucumbió para dar paso a una especie de caja de zapatos gigante, donde funciona un supermercado de primera línea que desentona con el paisaje de la zona. Otro ejemplo similar sucedió ya hace algunos años con las casitas amarillas de la calle Washington, protegidas patrimonialmente por el Gobierno de la Ciudad, pero no así su entorno. La falta de previsión está dañando indirectamente a este conjunto edilicio de singulares características, ya que en el predio lindero se ha construido un edificio de más de cinco pisos que proyecta sombras, rompe con la morfología del lugar y le quita privacidad. Por supuesto, las denuncias no prosperaron y el emprendimiento se realizó.
También es asombroso recorrer la avenida Olazábal, en Villa Urquiza, y ver cómo una infinidad de casas quedaron apretadas entre las medianeras de modernos edificios. La fisonomía del lugar ya cambió, no hay vuelta atrás, por la pésima planificación y la falta de rigurosidad. Se está formando un murallón de hormigón a lo largo de la avenida, creando varias situaciones que son desagradables a la vista de cualquier espectador. Se conjugan las torres de diez pisos, escalonándose entre comercios, chalets y todo tipo de arquitectura de no más de dos plantas. Podemos imaginar el resultado…

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