En mi paso por la universidad, algunos profesores aseguraban que en asuntos de arquitectura estaba todo inventado. Sin embargo, los estrafalarios diseños que vemos en la actualidad parecen desmentir este postulado. Repasamos algunos ejemplos de esta situación, como la transformación del Palacio Roccatagliata en Coghlan.

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

Uno de los temas más controvertidos para los críticos de la arquitectura es saber definir si un edificio es bello o grotesco. El valor estético de una obra es subjetivo y abstracto por lo que la belleza siempre existe, aunque no todos la veamos de la misma forma. De todos modos, hay parámetros para definir la beldad de una construcción y es allí donde entran a jugar la armonía y la proporción, como también las pautas culturales de cada período. Aristóteles, por ejemplo, tomaba como sinónimo de belleza la armonía entre las partes, el orden y la simetría. Para el arquitecto Marco Vitruvio, en tanto, la arquitectura tenía que estar cimentada y equilibrada en tres principios fundamentales: la belleza (venustas), la firmeza (firmitas) y la utilidad (utilitas).
En la Edad Media, la belleza se relacionaba directamente con lo religioso, por lo tanto en el arte se representaba una gran cantidad de íconos que tenían relación con Dios, como las iglesias y los santos. Por ejemplo, Tomás de Aquino le otorgaba mucha importancia al pensamiento de estética y proponía los parámetros de belleza medievalistas.
Leon Battista Alberti, una de las personalidades más importantes dentro de la construcción teórica del Renacimiento, decía que la belleza no es otra cosa que la armonía, entendida como proporción de las partes. Así Leonardo Da Vinci dibujó El hombre de Vitruvio –aquella famosa figura del hombre con brazos y piernas extendidas dentro de un círculo. Estos conceptos fueron interiorizados también por Leonardo, que tuvo en cuenta las indicaciones sobre simetría y proporción.
En 1509, el matemático y teólogo italiano Luca Pacioli publicó De Divina Proportione, en el que explicó por qué consideraba divino al número áureo. Alberto Durero describió cómo trazar con regla y compás la espiral áurea, basada en la sección áurea, que se conoce como “la espiral de Durero”. Así llegamos hasta Hegel (1770-1831), quien define a la belleza como la manifestación sensible de la idea. Pero, como dijimos antes, los cánones varían según la época. No era lo mismo la belleza femenina del siglo XVII -de grandes curvas, como las reprodujo Peter Rubens– que el estereotipo estético de hoy, que se acerca más al de una mujer anoréxica.
La arquitectura también empleó parámetros diferentes a lo largo del tiempo. Esa simetría que tanto pregonaba Aristóteles, muy utilizada en la arquitectura académica, hace tiempo fue dejada de lado como fórmula exclusiva para la belleza. Los cánones de perfección fueron variando y la arquitectura se fue desprendiendo de la simetría académica, para obtener mayores libertades, como se puede ver en el Museo Guggenheim Bilbao del arquitecto canadiense Frank Gehry.

Concursos sobre el buen gusto
La nueva arquitectura, en muchos aspectos, ha comenzado a carecer de un auténtico discurso teórico que le otorgue raíces en el lenguaje y los hábitos cotidianos, y en ocasiones termina siendo algo estrafalario, sin una retórica clara. Por eso, en algunos países se comenzaron a organizar concursos sobre los gustos a la hora de construir y hasta se decide por votación la demolición de algunas construcciones. Queda al margen si esto se llega a efectuar: la idea es marcar el desagrado de la gente por determinadas obras de arquitectura. Por ejemplo, más de diez mil británicos, en una encuesta realizada para un canal de televisión, votaron por una lista de edificios que consideraban feos y pidieron su demolición, algunos construidos por afamados arquitectos.
Así es como el Parlamento de Escocia, que este año obtuvo el prestigioso premio RIBA Stirling, fue escogido por gran parte del público para ser derribado. Aquí se evidencia que lo destacado por los arquitectos es para el común de la gente feo y sin sentido. Otro ejemplo es el shopping de Cumbernauld, cerca de Glasgow, construido en los años 60 y hoy abandonado, que es considerado una obra desagradable para los ciudadanos.
En 2015 un jurado seleccionado por la revista británica Building Design, luego de una instancia de votación popular, eligió a un edificio diseñado por el arquitecto uruguayo Rafael Viñoly como el peor construido en el Reino Unido en el último año. El rascacielos de oficinas, de 37 pisos y 160 metros de altura, ubicado en el distrito financiero de Londres, fue bautizado como Torre Fenchurch 20, aunque es conocido por el nombre “Walkie-Talkie”, debido a su semejanza con los viejos intercomunicadores. Entre otros problemas, los expertos indican que su diseño cóncavo hace que los vidrios de las ventanas actúen como lupas inmensas, lo cual aumenta en más de 20 grados la temperatura del lugar al que apunta. Tal es así que los rayos solares que el edificio refleja fueron apodados “rayos de la muerte”.
Los 1 de octubre, cuando a nivel mundial se celebra el Día del Arquitecto, en México hay quienes se dedican a calificar y premiar, de forma irónica, a los edificios más feos. De todas formas, no hay que tomar estos datos de manera literal: siempre estará la duda de si la arquitectura se hace pensando en la gente o en el mero gusto del profesional. Por otra parte, tengamos en cuenta que dos íconos de la arquitectura, como la torre Eiffel y nuestro Obelisco, estuvieron cerca de ser derribados por su supuesta fealdad.

La arquitectura barrial, al banquillo
Alguna vez escuché decir a Alejandro Dolina que Buenos Aires, en estos últimos tiempos, carecía de una arquitectura de buen gusto y que las construcciones se habían tornado vulgares. Pero la ciudad aún guarda la bella arquitectura del pasado, que sorprende a muchos de nuestros visitantes, y también se luce con obras modernas de gran prestigio. Lamentablemente, la especulación inmobiliaria, sumada al mal gusto, ha provocado grandes mamarrachos en la ciudad. Particularmente los injertos, que algunos los consideran como refuncionalización pero son verdaderos esperpentos.
Un ejemplo es el Mirador Massüe, situado en la esquina de Talcahuano y Tucumán, del cual sólo queda el mirador original, porque fue remodelado con una fachada espejada que nunca terminó de convencer. Otro caso es el edificio de Moreno y Alsina, sobre el cual se apoyó una estructura de vidrio que rompe con toda premisa conservacionista.
En nuestro barrio de Coghlan hay un ejemplo similar. Sobre una vieja casa de estilo Art Déco, ubicada en Roosevelt al 3200, se montaron unos siete pisos. Si bien no podemos decir que sea feo como el ejemplo antes mencionado, sin duda deja una sensación rara.
Ahora bien, si se quiere ver algo desagradable vayamos a la esquina noroeste de la avenida Congreso y Balbín, donde se implantó una especie de caja de zapatos que hace las veces de supermercado del barrio.

super
Se trata de un verdadero despropósito arquitectónico, dado que años antes en ese lugar reposaba un espléndido chalet pintoresquista. El tiempo y los pocos escrúpulos inmobiliarios lamentablemente no le dieron sustentabilidad.
Por último, tomaremos como ejemplo el proyecto de viviendas para el viejo Palacio Roccatagliata. La idea de ocupar los jardines de la emblemática casona, más la ruptura de las alturas del lugar, dan muestra de cómo un bello inmueble puede transformarse en algo chocante y sin escala.

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