Es uno de los principios básicos donde se debe afirmar el arquitecto a la hora de confeccionar sus diseños. Los seguidores de esta corriente priorizan la funcionalidad de la construcción y sostienen que los ornamentos no tienen sentido. Sin embargo, el edificio de la calle Sucre 4444 destaca el aspecto funcional sin descuidar las formas. 

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

La importancia del Movimiento Moderno fue tal que creó un cisma, no solo dentro de la estética arquitectónica, sino también en la forma de vida del hombre, provocando un cambio rotundo en la sociedad. El higienismo, el asoleamiento y los espacios a escala del hombre empezaban a ser prioritarios. Tanto el Art Nouveau como el Art Déco, que fueron tendencias anteriores a la arquitectura moderna y se desarrollaron en las primeras décadas del siglo XX, lograron cambios efectistas sin llegar al fondo de la cuestión.
El Movimiento Moderno es la expresión de un modelo que ha intentado establecer nuevas y más claras relaciones entre los contenidos y las formas, entre la fenomenología de un transcurso auténtico y pragmático. La Bauhaus, escuela de artes y oficios que funcionó entre 1919 y 1933 en Alemania, fue una de las bases inspiradoras de esta tendencia pragmática. Allí se diseñaba desde una tetera hasta un edificio y, si bien en un principio tenía un espíritu artesanal, la vorágine moderna fue llevando a la nueva escuela a proyectar a nivel industrial.
Tras la Segunda Guerra Mundial, con la aparición de nuevas tecnologías constructivas y nuevos materiales, dio paso este nuevo estilo de carácter internacional, también conocido como Racionalista. Todo esto se revela tanto en la producción de mayor calidad de los maestros de la arquitectura moderna como en la producción cuantitativa de los países desarrollados, debido a los criterios de estandarización que se fueron dando en Francia, Alemania, Inglaterra, Holanda, Japón y Estados Unidos.
Del Movimiento Moderno se desprenden dos directrices bien opuestas en lo formal, pero iguales en la esencia. Una fue el Organicismo, donde el edificio se integra a la naturaleza, liderado por el estadounidense Frank Lloyd Wright. Y por otro lado el  Racionalismo, basado en la simplicidad y pureza de líneas y formas geométricas, que fue gestado por arquitectos como Walter Gropius, Le Corbusier y Ludwig Mies van der Rohe, entre los más afamados.
Para cualquiera de los dos modelos, el Funcionalismo estuvo presente. Pero, ¿de qué se trata? Hacia allí vamos.

Vigente hasta nuestros días
El Funcionalismo es uno de los principios básicos donde se debe afirmar el arquitecto a la hora de confeccionar sus diseños, pues es muy importante que se plantee en relación a la función que va a cumplir el edificio. En el siglo XX se hizo popular la frase del arquitecto Louis Sullivan, quien afirmaba que la forma sigue siempre a la función. Con esta definición tan polémica, él expresa que particularidades como las dimensiones de la edificación, su masa, la manera en que se distribuya el espacio, entre otras tantas cuestiones, hacen a la buena arquitectura.
Los seguidores del Funcionalismo consideraban, incluso, que los ornamentos no desempeñan ninguna función, a tal punto que el checo Adolf Loos aseguraba que el ornamento era un delito. Y, como si fuera poco, Le Corbusier agregaba que una casa es una máquina de habitar. Por supuesto que esto trajo serias discusiones, ya que la arquitectura, para muchos, no se basa en un principio solo funcional, sino que debe lograr un equilibrio entre la función y la forma.
Las diferencias de opiniones de los arquitectos, según el tema del funcionalismo, son numerosas, porque cada profesional tiene su propia forma de ver su trabajo. Philip Johnson, por ejemplo, sostenía que la arquitectura no tiene relación ni responsabilidad funcional. Otros consideran que su trabajo es más artístico y que la edificación tenga funcionalidad queda en segundo plano.
Este contexto, en parte, hace que esta arquitectura tan intelectualizada sea poco entendible para el hombre común, el cual estaba en busca de un hogar y no de una máquina. Si bien los principios del Movimiento Moderno fueron fundamentales para el despegue hacia una nueva arquitectura, planteando el sentido racional, en parte fracasó porque creyó haber llegado al cenit de la arquitectura. Un argumento que el Posmodernismo se encargaría de bajar a tierra.
Según Charles Jencks, el 15 de julio de 1972 es la fecha que debe aparecer en el certificado de defunción del Movimiento Moderno. Ese día se produjo la demolición del Pruitt-Igoe, el conjunto habitacional en Misuri del arquitecto Minoru Yamasaki, quien también diseñó las Torres Gemelas.
Como reacción al International Style, y de forma más genérica al Movimiento Moderno, apareció en la década de 1960 un movimiento filosófico y artístico que se conoce con el nombre de Posmodernismo. Entre las tendencias que podemos encontrar en esta corriente se distingue una de tipo clasicista, originada a partir de la publicación en 1966 del libro de Robert Venturi Complejidad y contradicción en la arquitectura, en el cual defendía la vuelta a los modelos tradicionales.
En esos años surgió, entre muchos arquitectos, un sentimiento de rechazo hacia el International Style, que había degenerado desde su pureza inicial hacia fórmulas que parecían aburridas y estériles. Una de las corrientes arquitectónicas que va a reaccionar contra la severidad racionalista es la posmoderna, ligada al movimiento filosófico del mismo nombre. El Posmodernismo, en arquitectura, no pretendió ser un movimiento unido sino una serie de actitudes individualistas que varían desde las tendencias neohistoricistas de los españoles Ricardo Bofill y Óscar Tusquets hasta el  extremismo deconstructivista de Frank Gehry o Zaha Hadid. Asimismo, el cambiante Philip Johnson se adscribió a esta corriente apoyando la nueva tendencia.
Las formas y espacios funcionales y formalizados del modernismo se sustituyen por diversas estéticas: los estilos colisionan, la forma se adopta por sí misma y abunda la nueva manera de ver estilos familiares. En definitiva, el posmodernismo defiende la hibridación, la cultura popular, el descentramiento de la autoridad intelectual y científica y la desconfianza ante los grandes relatos.

La arquitectura que viene
Se hace difícil creer que los artistas del Renacimiento, Barroco o cualquier otra etapa del pasado supieran qué período de la Historia estaban atravesando. Tampoco hoy sabemos a ciencia cierta si ya salimos del posmodernismo o aún estamos dentro de él. Y si bien se habla de un Posmodernismo evolucionado, igualmente aparece la palabra Neomodernidad como un paso posterior, ya que para muchos la anterior etapa concluyó a finales del pasado siglo. Pero dejemos de lado los rótulos y pensemos que la arquitectura ha seguido evolucionando, como lo ha hecho a lo largo de la historia, quizás con una ventaja: ya no en oposición a la corriente anterior sino tomando lo bueno y dejando de lado lo que no sirve.
En muchos modelos domésticos empezamos a advertir tal sentido. Un ejemplo del cual ya hablamos en otra oportunidad es el edificio de la calle Crámer 1642, que ganó el premio Bienal de arquitectura SCA CPAU (Sociedad Central de Arquitectos) del año 2000. Además de los detalles constructivos de calidad, tiene un trabajo interesante entre balcones y pasarelas, que despegan la fachada real de la línea municipal. La planta baja libre, sumada a la espacialidad, muestra la continuidad de las ideas de la arquitectura moderna.
En esta oportunidad nos referiremos al edificio de la calle Sucre 4444, en nuestro barrio de Villa Urquiza, que fue construido hace unos cinco años por Javier Esteban y Romina Tannenbaum. Alberga 16 unidades distribuidas en dos bloques de cuatro pisos y es interesante ver cómo se intenta plasmar de alguna forma la idea corbusierana de la planta baja libre.
Así, también, hay una relación análoga con el edificio moderno Los Eucaliptus, de Virrey del Pino 2446, en el barrio de Belgrano. Fue proyectado en 1941 por los arquitectos Juan Kurchan y Jorge Ferrari Hardoy utilizando una implantación parecida, además del uso de parasoles y unas celosías móviles que se pueden plegar al igual que en el edificio de Sucre. Si bien en cada caso fueron desarrollados de forma diferente, en los dos modelos arquitectónicos aparece esa sensación de movimiento que crea un juego de claroscuro a través de los llenos y vacíos.
El uso de los espacios en uno y otro edificio tiene diferencias, pero cada uno a su modo prioriza el aspecto funcional, sin descuidar las formas. En el interior de la construcción de Sucre muchas de las paredes cumplen doble función, ya que a la vez que dividen espacios, sirven como placares o alacenas. Esto da muestras de un crecimiento en las necesidades funcionales según la época.
O sea, queda demostrado que la arquitectura está en constante evolución y que necesita siempre transformarse para no quedarse en el pasado. Pero sin olvidar las bondades de la arquitectura pretérita.

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