La demolición de bienes patrimoniales, el predominio del cemento sobre el verde y el crecimiento indiscriminado de construcciones en altura están llevando a que la Ciudad de Buenos Aires en general, y nuestros barrios en particular pierdan su escala e identidad. “Si es viejo hay que tirarlo” es el lema de nuestros tiempos.

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

A lo largo de estos años hemos difundido constantemente problemáticas referidas a la cultura patrimonial de los barrios y la necesidad de conservarla. Realizamos diferentes críticas a las acciones que han llevado a cabo las administraciones gubernamentales en detrimento de la identidad de la Ciudad, algo que se relaciona con el término “urbanicidio”. Fue empleado en plena década del setenta para referirse a una serie de problemas que conllevó el crecimiento de las principales capitales del mundo: preponderancia del ruido, desordenada congestión vehicular y excesivo crecimiento edilicio, que daban como resultado la pérdida de la identidad.
Los cuestionamientos que planteamos siempre fueron fundados en testimonios y reclamos de vecinos y entidades, que se vieron afectados por las diferentes medidas que llevan a cabo nuestras autoridades sin consulta previa. El objetivo siempre fue el de concientizar a la ciudadanía sobre los bienes patrimoniales que nos rodean y la importancia de atesorarlos. Así es como también hubo elogios cuando realmente las acciones tomadas evidenciaban un bienestar para la gente y sus barrios.
Ahora bien, la conservación del patrimonio arquitectónico tiene varias aristas. Muchas veces pueden parecer contrapuestas, pero fueron las diferentes cartas patrimoniales las que marcaron un camino a seguir, ayudándonos a entender cómo intervenir un edificio o un espacio urbano sin afectar los valores que el lugar posee.
En estos últimos tiempos, los bienes patrimoniales de la Ciudad están amenazados. El poco respeto por la arquitectura del pasado, el atropello a los centros históricos y la aparición de grupos de emprendedores de la construcción fueron degradando sitios tradicionales. Las propuestas conservacionistas que tanto difundimos no intentan congelar la ciudad, sino mantener nuestra identidad. Con edificios que ayer cumplían con una necesidad y hoy ya es dejada de lado, pero mantienen su historia.
Lo más penoso es que, en la actualidad, las topadoras se están llevando por delante nuestro patrimonio para dar paso a la construcción de grandes complejos, muchas veces de dudosa calidad, carentes de identidad y que no vienen a resolver los problemas habitacionales de Buenos Aires. Departamentos vip, económicamente poco accesibles para las nuevas familias, siguen creciendo dentro de la ciudad, sabiendo que el déficit habitacional es cada vez mayor.
Buenos Aires y su gente están perdiendo el sentido de pertenencia. Incluso las disputas político-partidarias han conducido a discusiones inútiles. Por ejemplo la polémica por las esculturas de Cristobal Colón y Juana Azurduy, que terminó por desfigurar un lugar emblemático como la Plaza Colón y cuyo costo además estamos pagando todos.

Un atropello sin frenos
La asociación vecinal Basta de Demoler constantemente denuncia irregularidades en la ciudad, que cada vez son más y con emprendedores de la construcción menos escrupulosos. Buenos Aires está perdiendo sus joyas arquitectónicas junto con sus espacios urbanos, todo esto con el aval del gobierno de turno. El desprecio por nuestro pasado es tal que ya no importa la talla ni el valor de las cosas. “Si es viejo hay que tirarlo”, parecería ser el lema de nuestros tiempos.
Si bien los constructores deben cumplir con reglamentos conservacionistas que limitan su accionar, buscan distintos artilugios para que la obra protegida termine por ser desafectada de tales requisitos. Por ejemplo en Marcelo T. de Alvear 2051 un viejo edificio de semblante Art Nouveau, catalogado por su valor patrimonial, está a punto de perder la batalla contra la piqueta. Los desarrolladores inmobiliarios se aprovechan del supuesto deterioro y, una vez que el bien se vuelve irrecuperable, puede venderse sólo por el valor del terreno.
Otro caso denunciado es el retiro de protección patrimonial sobre un grupo de edificios que se encuentra en la calle Agüero, del 1312 al 1320. Sin duda, cuando hubo que realizar la valoración de los bienes primó el negocio.

También en nuestros barrios
La topadora no se limita a los barrios del centro: la periferia también está siendo afectada por nuevas construcciones en altura y el paisaje urbano se va modificando. En la estación Coghlan, de la que ya hablamos hace un tiempo, se realizó la remoción de uno de los aleros de los andenes, lo que mostró la falta de criterio conservacionista. Más aún sabiendo que hablamos de un bien patrimonial declarado en el año 2006 dentro de un APH (Área de Protección Histórica). Además hay que sumarle la pérdida de un reloj legendario que se encontraba en la sala de espera de la propia estación.
También en estos últimos tiempos una casona en Belgrano R (foto de portada) resistió a la piqueta. Ubicada en Washington 2054, la construcción de estilo tradicional se conserva en pie gracias a los vecinos, que lograron una medida cautelar sobre el pedido de demolición que tiene el edificio.
En Villa Urquiza, por su parte, el boom inmobiliario se expandió por cada rincón y ya no quedan lotes que no estén en la mira de los emprendedores. Así, los edificios en altura empiezan a dejar fuera de escala a los típicos chalets del barrio. Por ejemplo, en el cruce de Díaz Colodrero y Le Bretón, en poco menos de un lustro, el lugar cambió su fisonomía con enormes construcciones que invaden las esquinas. La tranquilidad en el barrio se fue perdiendo: no es fácil encontrar estacionamiento y mucho menos abstraerse del bullicio de la gente.

Incógnitas en Villa Pueyrredon
El Cine Teatro Aconcagua, ubicado en los límites de Villa Devoto y Villa Pueyrredon, es una de las cuestiones que el Gobierno de la Ciudad debe resolver, ya que su destino hoy es incierto. El edificio está a la venta como local comercial, aunque en su interior aún funcionan centros culturales que están bajo la órbita del propio Gobierno porteño.
El Aconcagua fue inaugurado en 1944 y funcionó como cine hasta mediados de los años 90, cuando los videoclubes y las nuevas tecnologías surgieron como alternativa. En 2011 la Legislatura porteña aprobó un proyecto impulsado por vecinos de la Asociación Civil Aconcagua para expropiar el cine, pero el entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad, Mauricio Macri, vetó la norma.
Como si esto fuera poco, el Ejecutivo Porteño tiene en su mira un terreno en Villa Pueyrredon. Está ubicado en Obispo San Alberto entre Bolivia y Condarco y se utilizaría como playón de autos acarreados. Sin embargo, el panorama no es tan oscuro como parece hasta aquí. La Ciudad sigue creciendo y el peso de los vecinos se hace escuchar.
Así sucedió con el emprendimiento en la tan mencionada Villa Roccatagliata, que en un fallo definitivo fue frenado por la Justicia. Hoy la empresa inmobiliaria y constructora deberá dar respuesta a los inversores que apostaron por este proyecto lleno de irregularidades y el Gobierno de la Ciudad deberá poner en claro qué futuro le espera a la vieja casona. El edificio está catalogado como construcción patrimonial y se deberá actuar dentro de las leyes para su conservación.

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