Nota publicada en la edición Nº 90 de El Barrio, setiembre de 2006.

Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

Si bien Buenos Aires en su conjunto es una cuadrícula formada por amplias avenidas y calles ortogonales, que definen su trazado, algunos otros sectores de la ciudad, rebeldes a este delineado, se fueron desarrollando a través de callejuelas, pasadizos y laberintos que dieron como resultado lugares atípicos, como por ejemplo el de nuestro tema: Parque Chas. “Vecinos al borde de un ataque de nervios” podría ser el título para una película, pero no… Se trata de aquellos que han querido buscar una salida rápida y fácil del barrio y que finalmente han terminado por perderse en el trazado entreverado de este lugar. Parque Chas podría ser emparentado con algún laberinto borgiano. Si bien viene a desafiar el trazado a escuadra que se extendió por Buenos Aires, este pequeño rincón de la ciudad supo amalgamarse correctamente con el resto de su entorno.

Descendiente de Belgrano
Este joven barrio -el número 48 de la vasta metrópoli- tiene sus orígenes en tierras que en un principio pertenecieron a los jesuitas, luego formaron parte de la colonia de vacaciones del Colegio Real de San Carlos, para finalmente terminar en manos de Don Francisco Chas. Este era un descendiente de Manuel Belgrano, quien en las primeras décadas del siglo veinte fue autorizado al loteo de esta quinta, que comprendía aproximadamente unas cincuenta manzanas y que por aquel entonces era una zona anegable de poco valor. Las ventas de las tierras fueron un éxito; en pocos años quedaron escasos terrenos por vender y el crecimiento del barrio fue rápido y efectivo. Entre otras razones por las facilidades que se dieron no sólo para la compra de los lotes sino también por la financiación de los materiales de obra, lo que aseguraba una rápida construcción y crecimiento del lugar.
En 1927 se montó en la zona una fábrica de ladrillos, lo que en un principio fue ventajoso para los vecinos que comenzaban la construcción de sus viviendas. Pero al poco tiempo ésta tuvo que ser mudada, ya que la polución y las molestias en el lugar impedían un crecimiento sano y armónico del barrio. Las primeras poblaciones que se asentaron estuvieron formadas por inmigrantes europeos, principalmente españoles e italianos, que eligieron estas tierras fundamentalmente debido a los bajos costos de los lotes en comparación con los valores de las tierras más cercanas al centro de la ciudad. Estos nuevos pobladores bautizaron a sus calles con nombres de ciudades europeas, entre las que se encuentran Berlín, Dublín, Cádiz, Londres y Liverpool.
Los tipos de construcciones debían adaptarse a terrenos reducidos y formas algo antojadizas, que dejaban como resultado sitios habitables poco usuales. De todas formas, esto no impidió que siempre existiera un lugar para tener un pequeño gallinero; en un principio existía una cláusula que exigía el retiro de tres metros desde la línea municipal hacia el interior del lote, espacio que generalmente era usado como huerta o para la plantación de algún frutal. En la actualidad, en muchas de las viviendas de origen, este espacio ha sido transformado en cocheras y en otras fue usado como una nueva habitación. Esto que parece ser ventajoso a su vez le resta al barrio metros de espacio verde, que tanta falta le hacen.

Un círculo vicioso
En forma de círculos concéntricos fue diseñado Parque Chas, una especie de espiral laberíntico que haría perder al más baqueano. Son sus calles entreveradas las que tienen la particularidad de desorientar al transeúnte, constituyéndose en una especie de claustro de difícil escapatoria. Con respecto a los laberintos, dice la arquitecta Cristina Grau que estos no son otra cosa que construcciones geométricas de engaño, realizadas por el hombre para confundir a otro hombre, y seguramente Parque Chas algo de esto nos guarda. Como se suele escuchar en el barrio, “todos entran a Parque Chas, aunque lo difícil es salir”. La desorientación es producto de la estrechez de sus calles intrincadas y de la altura de la edificación, que si bien no es elevada siempre está presente y nos impide una visión global del lugar, que serviría para encontrar el rumbo perdido.
El origen geométrico de sus calles, que podrían ser emparentadas con el tejido de una telaraña, hoy sigue siendo una incógnita. Algunos lo atribuyen a la inspiración de Francisco Chas en las fortalezas medievales concéntricas, que iban creciendo en derredor a algún castillo. Aunque quizás la versión más acertada sea la opinión de aquellos que relacionan al delineado del barrio como una necesidad de aprovechar el terreno al máximo. Una mera especulación inmobiliaria que favorecía económicamente a la familia Chas. Estos caminos circulares multidireccionales que dan la peculiaridad a Parque Chas se encuentran cruzados por tres importantes diagonales, Gándara, Victorica y Avalos, que convergen en el centro geométrico del barrio. Entre otras particularidades, vale mencionar la redondez casi perfecta de sus calles. Como el caso de Bauness, que vuelve a tropezarse nuevamente con Bauness. Esto deja a las claras lo laberíntico que se ha hecho el barrio, aunque existe un secreto para salir de este enredo (una especie de hilo de Ariadna, en la fábula del Minotauro). Este consiste en tomar cualquier calle que no tenga nombre de ciudad y nos llevará a una salida inmediata.
De todas formas, como decía Borges, el mundo es un gran laberinto y el hombre se encuentra perdido en él. Tomando esta premisa, podemos pensar que Parque Chas no es otra cosa que parte de ese mismo laberinto, sólo que en el trazado tiene diferente geometría. Aunque también este enredo urbano podría ser comparable con aquellas representaciones enmarañadas que supieron expresar Xul SolarPiranesi en sus gráficos o Kafka e Italo Calvino en sus cuentos.

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