Nota publicada en la edición Nº 88 de El Barrio, julio de 2006.

En este número de El Barrio vamos a hablar un poco de las calesitas, elemento fundamental de los barrios de Buenos Aires. ¿Quién no tuvo alguna vez la oportunidad de subir a una y gozar de la aventura de obtener la famosa sortija para una vuelta más? La calesita o carrusel apareció en Europa alrededor del año 1673, cuando Rafael Foliarte registró la patente en Inglaterra. Bautizó su invento como “merry go round” (más a menos como “vueltas alegres”). Rápidamente el juego se propagó por Francia, como uso exclusivo de la aristocracia. En España se las conoció como “tiovivo”. Las primeras calesitas giraban impulsadas por un caballo, pero alrededor de 1930 comenzaron a funcionar con un motor naftero y con el pasar del tiempo los alcances técnicos lograron convertirlas en una de las diversiones preferidas de la niñez.
En el que era el Barrio del Parque, hoy Plaza Lavalle, apareció entre 1867 y 1870 la primera calesita de la ciudad, entonces la “Gran Aldea”. Era de origen alemán y luego llegó otra proveniente de Francia, sobre cuya ubicación no existen antecedentes. La primera calesita fabricada en el país, en un taller ubicado en la calle Moreno al 1600, se debió a Cirilo Bourrel, francés, y a Francisco Meri y De La Huerta, español, que financió la obra: fue más o menos alrededor de 1891. Se instaló en la Plaza Vicente López y contaba con los corceles, chanchitos, cisnes y aviones, típicos elementos de las calesitas en general.
Artesanos de origen italiano, PascualMiguel y Domingo Lasalvia (o La Salvia), naturales de la provincia de Potenza, se dedicaron a construir los famosos “carrousels” con organitos musicales. En 1870 llegaron a la Argentina y, luthiers de profesión, estos hermanos serían los pioneros de la mayor atracción de los chicos argentinos durante largos años: la calesita. Fundaron una empresa que se llamó Carruseles Ultramodernos Argentinos Lasalvia (CUMA), que se dedicó a la construcción masiva de calesitas. La primera de origen argentino fue encargada en 1943 por la firma Sequalino Hnos., con fábrica en la calle Alvear 1045 de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe. Esta calesita comenzó a funcionar ese mismo año en un terreno ubicado en la esquina de Hidalgo y Rivadavia, barrio de Caballito.
La empresa Sequalino Hnos. encargó la decoración de la calesita al ebanista Ríspoli, quien realizó figuras corpóreas como caballos en exposición, leones y burros. Asimismo, talló en doce biombos de cedro policromado algunos temas circenses y figuras de cuentos infantiles. En 1946 se trasladó al Jardín Zoológico, donde alegró la infancia de los niños de la ciudad y de todos aquellos que visitaban el famoso paseo. La famosa sortija, que permitía al niño que lograba sacarla una vuelta gratis, es un invento argentino. La idea, según cuentan viejos calesiteros, fue tomada del famoso juego que realizaban o realizan los jinetes campestres, ensartando la punta de una vara en una sortija que cuelga de una cinta a determinada altura.

La última calesita
La mayoría de los barrios porteños tuvieron y tienen aún su calesita. En lo que respecta a Villa Urquiza, la primera se instaló en 1945 a iniciativa de un italiano y con el tiempo pasó a manos de un tal Espinosa. En 1988 Raúl Ernesto Tolosa, que supo ser jugador de fútbol en el Club Banfield, se asoció con Carlos Chávez y adquirió la calesita, que finalmente pasó manos de Marcos González en 2003. Esta calesita, a la que se llamó “Patito 1º”, funcionó hasta setiembre de 2005 en los terrenos cercanos a la estación General Urquiza del ferrocarril. Un ente del Gobierno de la Ciudad la desalojó de allí y trató de buscar otro predio para su instalación, según comentarios de Carlos Chávez: “Se ofreció trasladarla a un terreno en Av. de los Constituyentes y Av. General Paz, pero ése no es lugar. Lo ideal sería que esté en la Plaza Marcos Sastre”.
Los vecinos de Villa Urquiza han realizado infinidad de gestiones para que la calesita retorne a su anterior lugar. Hay que destacar que esta calesita ha subsistido por la ayuda de un grupo de vecinos, “ya que hace sesenta años que forma parte de nuestra cultura”, explica Liliana Vázquez. Por su parte, Sergio Oviedo pide que sea declarada “patrimonio histórico”, ya que es la última del barrio. De alguna manera saben que les pertenece, porque -como a su infancia- no se las roba nadie. En Villa Urquiza existieron otras dos calesitas: “La Porteña”, ubicada en Av. Triunvirato y Juramento, que funcionó entre el 8 de enero y el 18 de abril de l937, y otra en la Galería Triunvirato, en la calle homónima 4338.
En el barrio de Saavedra, en el Parque General Paz, donde se encuentra el Museo Histórico de la Ciudad Brigadier General Cornelio Saavedra, hasta hace unos años funcionó una original calesita criolla. De gran tamaño, agrupaba en su plataforma giratoria, en lugar de los tradicionales caballos, avioncitos y leones de madera, representaciones de elementos netamente criollos, como bueyes y carretas, que lograban gran atracción entre los chicos tanto de la zona como de otros lugares cercanos. Lamentablemente, esa calesita quedó abandonada y poco a poco se va destruyendo. Una verdadera pena. Pero Saavedra tiene otra calesita, que funciona desde 1952 en el Parque Saavedra, en el sector que da sobre la calle García del Río y su intersección con la calle Pinto. Su propietario es Roberto Mario Couto, que está al frente de la misma desde 1979. La dueña anterior, Concepción González Rivero, estuvo allí por espacio de quince años y anteriormente fue propietario Antonio Cid.

Inspiración tanguera
En Coghlan, ubicada en la Av. Monroe y las vías del ferrocarril, cerca de la estación, funciona la calesita “Don José” desde 1978. Su propietario es José Vázquez, quien es ayudado por Elvira, su señora. En Villa Ortúzar existían dos calesitas: una instalada en Donado y Roseti, llamada “La Porteña”, que giró tan sólo dos días en octubre de 1936, y otra en el predio de la Plaza Malaver (Heredia, Estomba, Girardot y Montenegro). En la actualidad queda una calesita, instalada en la Plaza 25 de Agosto (Charlone, 14 de Julio, Giribone y Heredia), que funciona desde 1978 a cargo de Pedro Pometti. En esta calesita se filmaron escenas de Los Roldán y de Rebelde Way.
Hasta hace algunos años todo barrio se enorgullecía de poseer una calesita. Un terreno baldío daba lugar para que se instalara y los fines de semana muchos chicos con sus familias se reunieran allí, igual que los infaltables vendedores de manzana o higos acaramelados, pochocho o copos de algodón azucarado. La música infantil llenaba el ambiente y se esparcía varias cuadras a la redonda, comenzando así el clima festivo del sábado. Un dato curioso: la calesita de la Plaza 1º de Mayo, que funcionaba ya en 1940, fue la inspiración en 1953 del tango homónimo compuesto por Cátulo Castillo y Mariano Mores.
Hace cinco años comenzaron los problemas con los calesiteros. Las concesiones estaban vencidas y desde el Gobierno de la Ciudad se iniciaron trámites para una nueva licitación, a fin de llevar a las calesitas a una subasta pública. Comenzaron entonces los rumores acerca de que un grupo económico iba a reemplazarlas por modernos carruseles, como los que funcionan en algunos shoppings. En 2002 se frenó la subasta. Se prorrogaron las concesiones de 1981 y la Subsecretaría de Patrimonio Cultural del Gobierno porteño inició un inventario de calesitas para integrarlas a la Ley de Patrimonio Cultural, una norma que se promulgó finalmente. En total se relevó el estado de 26 calesitas en espacios públicos.
La presencia de las calesitas le da un sabor especial a nuestro Buenos Aires: si alguna vez desaparecieran nuestra vida ciudadana sería otra muy distinta, alejada del vocerío dominguero de los niños y con un dejo de sabor triste en nuestra memoria.

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