Los proyectos solidarios cuentan con una ventaja -la retribución emocional- y a la vez con una gran contra: casi la totalidad de las veces resultan un parche a los problemas de justicia social y casi nunca representan un verdadero cambio.

 

Por Adrián Alauzis
alauzis@periodicoelbarrio.com.ar

 

Si hablamos de cambiar el mundo, de proyectos que intentan dar un giro a la realidad social, una pregunta que debería plantearse siempre es: ¿cambiar qué? ¿Qué sería mejorar? Los proyectos solidarios cuentan con una ventaja y a la vez con una gran contra. La ventaja la conocemos todos: lo solidario y la empatía ­-o sea el poder sentir el sufrimiento del otro- son emociones a las que todos adherimos y de las que nos enorgullecemos como humanos; sin embargo, el lado oscuro de la solidaridad -como ya lo dijimos en otras oportunidades- es que la casi totalidad de las veces resulta un parche a los problemas de justicia social y casi nunca representan un cambio.
Por eso, antes de proponerse un giro de timón, uno debería tener en claro para dónde está yendo el mundo, al menos la sociedad próxima a nosotros y aquella con la que nos identificamos: la cultura occidental. A partir de ahí ver lo que uno como persona o por medio de una organización haría para reparar o para cambiar, que no es lo mismo.

El peligro de acostumbrarse
A pesar de ser uno de los datos más divulgados en las últimas décadas, las estadísticas sobre las diferencias entre los que más ganan y los que menos ganan hoy ya no causan efecto. Parece que nos acostumbramos al dato de que el uno por ciento de la población mundial tiene más dinero que el resto de los casi siete mil millones de personas.
Para enfocarlo de otro modo, el economista Martín Lousteau presenta en su libro Economía 3D una forma ingeniosa de mostrarnos de nuevo esta realidad. La idea se basa en la del economista holandés Jan Pen: consiste en representar a las personas de un país con la estatura proporcional a sus ingresos e imaginar un desfile. Por ejemplo, en Argentina podemos hacer desfilar nuestra población en la avenida 9 de Julio. Se asigna el ingreso promedio a la altura promedio (1,73 metros) y, para que no dure infinito, se hace desfilar sólo a los cabezas de hogar.

Desfile de gigantes
Así las cosas, durante la primera hora en este desfile argentin pasarán enanos de menos de cuarenta centímetros (estatura que representa los bajos ingresos respecto al promedio), recién luego de dos horas y media de desfile la estatura crece a setenta centímetros. A la cuarta hora la estatura comienza a superar el metro (todavía no llegamos a la estatura promedio, o sea al ingreso medio). A las seis horas y media de desfile se alcanza a ver representantes de familia de 1,70 metros.
Ya ha desfilado casi el 70% de los habitantes de nuestro país. Luego de dos horas de desfile de la clase media, con una altura hasta los dos metros y medio, recién en la última hora del desfile comienza a pasar por delante de nosotros el famoso 10 por ciento más rico del país. Los primeros individuos del final del desfile serán gigantes de más de tres metros. Los profesionales y empresarios de buen ingreso miden aquí entre ocho y diez metros. Los ex futbolistas Verón y Palermo pueden representarse con desfilantes de 40 y 110 metros respectivamente. Aún no llegamos al final, ahí lo vemos venir a Román Riquelme con sus impresionantes 205 metros de altura junto con la familia presidencial. Casi al final llegan los 370 metros de Mirtha Legrand y, detrás de ella, la altísima Susana Giménez con ¡700 metros! Si eso pareció mucho, llegan algunos de los que cierran el desfile, como Amalia Fortabat y Gregorio Pérez Companc con nada menos que una altura de siete mil ochocientos metros…
Si bien estos cálculos fueron hechos años atrás y los números y nombres varían según quién haga las cuentas y de dónde recabe la información, el desfile sigue siendo válido y, lo peor de todo, es que la inequidad se repite en casi todos los países del planeta.

Desigualdad 2

¿La vida es una empresa?
Una nueva visión se está haciendo global: mezclar la vida con la empresa. Parte de la terminología y estrategias propias de las empresas comenzaron por invadir la vida cotidiana, por ejemplo con la irrupción del coaching, coaching ontológico y toda la familia de subnegocios asociados. Generalmente se confunde peligrosamente la dirección de la vida con el término “gestión”, que fue desarrollado como todos los otros términos gerenciales con el único y principal fin de obtener dinero. Sabemos que la vida es mucho más que eso. Sin embargo esta visión materialista y, aún así, limitadamente materialista, está irrumpiendo en la política de manera preocupante.
¿Se debe o se puede administrar una nación como si fuera una empresa? Pensémoslo desde el absurdo; supongamos que todos los países adoptan esta posición económico-política. Qué sería el ser humano común sino un mero empleado. ¿Cuál sería el objetivo de las naciones-empresa, sólo el dinero? ¿Los árboles, animales y montañas serán el mobiliario? ¿Se amortiza un lago? La Reserva Ecológica Costanera Sur, como no es deslumbrante ni da rédito, ¿tiene que quemarse y transformarse en edificios? Quienes siguen adelante con esta topadora ideológica saben de este dilema y disfrazan las intenciones mencionando emociones básicas como alegría, felicidad o la vieja muletilla moderna de “progreso”, que ya huele a rancio.
Hay una pregunta que debe hacerse cualquiera que desea busca un cambio. Los avances tecnológicos, las ONGs o los emprendimientos solidarios ¿realmente están cambiando algo o nada más curando a un herido que pronto será un moribundo? Lo que llamamos solidaridad o innovación, ¿es un cambio o un simple parche?
Por supuesto que todo lo dicho es un trazo grueso con un énfasis que deja afuera una variedad de matices, algo que no puede evitarse en un escrito de mil palabras. Aún así, lo cierto es que no puede ser que un particular como Ryan Hreljac (El Barrio, abril de 2015) tenga que moverse de manera particular ¡para que alguien en el mundo tenga agua segura para tomar! Esto no puede estar pasando, ni la brecha increíble en los ingresos de los distintos trabajadores en el mundo. No puede pasar y pasa. Tendríamos que cambiarlo y hasta ahora, lejos de cambiar, se agrava.

El oro y el mundo
Midas fue un rey de gran fortuna que gobernaba en el país de Frigia. Tenía todo lo que un rey podía desear. Cierto día Dionisio, el dios de la celebración, pasaba por las tierras de Frigia. Uno de sus acompañantes, de nombre Sileno, se quedó retrasado por el camino. Midas lo cobijó y cuando el dios se reencontró con su amigo, agradecido, le dijo al rey: “Quiero hacer realidad cualquier deseo que tengas”. Midas respondió: “Deseo que todo lo que toque se convierta en oro”. Dionisio quiso hacerlo recapacitar, pero él no cambió de parecer. Deseo concedido.
Al siguiente día, Midas extendió sus brazos tocando la rama de un árbol y esta se convirtió en oro. Sus vestimentas ya eran oro. Hasta que sintió hambre; al tocar el alimento este se transformó en oro. Su alegría se cambió en miedo y suplicó al dios que lo librara de su deseo. Dionisio le dijo: “Ve a bañarte al río Pactolo”.
Así lo hizo y pudo anular el temible don. Dicen que, por eso, aún hoy se puede encontrar polvo de oro en el lecho del río.

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