Trevor, un niño de once años, tiene una gran idea para su tarea de ciencias sociales en la escuela. Propone en su clase un plan para mejorar el mundo.

Por Adrián Alauzis
alauzis@periodicoelbarrio.com.ar

En la película del año 2000 Cadena de favores, Trevor, un niño de once años, tiene una gran idea para su tarea de ciencias sociales en la escuela. Propone en su clase un plan para mejorar el mundo, tal era la consigna dada por el profesor encarnado por Kevin Spacey. La cuestión era sencilla: cada persona que estaba escuchando su exposición debería comprometerse a hacerles un favor a tres personas. Pero esa ayuda no sería del todo gratuita, pues quien recibiera el auxilio tendría que comprometerse a ayudar a otras tres personas y éstas, a su vez, a otras tres. El título original en inglés del film es Pay it foward, que podría traducirse un poco más literalmente como “pago diferido”, puesto que la retribución del favor se dirige hacia un tercero y no hacia quien nos ayudó.
Todos sabemos lo rápido que pueden crecer estas cadenas. En la segunda generación de favores ya hay nueve personas beneficiadas, en la quinta generación ya creció a casi doscientas cincuenta personas y la décima roza las sesenta mil personas. En la imaginación del niño, el mundo cambiaría muy rápido si hiciéramos eso. Salvando consideraciones más prácticas, resulta una idea motivadora y muy interesante. Existen este tipo de cadenas pero para sacarles dinero a las personas, no para ayudar.

Lo bueno se contagia
La mayoría de las personas abandona sus actitudes notables justificándose en un argumento muy convincente, pero erróneo y paralizante. Le ofrecen un celular robado o un estéreo de automóvil en las mismas condiciones, le ofrecen ropa confeccionada con trabajo semi esclavo o usurero y ante semejantes ofertas cae rendido: “Si yo no lo compro, lo va a hacer otra persona, las cosas van a seguir igual; que yo sea el tonto no cambia nada”. Así lo que consideramos malo se contagia, va creciendo y tomando fuerza. Así es cómo nos justificamos para hacer algo que sabemos no está bien.
Pero no se tiene en cuenta que cualquier acción repercute en nuestra sociedad; aunque parezca no hacerlo, son dos las formas en que una actitud modifica la sociedad. Una de ellas es por simple contagio: así como nos transmite su violencia un conductor agresivo, si estamos en un entorno de buen trato tendemos a hacer lo mismo. Si vemos que nadie arroja basura al suelo, imitamos esa conducta; salimos de mejor humor si somos bien tratados en un comercio o en un espectáculo público; cambia nuestro humor si un conductor nos cede el paso. Las conductas se imitan, las imitamos, aprendemos de ver a los demás. Es absurdo pensar que actuar bien no modifica nada.

El cambio de reglas
La otra manera en que las actitudes positivas individuales modifican la sociedad viene luego del contagio. Debe haber alguien que por primera vez cedió el asiento a una embarazada. Los que por compasión a los animales dejaron de comer carne tal vez pronto vean una modificación social en la conducta alimentaria o incluso una legislación que los proteja. Podemos recordar un caso real y reciente: la transformación de parte de los consumidores respecto de los aerosoles con gas propelente con clorofluorocarbono que dañaban la capa de ozono; fue la resistencia de activistas y personas individuales que dejaron de comprar esos aerosoles la que modificó la cuestión; fueron ellos antes que las legislaciones. Lo mismo ocurrió con la no compra de atún en Estados Unidos, debido a que las redes para pescarlos atrapaban también delfines: ese fue el factor que logró poner el caso en relieve y conseguir cambios en la legislación.
Así como hay cadenas de violencia y revanchismo, puede uno confiar en el criterio que pregona la película de la que hablamos. Como dice el protagonista infantil personificado por Haley Joel Osment: “En realidad, el mundo no es exactamente una mierda. Aunque, supongo, que es duro para aquellos acostumbrados a que las cosas sean como son. Aunque sean malas y no quieren cambiarlas, se dan por vencidos y entonces se sienten como perdidos”.

Pasala y que no vuelva…
Una vez, un primero de año, once de la mañana, ciudad desolada y sin señales de vida como en ningún otro momento del año, me encuentra con un reventón de neumático por pisar alguna de las cosas raras que arrojaron a la calle en el festejo de la noche anterior, cerca de Crisólogo Larralde y Cabildo. Para complicar las cosas, levanto el auto con el criquet, saco la rueda… y en ese instante el gato mecánico simplemente se retorció como un papel de alfajor frente al peso del auto. Lo peor es que al no estar la rueda, el eje mismo terminó contra el suelo. Y alrededor nadie. Y mucho calor.
Entonces, como traído por la providencia, estacionó un Ford Falcon justo atrás, bajó un hombre que comprendió la situación en la que yo estaba e inmediatamente me prestó su criquet hidráulico capaz de levantar un camión. “Enseguida vuelvo”, dijo confiado y entró en una casa dejando su gato mecánico a mi cuidado.
Cuando salió, yo ya estaba terminando el reemplazo de neumático y le agradecí el gesto sinceramente. Mientras se llevaba la herramienta que me había prestado, me miró y dijo: “Esto no te va a salir gratis…”. Pero antes de que yo me asustara con esa afirmación amenazante, prosiguió: “Te comprometo a que la próxima vez que encuentres a alguien que necesite ayuda, hagas lo que yo hice por vos”. Dicho esto, simplemente se fue.
Por supuesto que desde entonces me comporto como él, aunque nunca me atreví a pedir la cadena de favores. Hasta hoy, muchos años después, recuerdo ese gesto de nobleza. ¿Quién va a convencerme de que las cadenas de favores no funcionan?

La ley y la costumbre
A veces las leyes defienden ideas minoritarias para enseñar a las mayorías un comportamiento ético, por ejemplo las leyes contra el trabajo esclavo, las industrias monopólicas o las legislaciones contra la discriminación; porque ahí la ley viene a corregir una conducta reprochable ampliamente aceptada por la sociedad.
Pero en el caso de las cadenas de favores, o la acción individual, algo hecho por muy pocos, acciones valientes y éticas repetidas contracorriente, puede terminar generando nuevas leyes o comportamientos que antes no existían. Lo peor que le puede suceder a alguien convencido por determinados valores es desmotivarse por estar luchando contra la cultura, creer que una acción mínima no cambia.
Al fin de cuentas, ¿no hay ya demasiados ejemplos de personas individuales que torcieron el curso de la historia? Nada más hacen falta dos cosas. Una: reflexionar bien sobre cuál es la dirección. Dos: como decía Martin Luther King, “aunque supiera que mañana el mundo se habría de desintegrar, igual plantaría mi manzano”.

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