Pozos traicioneros vs. conductores desprevenidos

En este informe analizamos las calles con más desniveles y hundimientos, varias de ellas históricamente postergadas, que son un verdadero peligro para el tránsito.

Así como los peatones sufren el mal estado de algunas veredas, los automovilistas padecen los baches del asfalto. En ciertos casos pasan meses hasta que son reparados. En este informe analizamos las calles con más desniveles y hundimientos, varias de ellas históricamente postergadas, que son un verdadero peligro para el tránsito.

Por Sergio Calandra
fiscal@periodicoelbarrio.com.ar
Twitter: @scalandra
Instagram: fiscaldelascalles

Hay males históricos en nuestra ciudad y uno de ellos ya forma parte del paisaje urbano: las veredas rotas. Por su mal estado y constantes rajaduras, conducen a una resignación porteña casi imposible de solucionar. Afortunadamente, en los últimos meses se está llevando a cabo una importante campaña de reparación en todo Buenos Aires, sobre todo en las avenidas, con el fin de colocar la nueva red de fibra óptica del Gobierno porteño. Sin embargo, pese a los esfuerzos, al poco tiempo muchas de estas veredas se vuelven a romper por distintas causas: raíces de árboles salidas; cañerías de desagües de cloacas o agua corriente; hundimientos por pozos mal apisonados; redes de gas obsoletas, entre otras.
Otro gran mal de la Ciudad lo constituyen los pozos y cráteres que se forman en el centro de calles y avenidas, que generalmente son imposibles de evitar cuando se circula en automóvil. Cuando se realizan aperturas atravesando la circulación de vereda a vereda, o bien para reemplazar o instalar nuevas redes, sabemos que en breve aparecerá un hundimiento justo en donde tiene que pasar todo el tránsito. También sabemos que la vuelta a su estado original dura varios meses: se nivela provisoriamente el lugar con una capa liviana de tierra, cemento o asfalto, por supuesto sin la más mínima señalización necesaria para advertir al conductor.
Esto puede ocasionar daños onerosos a los vehículos, además del riesgo de accidentes varios ante malas maniobras y frenadas para esquivar los baches. Recién ahí llegará la reparación, siempre y cuando las autoridades la tengan en su agenda como tarea pendiente. Pareciera que ni a las empresas ni al propio Gobierno de la Ciudad les importa cómo quedó el trabajo luego del cierre de las aperturas, de lo contrario no habría tantos pozos por todos lados.

La calle Tomas Le Bretón, en el tramo entre Galván y Valdenegro, presenta una seguidilla de pozos uno atrás del otro imposibles de evitar.

Sin coordinación
Si existiera un manual de procedimientos de cómo finalizar correctamente una apertura, tendría que aclarar que apenas es cerrada por la empresa de servicios o sus contratistas debería estar a la par el camión de asfalto esperando con la máquina niveladora y sus cilindros metálicos, para proceder así a dejar todo en el estado original.
En la práctica, está claro, esto no es así. Los camiones amarillos del Gobierno porteño, que se encargan del cierre de pozos no dan abasto para intervenir en el mismo momento en que se terminan las tareas de las múltiples obras que se están realizando en toda la Ciudad. También es cierto que, muchas veces, apenas se cierra una apertura, viene otra empresa y vuelve a romper todo donde se cerró la semana pasada. No se trabaja en base a una planificación seria y programada para atender esta problemática.

Chau adoquines
Ya se anunció que la Avenida Triunvirato dejará de lucir sus añejos adoquines y será asfaltada en toda su extensión el próximo año. Hay muchas otras calles empedradas que también piden a gritos su reparación, por ejemplo Bucarelli entre La Pampa y Olazábal, en Villa Urquiza, en donde los desniveles, hundimientos y pozos obligan a los autos a atravesarla de manera lenta y cautelosa para no romper cubiertas y amortiguadores. Su mal estado se debe, en gran medida, a que por allí circula la línea de colectivos 112. Bauness, calle paralela, ya fue asfaltada, pero no tuvo la misma suerte Bucarelli, donde hay mucho más tránsito y su superficie está históricamente en pésimas condiciones.

Campos minados
Existen calles que, si bien ya están asfaltadas, por su falta de mantenimiento se transforman en verdaderas trampas para todo aquel que las utiliza pero no las conoce de antemano. Un ejemplo tomado al azar es Tomas Le Bretón entre Galván y Lugones, en Villa Urquiza. Como no hay control alguno de su estado, sumado al paso de colectivos de la línea 107, se obliga a los conductores a esquivar los desniveles del suelo con el riesgo de rozar o chocar a los autos que se encuentran estacionados a ambos lados de la acera. Esta calle tiene un estado histórico de abandono y cada día se agrava aún más, ante la falta de cuidado preventivo, la degradación natural y los efectos del agua.

Camión asfaltador del Gobierno porteño: cuando ocasionalmente aparece por el barrio, los vecinos y conductores lo reciben con honores.

La verdadera grieta
También existen muchas otras calles que, pese a que sus aperturas fueron cerradas en tiempo y forma con asfalto, igualmente se hunden y lucen resquebrajadas durante meses por trabajos mal hechos. Esto acontece por ejemplo en Villa Pueyrredon, en la intersección de la Av. Salvador María del Carril y Zamudio, en la mano que va hacia Constituyentes, donde la depresión de la calzada hace saltar a los vehículos que circulan por allí y altera su andar (foto de portada). En el caso de que ya conozca esta situación, el automovilista debe abrirse y pasar por la izquierda, invadiendo el sentido contrario del tránsito, para no maltratar su coche y evitar sobresaltos a los pasajeros.

Pronta solución
Los montos de las patentes que pagan los vehículos en la Ciudad no son baratos, como así tampoco el ABL para el mantenimiento de las veredas. Ya que se recaudan importantes cifras bajo estos conceptos, es cuestionable argumentar que no hay fondos suficientes para dejar en condiciones lo que se rompe por la mano del hombre, como las aperturas en la vía pública de las empresas de servicios.
Todos estos son casos concretos de la desidia y la falta de mantenimiento, sin que nadie vele por la seguridad del ciudadano como debería hacer una gestión municipal eficiente. Recordemos que el estado de las calles, avenidas y veredas es responsabilidad directa del Gobierno porteño. Los juicios que podría recibir la Ciudad por su inoperancia pueden ser de cifras astronómicas e impactarán en el bolsillo del vecino, quien ya paga religiosamente sus impuestos mes a mes y para colmo de males el próximo año sufrirá un incremento extra del 34 por ciento.

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