Mediante un desgarrador texto escrito en primera persona, la vecina de Villa Pueyrredon Patricia Mónica Sánchez Bruno recuerda con dolor a su hijo Yoaquín Tomás. El adolescente falleció hace dos años en el Partido de San Martín, en una picada callejera.

¡Qué difícil es ser madre hoy! Se presenta cada día, en cada pensamiento, aquella conversación con mi hijo Yoaquín Bruno (Yoa) después de mi jornada laboral, en la que me contaba que saldría ese viernes 17 de abril de 2015 por la noche. Y mi corazón contrariado de dudas, con indecisión de otorgarle un permiso, porque a pesar de sus 19 años Yoa aún me lo pedía. Lo merecía ya que había logrado terminar su secundario en el Instituto Politécnico Modelo, donde se había recibido de Técnico en Computación.
Esta decisión es la que me acompaña a diario cargada de una catarata de interrogantes controvertidos. Yoa salió a la calle sin imaginar que encontraría la muerte a la vuelta de la esquina: a tan sólo 15 cuadras de mi casa se ahogaría en sangre en la madrugada del sábado 18 de abril.
¿Hasta dónde nuestros hijos pueden decidir? Los jóvenes con 18 años, apenas mayores, reciben a diario registro de conducir sin estar absolutamente convencidos de las responsabilidades implícitas a las que se deben ajustar. Gran parte de ellos cometen atropellos en la vía pública, a los que no responderán jamás ni con sus vidas ni con sus bienes, pero sin embargo asesinan, matan al conducir sin respetar las mínimas normas de tránsito y arrastrando a otros a un final trágico como le pasó a Yoa y también a otros, intentando seguir a su cantante preferido.
Nos enfrentamos a diario a una sociedad sin límites, descontrolada, salvaje y mezquina, a la que le da lo mismo la vida o la muerte, invisibilizando los numerosos casos de muertes al volante o no al volante, simplemente por violencia.
Ser madre, me pregunto… Madre del que mata al volante, con corta edad, que intenta salvarlo manchando la vida de la víctima y de su familia, abandonando en el olvido como si nunca hubiese existido, buscando en la Justicia con sus leyes a un abogado que sea capaz de usarlas en su propio beneficio, dejando de lado el sentido de empatía y de humanidad, sin importar quién era Yoa, cómo era, qué deseaba, qué lo emocionaba, qué lo enojaba, qué lo hacía reír, qué es de su mamá y de la familia.
¡Qué difícil es ser madre de la víctima! Nosotras, estas madres que tan sólo deseábamos encontrar las sonrisas en los rostros de nuestros hijos/hijas disfrutando de una salida, nos encontramos con sus cuerpos torturados y mutilados por el de descontrol, aplastados por la presencia de un Estado que no protege sabiamente nuestros jóvenes, futuro de este país.
Esto pasa en las calles, pasa en los recitales, pasa en las grandes ciudades, pasa en los lejanos municipios, recientemente en Olavarría, en las provincias. Pasa y sobrepasa los límites de la tolerancia. ¿Cuántos chicos y chicas más dejarán de sentir el sol en su piel por el desinterés, porque proteger la vida es un gasto público o privado? ¿Cuántas madres como yo seguirán llorando? Nada borrará la violencia con que nos trata la sociedad tapando la realidad, las voces en el juego sucio del sálvese quien pueda, porque algunos son famosos, otros tienen prensa, muchos tienen dinero o poder.
Aquí estoy perteneciendo a este club de madres de hijos muertos, por delitos, empujando las hilachas de mi cuerpo físicamente vivo pero emocionalmente desahuciado. Soy Patricia Mónica Sánchez Bruno, mamá de Yoaquín Tomás Bruno, de 19 años, muerto en una picada callejera, en Av. San Martín y Rodríguez Peña, partido de San Martín, provincia de Buenos Aires, Argentina.

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