Luego de un amparo presentado por el legislador porteño Gustavo Vera, en octubre pasado la Justicia frenó definitivamente el proyecto inmobiliario que se emplazaba alrededor del histórico inmueble. Ahora los vecinos de la zona se preguntan qué se hará con lo ya construido y temen que los terrenos sean usurpados.

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

El 1 de febrero de 1891 se inauguró la Estación Coghlan como parte del ramal que terminaría uniendo Buenos Aires con Rosario. Como muchos saben, el nombre fue puesto en homenaje al ingeniero irlandés John Coghlan, un ferviente impulsor de la modernización de la ciudad, tanto en obras hídricas y de saneamiento (fue el autor del primer servicio de tecnificación de aguas sanitarias en el país), como en el tendido del tren a lo largo de la Argentina, en su rol de director de Ferrocarriles del Sud.
La estación dio origen a un pequeño barrio, que tardó en afirmarse como tal ya que recién en 1972 adoptó esa condición por orden municipal. Coghlan creció entre huertas y quintas y fue en el año 1900 (según reza en su frente) cuando se erigió la afamada Villa Roccatagliata, una de las casonas más importantes del barrio. Es un modelo arquitectónico con una planta en forma de H, con galerías en frente y contrafrente. Estilísticamente se asemeja a las villas italianas del quicecento, con detalles que le dan un carácter ecléctico.
Perteneció a los dueños de la conocida Confitería del Molino, quienes decidieron construirla en la esquina de Balbín y Roosevelt como quinta de veraneo, aunque luego derivó en vivienda permanente. Junto con la Villa Vicentina, de estilo semejante, son las únicas dos que subsisten en Coghlan, ya que lamentablemente otras importantes construcciones no pudieron quedar en pie con el paso del tiempo.
El palacio debió pasar por distintos avatares, poco felices, que lo llevaron a un estado de abandono total. Desde los años 80 y hasta la década pasada funcionó en el predio una estación de GNC, que usaba al edificio como minimercado y bar y poco ayudaba al embellecimiento del lugar. De todas formas, la casona mantuvo su identidad, a pesar del playón con surtidores y el descuido que tuvo que padecer.

La villa fue construida para Juan Roccatagliata​ hacia 1900, pero se desconoce quién su autor.

Cabe recordar que el Palacio Roccatagliata forma parte del patrimonio de la Ciudad desde el año 2009 y también está incluido dentro del APH (Área de Protección Histórica) que rige en el barrio desde el 2007. Una vez finalizada la concesión con la empresa de GNC en 2010, los vecinos comenzaron a preocuparse por el destino que tendría el edificio. Una incertidumbre que perduraría hasta nuestros días.
En 2011 finalmente salió a la luz un controvertido proyecto edilicio, aprobado por las autoridades porteñas, que incluía varias excepciones al código de edificación urbano. La propuesta contemplaba la construcción de dos torres que actuarían como un gran telón a espaldas de la casona. El predio fue obtenido por una desarrolladora con la excusa de rescatar la casona -aunque esto ya estaba determinado por ser un edificio protegido- para incorporarla como parte de los amenities del complejo edilicio.

Un caso para aprender
Hace poco tiempo, una noticia sorprendió a New York. El Museo Frick, ubicado en la Quinta Avenida, en el corazón de Manhattan, había proyectado construir una torre en el jardín del palacio, de importante valor patrimonial, con la finalidad de ampliar sus instalaciones. Una ONG hizo la denuncia correspondiente por la irregularidad que se quería llevar a cabo y el propio municipio se encargó de que el museo tomara una propuesta que no afectara a la original, notificándole los inconvenientes que acarrearía el proyecto.
Como el boceto presentado no iba a ser aprobado, la empresa decidió hacer todos los cambios necesarios para evitar cualquier conflicto. No hay duda de que este ejemplo nos muestra claramente que, si bien en todos lados se cuecen habas, no parece que se haga siempre de la misma forma. La dura crítica que recibió el proyecto, sumada a la intervención municipal que no fue cómplice de la situación, llevó a que los desarrolladores plantearan una propuesta que no fuera invasiva para el edificio existente.
Insistimos que fue de suma importancia la actuación de las autoridades locales, que supieron reunir a los directivos del museo con los activistas y con arquitectos. Estos ofrecieron alternativas constructivas que rendían los mismos metros, pero con una singular disminución del impacto de la nueva obra.
Sin duda este es un ejemplo de cómo deben manejarse los principales actores. Pero sabemos que aquí las cosas son muy distintas. Buenos Aires ha perdido gran parte del patrimonio arquitectónico por no saber llevar a cabo políticas patrimoniales correctas y aún no hemos aprendido a defender lo nuestro. El poco interés de los desarrolladores ha llevado a grandes pérdidas, hoy irrecuperables.
En el caso de la Villa Roccatagliata, los vecinos denunciaron que el proyecto estaba sobrepasado de irregularidades, por lo tanto la ejecución de la obra debía ser parada, ya que su construcción perjudicaría al barrio. Se preveía la construcción de una torre de 28 pisos sobre la calle Roosevelt y otra de 13 pisos sobre Monroe, unidas bajo nivel por tres subsuelos. Estos edificios superaban no sólo las alturas permitidas por el código urbano, sino también el FOT (factor de ocupación del suelo), que a su vez provocaba la pérdida del pulmón de manzana.
Si bien la obra mantenía al edificio existente y conservaba su autenticidad arquitectónica, las dos moles de hormigón ocuparían y fragmentarían los jardines. Hay que tener en cuenta que más de 300 departamentos formarían parte del complejo, sin duda un impacto negativo para este rincón de Coghlan.

Se proyectaba la construcción de dos torres alrededor del histórico palacio, pero la Justicia le puso un freno.

Victoria vecinal
Ante la suma de irregularidades que presentaba el proyecto, tanto los vecinos de Coghlan, Saavedra y Belgrano como también distintas asociaciones barriales presentaron un recurso de amparo. Denunciaron que la obra ponía en riesgo el valor patrimonial del edificio y señalaron los perjuicios que provocaría al entorno edilicio. Desde la aprobación del proyecto hasta el pasado año, hubo idas y vueltas. La construcción se frenó en varias oportunidades, pero parte del esqueleto pudo ser ejecutado y, así, se destruyó aún más el entorno inmediato de la casona. Por otra parte, vecinos y asociaciones fueron denunciados por perjudicar a los emprendedores del proyecto, lo que dejó expuesto una nueva manera de amedrentar a quienes luchan por los derechos de la ciudad.
En octubre pasado la Cámara de Apelaciones ratificó, en un fallo unánime, que la mega obra inmobiliaria que se estaba construyendo en los jardines de la villa violaba las leyes. Fue luego de la acción de amparo presentada por el legislador porteño de Bien Común Gustavo Vera, quien remarcó que “la obra violaba todos los parámetros urbanísticos que establece el Código de Planeamiento (CPU) para esa zona”, porque se querían construir más metros cuadrados de lo permitido y más pisos.
Ahora muchos vecinos se preguntan cuál será el destino de la Villa Roccatagliata, ya que la construcción quedó parada y tienen temor de que los terrenos sean usurpados y queden en abandono total. El Ejecutivo Porteño tendrá que dar respuesta a estas dudas, porque por error u omisión fue quien permitió que el proyecto se pusiera en marcha, pese a que nunca debió haber comenzado.
Quizás este caso sirva como modelo de lucha, para todos aquellos que quieren una ciudad distinta y más vivible. Nos decía el pensador y líder del nacionalismo indio Mahatma Gandhi: “No quiero mi casa amurallada por todos lados ni mis ventanas selladas. Yo quiero que las culturas de todo el mundo soplen sobre mi casa tan libremente como sea posible. Pero me niego a ser barrido por ninguna de ellas”.

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