A las 14.30 del 27 de agosto de 1994, un frío sábado, Roberto Goyeneche inició su gira por las estrellas. Una de las más importantes y queridas voces del tango dejaba la vida terrenal y pasaba a la inmortalidad. El Polaco había nacido el 29 de enero de 1926 en la casa de Balbín y Superí, barrio de Coghlan, pero indiscutiblemente fue de Saavedra.
Su vínculo con la música comenzó de muy joven, cuando se presentó en un concurso de voces nuevas en el Club Federal Argentino. El premio al ganador era un contrato para cantar en la orquesta que dirigía el violinista Raúl Kaplún. No hace falta decir quién fue el mejor del certamen.
La música siempre fue su pasión, pero tenía que trabajar como chofer de colectivos para llevar el pan a su hogar. En 1948 contrajo matrimonio con Luisa Mirenda y al poco tiempo nació Roberto (luego llegaría Jorge, su otro hijo). Una madrugada de 1951 estaba manejando un colectivo de la línea 219 cuando se puso a cantar Mano a mano y uno de los pasajeros que estaba sentado en el fondo se acercó para escucharlo mejor.
Era Justo José Otero, representante de la orquesta de Horacio Salgán. Le pidió que cantara otro tema. “Usted es el que ganó el concurso de Kaplún, ¿no?”, le preguntó al Polaco, tras reconocerle la voz. Uno de los músicos se había ido de la orquesta y se abrió un lugar. Al día siguiente fue a radio Belgrano a hacer una prueba: cantó tres estrofas y esa misma noche hizo su debut.
A los 30 años se convirtió en el cantor de la orquesta de Aníbal Troilo, quien se transformaría en su gran amigo. Juntos grabaron 26 temas y después siguió su carrera como solista. Naranjo en flor, Afiches, Desencuentro y La última curda son algunos de los tangos más recordados del Polaco, una de esas personas que después de morir se hace más grande, hasta transformarse en una leyenda.

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