Recordado por su potente disparo, brilló en el club de Saavedra a fines de la década del 40. Luego pasó al Millonario, donde integró “La Maquinita”, famosa delantera que compartió con Ángel Labruna y Félix Loustau. A sus lúcidos 88 años, esta leyenda del fútbol argentino charló con el periódico y recordó imperdibles anécdotas de su carrera. Recientemente se cumplieron siete décadas de su debut en la Primera del Calamar.

Por Marcelo Benini y Tomás Labrit
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Santiago Vernazza (88) nació en La Boca pero, cuando era chico, su familia se mudó a Núñez. Vivía en Ruiz Huidobro entre Cuba y Arcos, cruzando Cabildo. Futbolísticamente, se crió en ese barrio. Jugaba en la calle y en los potreros, con los equipos que se iban formando en las esquinas. Su acercamiento a Platense fue gracias a un vecino de la cuadra, quien era delegado del club y lo llevó a probar. En el Calamar hizo todas las divisiones inferiores, por lo que era habitual que pasara días enteros en Manuela Pedraza y Crámer haciendo malabares con una pelota de tiento. “El club era mi amor”, confiesa el popular Guito.
Un domingo lo llamó el presidente y le preguntó si me animaba a jugar en la Primera: desde ese momento empezó a trazar su imborrable huella en el Marrón. Este año se cumplieron siete décadas de su debut con el primer equipo de Platense. Fue el 20 de abril de 1947, frente al River de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau, la recordada Máquina. “Lo que más me sorprendió, tanto en la Reserva como en la Primera, fue que todos los tiros libres me los daban a mí. Algo increíble, porque era un pibe. Además no tenía mucha musculatura, era flaco”, evoca Vernazza y enseguida agrega: “A medida que voy conversando, recuerdo anécdotas que son increíbles”.

 -¿Era posible vivir del fútbol en esa época?
-En Platense no tenía contrato, jugaba por los premios. En ese momento la situación económica era muy mala. Cobraba 150 pesos por punto y eso me ayudó una barbaridad. Un partido ganado eran 300 pesos, un sueldón. Imaginate que cuando empecé a trabajar en una empresa americana en el Centro, en Corrientes y San Martín, ganaba 75 pesos por mes. Como no quería dejar el trabajo, conseguí un permiso para ir los miércoles a hacer fútbol a Platense. El resto de los días de la semana estaba en una oficina.

-¿Es cierto que se iba caminando desde el trabajo hasta su casa, en Núñez?
-Claro. Salía del trabajo a las seis de la tarde y llegaba a casa a las nueve. Caminar me ayudó mucho. Aparte de fortalecer las piernas, me daba la posibilidad de mantenerme entrenado. Cuando entré al servicio militar tuve que renunciar a mi trabajo, pero seguí con el fútbol. En ese momento me hicieron contrato porque ya entraba en la mayoría de edad. Ahí me dediqué directamente al fútbol. Era una pasión tremenda la que tenía.

Nada le fue fácil a Guito. Todo lo hizo a pulmón. Por ejemplo, cuando jugaba en las inferiores del Calamar, al mismo tiempo trabajaba de repartidor de hielo en las zonas de Núñez y Saavedra: “Entregaba el hielo a partir de las seis de la mañana, en pleno verano, y a las nueve y media estaba en la cancha de Platense para jugar en la Tercera. Qué cosa de locos, eh…”.
Al hablar de Saavedra, tanto él como su esposa recuerdan el “río” que por esos años corría a cielo abierto: el Arroyo Medrano. “Era un espectáculo. Lindo barrio, muy tranquilo”, repiten al unísono. Era una época en donde prácticamente no había inseguridad y los chicos podían jugar en la calle sin que sus padres se preocuparan. “Se vivía con la puerta abierta. A los ocho años me iba sólo al Luna Park y volvía a las dos de la mañana. Me gustaba mucho el boxeo, le había tomado un gusto tremendo. Me enloquecían Amelio Piceda y Eduardo Lausse -apunta Guito– Todos íbamos a ver perder a Gatica; era bravísimo, un déspota. Noqueaba a su rival y en el suelo le pegaba patadas: no tenía compasión. Yo era hincha de Prada, su rival. Seguí siempre a Gatica porque quería verlo perder, pero era un tigre. Le sacaban la bata y se comía a su rival”.

Mientras Vernazza comenta que a esas veladas en el Luna Park asistían más de 25 mil espectadores, aparece Ricardo, su hijo nacido en Italia, quien le ofrece un mate para “refrescarse la garganta”. La charla sigue adelante y Santiago no deja de sorprender con su lúcido relato. Esta escena le hace acordar a una anécdota con su papá. “Mi viejo era fana del fútbol y de Boca, pero no quería admitir que yo era jugador. Era mentira, porque yo lo vi en la cancha de Platense y le dije: ‘¿Viejo, qué hacés acá?’. El me respondió: Jugá, jugá. Falleció enseguida, pero me vio jugar en la Primera de Platense”, afirma orgulloso.
Cuando era adolescente perdió a sus padres y se hizo cargo de su pequeña hermana, Betty. En ese duro proceso fue fundamental la compañía de Carmen, su mujer, quien siete décadas después lo mira a Santiago con una ternura que enamora. Tan fuerte se hizo el vínculo de los hermanos Vernazza que, desde hace 20 años, viven en casas contiguas en Aldo Bonzi, La Matanza. Esta entrevista da fe de la calidez de la familia: mientras la leyenda recuerda retazos de su vida, esposa, hija e hijo lo escuchan con admiración. También se hace sentir el perro Scott, que va de acá para allá en el living.

-¿Cómo definiría su estilo de juego? Pese a ser puntero derecho, convertía muchos goles.
-Era muy dribleador, aparte tenía velocidad y tiro. Siempre decía que los wines teníamos dos adversarios: el defensor que marcaba y la raya. Mi ventaja era manejar las dos piernas. Enganchaba mucho con la derecha y le pegaba con la izquierda. Mi obsesión por el fútbol era muy grande.

Cuando se hizo Millonario
En 1950 Vernazza dejó el Calamar y fue vendido a River por expreso pedido del presidente Antonio Vespucio Liberti. Una perlita: se dio el lujo de reemplazar a su ídolo, Muñoz, quien pasó a jugar a Platense. “Una vez que me transfirieron, tuve la oportunidad de hablar con él. ‘¿Sabe lo que pasa, Muñoz? Yo vine a River con una mochila tremenda por sacarle el puesto a usted, que es mi ídolo y uno de los mejores punteros derechos que he visto en mi vida. Quiero hacer lo que hace usted’, le dije. Él me aconsejó: ‘Hacé lo que sabés hacer vos. No te copies de mí porque no te va a salir nunca. No quieras hacer lo que hacen los demás’. Esa frase me abrió las puertas del club y me sacó la mochila. A partir de sus consejos, me desaté”, cuenta Guito.
Fue literal: el primer año que jugó con la banda roja marcó 24 tantos y salió goleador. Compartió delantera -la famosa Maquinita– con Pizzuti (al año se fue a Racing y lo reemplazó Prado), Walter Gómez, Labruna y Loustau. Vistió la casaca millonaria hasta 1956 y ganó cuatro campeonatos. De ese período hay, entre tantos, dos momentos sobresalientes. Un memorable gol a Huracán desde casi la mitad de la cancha (“mi mejor gol”), lo que le valió el apodo de comefierro por su potente remate. Y el día que, en un partido frente a Newell’s, rompió el reloj que había en una de las cabeceras del Estadio Monumental luego de que su disparo rebotara en el travesaño.


-Tuvo la suerte de compartir equipo con Julio Cozzi y Amadeo Carrizo, dos de los mejores arqueros de la historia de nuestro fútbol. ¿Cómo era su relación con ellos?
-En Platense tuve dos maestros: Julio Cozzi y Antonio Báez, un zurdo de aquellos. Cozzi fue mi padre futbolístico y, a mi entender, el mejor arquero del fútbol argentino. Pero Amadeo era muy bueno también. En aquel entonces había muchos, por eso es difícil decir quién fue el mejor arquero; son épocas. Julio me enseñó dónde le duele la pelota al arquero. Con él y Amadeo tengo anécdotas de este tipo. Después del entrenamiento nos quedábamos una o dos horas practicando. El director técnico se iba y nosotros seguíamos pateando. Mi virtud surgió de esas enseñanzas.
Después de River pasó a Italia, una de las ambiciones de su carrera. Su sueño era jugar en el Milan -algo que concretaría años más tarde-, pero la primera parada fue el Palermo. Al principio no estaba entusiasmado con la idea de jugar en un equipo menor del Calcio, dado que venía con los laureles y la fama que había cosechado en Argentina. Pero ni bien llegó, se enamoró de la ciudad y del fútbol italiano. “En Palermo es un ídolo. Fuimos invitados tres veces y no sabés lo que es llegar allá”, señala Carmen, la fiel esposa de Vernazza.
“En los primeros cinco partidos en Palermo no hice goles, me querían mandar de vuelta para Argentina. Fui para sacarlos del descenso, pero no pude. Jugamos una temporada en la B y el segundo año fue una explosión. En un partido perdíamos 1 a 0 y yo hice tres goles en seis minutos”, rememora Vernazza y se trenza en un debate con su mujer.

-En ese partido te habían lastimado la ceja -acota Carmen.
-No, no fue ese partido. Eso fue en Milan, -repone Santiago.
-Fue en Palermo, -insiste ella.
-Cuando jugaba en Palermo me lastimaron la cabeza, pero no en ese partido -concluye Vernazza muy seguro.

El vacío que dejó el fútbol
Más allá de la discusión, a partir de ese encuentro la capacidad goleadora de Vernazza fue en aumento y el paso del equipo, arrollador. En el último cotejo, decisivo para lograr el ascenso, marcó el tanto del triunfo ante Atalanta. Palermo subió a la Serie A, pero volvió a descender en la temporada siguiente. Después de cuatro años en esa institución, donde es el tercer máximo goleador de la historia, finalmente fue transferido al Milan. En el rossonero infló las redes en 15 oportunidades y más tarde vistió la casaca del Vicenza. Con el desgaste lógico de una intensa carrera, allí colgó los botines en 1964. Emprendió el regreso al país y se instaló en Olivos, tras casi una década en Italia.

-¿Qué fue de su vida una vez que se retiró?
-Me agarró una especie de depresión. Había engordado, estaba mal, no quería salir, me había agarrado una cosa rara. Hasta que un muchacho de la vuelta de casa, donde había una canchita de fútbol, me ofreció jugar y me enganché. Después me sumé a los equipos de veteranos de River, Platense y Macabi. Me volvió el alma… También empecé a entrenar a chicos y formé una escuelita de fútbol en Comunicaciones. Me agarró una pasión, volví a vivir.

-Viendo la locura que tiene por el fútbol, imaginamos que seguirá mirando partidos y estará al tanto de todas las novedades.
-Sí, por supuesto (la esposa sonríe con complicidad). Como tengo artrosis en la columna y tengo que estar sentado, me compré esta tele grandota porque con la chiquitita no hacía nada (risas). Me gusta la Liga española, estoy muy fanatizado con el Barcelona. Aparte de que juega Messi, me gusta el fútbol que practica. Es una delicia ver al Barcelona, con Neymar y Luis Súarez. El fútbol europeo tiene una secuencia más elevada que la nuestra: se para la pelota dos veces. Hoy, en Argentina, no se para la pelota: es una locura. Los jugadores de fútbol ya son atletas. Aparte los europeos no son estúpidos: compran todos nuestros cerebros y los injertan en su fútbol. ¿Cómo puede ser que, en Juventus, el Pipa Higuaín hace goles hasta con la cola y acá no pasa absolutamente nada? Allá se para dos veces la pelota y acá se encuentran con la dificultad de que no hay pausa.

-Usted jugó en la Selección y fue campeón del Sudamericano de 1955 en Chile. ¿Cómo analiza el presente del conjunto nacional?
-Tengo una idea, no sé si es valedera: preparar un equipo con jugadores locales, sin dejar afuera a Messi y Mascherano. ¿Cómo un técnico puede formar un equipo en tres días? Es imposible, por más que el año pasado hayan jugado juntos. En Europa juegan de distinta manera.

“A Mascherano no le da más para jugar de cinco, por eso en Barcelona es central”, indica Fabiana, la hija de Guito, dando la pauta de que en la familia Vernazza todos respiran fútbol. “Mascherano es un patrón. Y hablando de eso, Argentina no tiene un patrón de juego, como Brasil. Si no le levantan la sanción a Messi, veo difícil que clasifique al Mundial”, continúa Santiago.

-¿Qué le genera ver a Platense en la B?
-Desearía con toda mi alma que suba al lugar donde se merece estar. Ahora anda bastante bien con Omarcito Labruna, a quien tuve en brazos. Y podría estar mejor.


-¿Y el River de Marcelo Gallardo?
-Es un sabiondo (sic), especialmente cuando hace los cambios, que siempre acierta. Es muy importante eso en un equipo. Y tuvo la gran sapiencia de volver a traer a Rojas.

-Está claro que tanto en River como en Platense dejó su huella. ¿Se siente más identificado en alguno de los dos clubes?
-Platense fue mi maestro, me creó, y River me dio la fama. Yo hacía mucho mejor papel en Platense, porque tenía a Antonio Báez que me hacía jugar. Los años en Platense fueron mi lanzamiento, River me dio la posibilidad de ser nombrado. Moreno me decía que, para ser conocido, tenía que hacer goles en el primer tiempo de un River y Boca, porque iba a aparecer mi nombre en el diario de la tarde. ¡Qué gran visión! Tuve la suerte de jugar con él en la Selección. Me decía “la pelotita para mí, no tenés que mirar a ningún otro”. ¡Yo era un pibe! Y se la daba para que hiciera lo que quisiera (risas).

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