Nacida hace 105 años en un humilde pueblo bonaerense, es hija de inmigrantes rusos y la sexta de siete hermanos. Vivió en Villa Urquiza, Saavedra y ahora en Parque Chas. Amante del piano y los tangos, se casó con Pedro, “un rusito pintón”, con quien tuvo dos hijos. Uno de ellos, Pupée Leyvant, narra con ternura la vida de su madre.

Sara Frenkel de Leyvant, más conocida como China, es una antigua vecina de Villa Urquiza, luego de Saavedra y hoy de Parque Chas que cumplió ¡105 años! el pasado 22 de mayo. Hija de un matrimonio de campesinos rusos de origen judío, nació apenas 13 años después de comenzado el siglo XX, a 40 leguas de Carlos Casares, en pleno campo bonaerense. Lo más cercano a su vivienda era el rancho en que vivía una tía y, unos kilómetros más alejado, un poblado con un negocio de ramos generales y algunos vecinos. También había otro pueblo, un poco más importante, donde se establecía el corso del Carnaval. A ambos lugares, incluso a Casares, se llegaba a caballo, que China montaba muy bien.
Cursó en una escuela rural hasta 4° grado y a los 10 años la familia la envió con dos primitas a una pensión en Casares para terminar la primaria. Por supuesto, la vida era muy precaria. Los padres eran muy pobres y, por la época y el lugar donde vivían, no tenían luz eléctrica y debían trasladarse a caballo. Con todo, la cumpleañera tiene buenos y dulces recuerdos de su infancia. Al concluir la primaria, los padres con los siete hijos –China era la sexta- se trasladaron a Buenos Aires para que los varones fueran al secundario. Cursaron en el Colegio Avellaneda, mientras empezaban como cadetes o aprendices en diversos establecimientos.
La hermana mayor se especializó en costura y bordado, la menor pudo entrar a un colegio secundario y China estudió piano. ¡Tocaba muy bien! Le gustaba la música del Príncipe Kalender, algunas piezas de Chopin y sobre todo tangos y valsesitos criollos, que también cantaba estupendamente y de memoria. Tuvo una vida familiar tranquila y amable. Los hermanos mayores se casaron y quedaban China, Estela y Enrique, con dos años de diferencia entre uno y otro. Años después Sara conoció a Pedro Leyvant, un rusito pintón recién llegado de Europa, que daba sus primeros pasos como corredor de comercio. Se enamoraron y luego contrajeron matrimonio el 19 de agosto de 1939.

Rodeada de amigas, China sopla las 105 velitas.

Durante varios años vivieron con sus dos hijos, Osvaldo y Pupée, en el límite entre Villa del Parque y Floresta. Primero en Argerich y Luis Viale y luego en la primera casa propia -comprada con un crédito a 30 años- en Juan B. Justo y Nazca. Allí China tuvo una vida feliz, sin sobresaltos, como típica ama de casa, cuidando y educando a sus hijos. “De vacaciones íbamos a un campo cerca de donde nació mamá y donde en una escuela de una sola aula ejercía como maestro, director y portero su hermano mayor, León, acompañado por su esposa Juanita. Allí pasamos hermosas vacaciones, de las que tengo recuerdos imborrables”, cuenta Pupée.
Así, China vio transcurrir el siglo. Recuerda con precisión el gobierno de Yrigoyen, su destitución por Uriburu y las sucesivas crisis económicas que sufrieron los argentinos. El advenimiento de Ortiz y Farrell y luego Perón y Evita, con los sindicatos y la llegada de enormes cambios sociales y políticos. En el medio la Segunda Guerra Mundial, aquí vista de lejos pero con noticias tristes que traían los inmigrantes que llegaban a la ansiada Argentina.
China es una testigo fiel de todo el siglo XX, con una memoria privilegiada y muy buena salud. Vivió en Triunvirato y Mendoza por muchos años. “Pero en 1996 falleció Pedro, después de 50 años de feliz matrimonio, y mi mamá, que venía siempre a Saavedra a cuidar a sus nietos y a pasear con ellos por el parque, se vino a vivir conmigo y mi marido Tito a Arias y Mariano Acha -agrega Pupée-. Vivió en casa 18 felices años, hasta pasado su cumpleaños 101. Desde 2014, cuando ya necesitó atención permanente, reside en un pequeño geriátrico de Parque Chas, en la calle Gándara, donde está muy bien cuidada y atendida. Fue feliz en Saavedra, siempre decía que era un barrio con perfume a flores. Y ahora tiene una vejez tranquila, muy querida y visitada por hijos, nietos y bisnietos”.

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