Nació en Polonia en 1927 y, con apenas 15 años, fue trasladada a un campo de concentración con sus padres. En el medio de la tragedia, conoció a su esposo y se refugiaron en Argentina al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Tuvieron dos hijos, uno de ellos secuestrado y desaparecido por la dictadura militar en Constituyentes y General Paz. Madre de Plaza Mayo Línea Fundadora, vive en Belgrano y fue recientemente distinguida por su trayectoria en el Centro Ana Frank de Coghlan.

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

A pocas cuadras del Museo del Holocausto de Buenos Aires, en el barrio de Belgrano, una sobreviviente del genocidio nazi nos recibe en su departamento de la calle Arcos para ofrecer su crudo testimonio de vida. Lúcida, memoriosa y locuaz, Sara Rus tiene 92 años, dos más de los que hubiera cumplido en junio la mismísima Ana Frank, autora del célebre diario. «Ella tenía facilidad para escribir, pero a mí me gusta más hablar», asegura la oriunda de Lodz, la tercera ciudad más poblada de Polonia, al comenzar una charla de casi tres horas de duración que conmoverá hasta los huesos.

-Empecemos por el principio. ¿Cómo fue su infancia?
-Muy hermosa. Mi familia era de la colectividad judía, éramos tradicionalistas. Íbamos a las fiestas en los templos e incluso mi padre pudo haber sido rabino, ya que de chico estudió, pero no era su deseo. Yo iba a un jardín de infantes hebreo y me gustaba mucho andar en patines sobre hielo. En Lodz había muchísimas fábricas y mi padre tenía un taller de costura. Hice algo del primario y también tuve una profesora que me daba clases particulares para tener un poco más de conocimiento. Como era hija única, siempre pedí un hermanito. Desgraciadamente, mi madre justo quedó embarazada cuando estalló la guerra, en 1939. Por entonces yo tenía 12 años.

-¿Cómo recuerda la llegada de los alemanes a Lodz?
-Entraron como en su casa porque no hubo resistencia, a diferencia de Varsovia, donde murió mucha gente. Al salir a la calle, teníamos que usar las estrellas de David y una cinta amarilla para identificarnos. Además, ya no teníamos derecho de caminar por las veredas: podíamos hacerlo solo por la calle. Habían muchos judíos religiosos que usaban barba y los trajes típicos, y los alemanes se ensañaban terriblemente con ellos. Agarraban a una persona mayor, la hacían inclinar frente a ellos y le cortaban la barba y le pegaban. En las calles se veían escenas muy tristes.

-¿Recuerda alguna anécdota personal con los alemanes?
-Un día vinieron a mi casa. Al entrar, vieron apoyado un violín en la mesa y preguntaron de quién era. Mi madre, en alemán, les respondió: “Es de mi nena, le gusta tocar”. Ella creía que estaba hablando con un ser humano… “¿Ah, sí? ¿Le gusta el violín a tu hija?”, le dijo uno de ellos, y lo destrozó de un golpe. Esta fue la primera visita que tuvimos de los alemanes en Lodz.

-¿Cómo justificaban esas visitas? ¿Daban algún motivo?
-Ellos entraban donde se les antojara, obviamente sin permiso. Te podrás imaginar lo que sintió una nena de 12 años en ese momento… No podía creer que una persona fuera capaz de hacer semejante barbaridad.

-¿Se sentían observados, vigilados permanentemente?
-Totalmente. Vivimos así hasta el año 1940, cuando nos trasladaron al gueto de Lodz. Era un barrio obrero dentro de la ciudad, muy grande, que los alemanes rodearon con alambres de púa para que lo ocuparan polacos y judíos. Era algo completamente discriminatorio. A cada familia les daban una habitación y se acomodaban como podían. Quienes vivían allí y no eran judíos tenían que abandonar sus casas y a cambio seguramente recibían las nuestras.

En junio fue distinguida junto a Estela de Carlotto, titular de Abuelas de Plaza de Mayo, en el marco del décimo aniversario del Centro Ana Frank Argentina, de Coghlan.

-¿Cómo era la vida allí?
-Muy difícil. Mi madre, que finalmente había tenido un varoncito, no podía trabajar, entonces tuve que salir en su lugar para que pudiera alimentar al bebé. Trabajaba en una fábrica, donde casualmente se confeccionaban sombreros para niños. A aquel que tenía un trabajo le daban un certificado para recibir pan y verduras, todo en porciones muy reducidas. Desgraciadamente, mi hermanito vivió sólo tres meses porque no tenía la alimentación suficiente. La vida en el gueto no fue nada fácil. Los alemanes entraban en los edificios y hacían “selecciones”: sacaban a las mujeres con los chicos -o los dejaban sin los padres- y los tiraban en camiones. Fue una cosa muy terrible lo que han hecho. Siempre digo que tuve infancia, pero no adolescencia.

En medio de tanta crueldad, nació una historia de amor que cambiaría la vida de Sara para siempre. “Mi padre conoció a un joven en el gueto y un domingo lo llevó a casa -recuerda, y ya se le ilumina la cara-. En esa época yo tendría 15 años y él 26, pero lo miraba demasiado. Y me enamoré…”. Ese muchacho apuesto se llamaba Bernardo Rus, quien un día de 1943 le preguntó a la familia de Sara a dónde le gustaría migrar en caso de sobrevivir a la guerra. “Tengo una hermano en Argentina, seguramente vamos a tratar de ir para allá, pero quién sabe en qué año será”, planteó Carola, la madre de ella. Inmediatamente, Bernardo pidió una libretita y anotó una fecha en una de sus páginas: 5/5/1945. “Ese día nos vamos a encontrar en Buenos Aires en el Edificio Kavanagh”, le prometió a Sara, haciendo gala de su romanticismo y sus conocimientos sobre nuestra ciudad, que había adquirido través de la lectura. “Pero en 1944 nos tocó a nosotros y fuimos desalojados del gueto, por lo que perdimos contacto con él -evoca-. Prepárense y agarren sus cosas, porque nos vamos a los trenes, nos decían los alemanes”.

-¿Sabían a dónde los estaban llevando?
-No teníamos idea. Íbamos todos apretados en un mismo vagón, hombres, mujeres y niños, hasta que aparecimos en Birkenau, el campo de concentración que le seguía a Auschwitz y era aún más terrible. Era un campo de exterminio, directamente.

-¿Qué recuerda de ese momento?
-Nos hicieron bajar a los empujones y nos pusieron en filas. Ahí ya perdimos a mi padre y nunca más lo volvimos a ver. Después también me separaron de mi madre y quedé sola, con personas que no conocía. Para pedir ayuda me acerqué a un soldado alemán de la SS, gordo y con un rebenque, que estaba repartiendo a la gente. “¿Cómo te atreves a ponerte frente a mí?”, me dijo y yo, bastante atrevida, le respondí en alemán: “¡Vos me sacaste a mi mamá!”. Él no podía creer que yo supiera hablar alemán y me preguntó cómo lo hacía. “Es que en mi casa todos hablamos alemán”, le expliqué. “¿Ah, sí? ¿Cuál es tu madre? Andá a buscarla”, me respondió, para mi sorpresa. Finalmente, pude encontrar a mi mamá y la llevé al lado mío. Como te podrás imaginar, fue como una salvación. Mi papá, lamentablemente, nunca apareció ni tuve noticias de él.

-¿Cómo siguió la historia?
-Nos llevaron a controlar nuestros cuerpos. Primero nos sacaron toda la ropa y quedamos directamente desnudas. Había hombres y mujeres nazis mirando a ver si teníamos algún defecto corporal. A algunas quién sabe a dónde las separaban; eso no lo podíamos ver. A mí me abrieron las trenzas del pelo, que en esa época usaba, y una alemana le dijo a la otra: “¿A ver qué encontramos en su pelo?”. Si veían un piojo significaba mi muerte, pero por suerte no encontraron nada. Me cortaron el pelo muy cortito y a los empujones me llevaron a un lugar todo lleno de vapor, con todas personas peladas y desnudas. Yo no reconocía a mi madre y empecé a gritar por ella. Junto a la entrada del lugar había sentada una mujer pelada y desnuda, a la que le pregunté si la había visto. “¡Soy yo tu mamá!”, me dijo. No la había reconocido… Lloramos y nos abrazamos de la alegría de estar nuevamente juntas.

-Increíble. Fue una segunda salvación en tan sólo unas horas. ¿Qué ocurrió luego?
-Los alemanes nos sacaron de ese lugar y se hicieron un show con nosotras: tiraban vestidos cortos para las más altas y largos para las más chiquititas, como yo. “Pobres de ustedes si se cambian la ropa”, nos amenazaban. Después nos ubicaron en galpones, que únicamente tenían el piso de cemento y un camino en el medio, donde había una mujer que dirigía cada sector y nos trataba muy mal. Si por las noches apenas le murmuraba a mi madre, ya nos echaba baldazos de agua fría. Nosotras estábamos con un vestidito y nada más debajo. Con el frío que hacía…

Sara conoció a Bernardo Rus en el gueto de Lodz y luego se reencontraron cuando terminó la Segunda Guerra, que se extendió del 1 de septiembre de 1939 al 2 de septiembre de 1945.

-Mi imagino que la comida también escaseaba.
-Así es. Ponían una olla grande y armaban filas de a diez personas, para que cada una tomara algo de comida. Imaginate que a la última no le llegaba casi nada. En Auschwitz era otro el tratamiento: les daban trajes rayados y trabajaban, pero en Birkenau no era así. Nos tenían nada más que para contarnos -a veces lo hacían de noche- y para levantar con un palo en los hombros unos grandes tachos de té de la cocina.

Era un trato vejatorio.
-Totalmente. Una vez quisieron llevarla a mi madre, que ya no se podía ni levantar, y yo pedí ir en lugar de ella. Me pegaron tanto en la cabeza que cuando salí de ese lugar me tuve que hacer revisar, para ver si no había quedado alguna secuela.

-¿Cómo hicieron para sobrevivir?
-Tuvimos la suerte de salvarnos de las “selecciones”. Cuando nos hacían formar, contaban las primeras filas de personas y sacaban algunas, que desaparecían y nunca volvían. Nosotras siempre preguntábamos qué pasaba con esa gente, a dónde la llevaban, porque no teníamos ni idea. Convivíamos mirando quién estaba y quién desaparecía. Afortunadamente, nos tocó vivir poco tiempo allí, porque fuimos trasladadas a una fábrica de aviones en Alemania, donde trabajábamos como obreras pero ya tratadas más humanamente. A mí me dieron un tapadito con forro y cuellito de piel y a mi madre también la vistieron. Recuerdo que una vez me caí y tuve un terrible accidente. Como no podía estar parada, me llevaron a pelar papas a la cocina y yo me guardaba algunas en el tapado para poder alimentar a mis compañeras. Allí trabajamos unos cuantos meses pero, al igual que en Birkenau, el que no se portaba bien sufría palizas y malos tratos. Tampoco había demasiada comida, todo estaba racionado. Lo que uno podía llegar a guardarse, como un pedacito de pan, te lo robaba otra persona. Cuando uno tiene hambre, hace cualquier cosa.

El derrotero de Sara y su madre no terminaría allí: a principios de 1945 fueron trasladadas a Mauthausen, campo de concentración en Austria, donde se encontraron con “un cuadro de situación terrible”: “Había un galpón enorme con gente tirada, que ya no sabías si estaba viva o muerta. Ya antes de llegar, durante el camino en el vagón, mi madre no podía caminar ni levantar los pies y creíamos que había muerto. Las alemanas querían separarme de ella para finalmente matarla y yo les dije: Primero a mí y después a ella. En ese momento apareció una persona del ejército para ayudarnos y logré mover a mi madre, que empezó a abrir los ojos. En este campo estuvimos unos días, tiradas en los suelos, con miedo hasta de tomar un poco de agua porque se decía que nos querían envenenar”.
Es en este punto de la historia donde el destino mete la cola y ocurre una increíble coincidencia: el 5/5/1945, día en que Bernardo prometió a Sara encontrarse en Buenos Aires, la joven y su madre fueron liberadas de Mauthausen por los soldados norteamericanos. Luego de seis años, la guerra, finalmente, estaba por terminar: “Unos días antes, los alemanes nos habían dicho: Parece que los salvadores se están acercando. ¿Quién quiere venir con nosotros? Te podrás imaginar que nadie se fue con ellos…”.

-Cuánto cinismo. ¿Qué imágenes conserva de la llegada de los americanos?
-Lloraban todos, desde los grandes oficiales hasta los soldados, por lo triste del escenario. Nosotros estábamos sin fuerzas, prácticamente: ya no podíamos movernos. Ellos empezaron a levantarnos y trajeron hasta instrumentos de radiografía para revisarnos. Decían que, al ponernos al sol, podían ver nuestros huesos. En ese momento, con 17 años, yo pesaba 26 kilos y mi madre 28. Lo más notable fue que ella se repuso antes, mientras que yo no podía caminar ni me entraba la comida. Aunque tuve suerte, porque otros empezaban a comer rápido, se empachaban y morían. Después de la guerra, imaginate…

Sara estuvo varios meses con suero y, según dice, pudo “volver a vivir”: “Me empezó a crecer el pelo y de a poco aparentaba ser una jovencita muy bonita. Después mi madre consiguió dos ollas -que todavía conservo- y pude reponerme gracias a la comida que me preparaba. Para colmo, llegó una carta de Bernardo desde Polonia, diciendo que se había enterado de que estábamos vivas. Yo no lo podía creer: pensaba que había muerto”.
Finalmente, en el 46, se reencontraron en la ciudad polaca de Katowice, donde él estaba trabajando como investigador: “Fue un momento muy emotivo, como te podrás imaginar: no podíamos ni hablar. Después volvimos a Lodz y nos casamos, pero tuvimos que escapar a Alemania porque querían matar a mi esposo por ser judío. Desgraciadamente seguía habiendo antisemitismo, más aún porque él había recibido un puesto importante de los rusos, que gobernaban Polonia después de la guerra”.

Sara conserva las ollas con las que su madre le cocinaba en Mauthausen, campo de concentración en Austria, hace más de 70 años.

En 1948 decidieron abandonar el campo de refugiados de Berlín y reflotaron la idea de migrar a la Argentina, donde estaba viviendo un tío de Sara. Pero, como todo en su -corta- vida, la llegada a nuestras pampas tampoco le fue fácil. “Perón no dejaba entrar a los judíos pero sí a los alemanes, con todas su fortunas y objetos robados -recuerda, con un mezcla de bronca e ironía-. Fuimos primero a Paraguay y después cruzamos la frontera hasta llegar a Formosa, pero nos querían mandar de vuelta. Entonces mi esposo, que escribía muy bien, le hizo una carta en polaco a Eva Perón para pedir ayuda. Ella la tradujo y nos respondió: Quédense tranquilos, no tengan miedo: los vamos a dejar entrar. Yo les mando pases para los tres así pueden ingresar legalmente al país”.
Así fue como llegaron a Villa Lynch, partido de San Martín, donde vivía parte de la familia de Sara. A los 21 años, la jovencita de Lodz parecía haber alcanzado cierto grado de estabilidad por primera vez en su vida. “Para nosotros era como tocar el cielo con las manos, pero en ese momento estaba deseando un hijo y no venía -grafica-. Consulté a un médico y me dijo que sí iba a poder, pero todavía me faltaba desarrollarme porque había quedado muy débil después de la guerra”. Con la ayuda de vitaminas y medicamentos, Sara cumplió su sueño y el 24 de julio de 1950 dio a luz a Daniel Lázaro. Cinco años después, la familia Rus se completaría con la llegada de la nena, Natalia.

-¿Cómo fue la adaptación a nuestro país, habiendo venido de tan lejos?
-Hablábamos en nuestro idioma, el idish, que todos los judíos conocen. Mi esposo empezó a leer y a escribir mucho con la ayuda de diccionarios y por suerte agarró la lengua castellana de una manera perfecta. Él se dedicó a la industria textil y yo me enfoqué en cuidar a Daniel, que desde la primaria se destacó como el mejor alumno y compañero. Ya de chiquito estaba enloquecido por la física y las ciencias y en la universidad se recibió de Físico Nuclear. Terminó trabajando en la Comisión Nacional de Energía Atómica, en Constituyentes y General Paz, hasta que el 15 de julio de 1977 fue secuestrado y desaparecido. Un año antes se había casado mi hija y él pudo estar. Bailó con su hermana y conmigo.

Sara no puede contener la emoción y se quiebra. Luego suspira y va en busca de unas carilinas para secar las lágrimas. “Son recuerdos fuertes, pero cuando doy charlas y me tengo que mostrar frente a los chicos nunca lloro -aclara-. Mi final es de vida, no de muerte”.

-Si quiere salteamos la historia de su hijo. No quiero sensibilizarla.
-No, no, ya estoy bien. Él amaba su profesión y estaba muy entusiasmado con su trabajo. Como ya tenía su cochecito, también ayudaba al padre a repartir la producción y lo llevaba a hacer diligencias. Recuerdo que ese día era viernes. Lo estábamos esperando en casa pero no volvía y mi esposo estaba impaciente. Llamó a la Comisión y le dijeron que no sabían nada de él. Empezamos a buscarlo en los hospitales, pensando que había tenido un accidente, y en las comisarías, pero no estaba en ningún lado. Mi esposo se quedó en casa con mi mamá y yo me fui hasta el Ministerio del Interior para hablar con Harguindeguy. “Su hijo se debe haber escapado con alguna chica, seguramente”, me dijo. Yo, obviamente, salí muy mal. En la Plaza de Mayo vi a un grupo de mujeres, que algunas estaban haciendo fila para reunirse con el ministro, y me acerqué a ellas. “Nosotras también estamos preguntando por nuestros hijos”, me dijeron. Ahí me di cuenta de que algo estaba ocurriendo.

Daniel Lázaro Rus fue secuestrado y desaparecido el 15 de julio de 1977 en Constituyentes y General Paz, en la puerta de la Comisión Nacional de Energía Atómica, donde trabajaba como físico nuclear.

-¿Ya se sabía de los desaparecidos por ese entonces?
-Teníamos una noción, porque cinco días antes había desaparecido un amigo de mi hijo, pero no sabíamos exactamente qué le había ocurrido. Eso nos hizo dudar y le propusimos a Daniel que se fuera a Uruguay a descansar un poco. “Yo no dejo mi trabajo: me hace feliz”, nos respondió.

-¿Su hijo militaba políticamente?
-No tenía una participación activa, aunque sí sabíamos que era peronista. Y eso era mala palabra. Seguramente lo llevaron por eso.

Al poco tiempo, Sara empezó a reunirse en la Plaza de Mayo con otras madres de desaparecidos, como Azucena Villaflor, que para diferenciarse del resto optaron por usar pañuelos blancos sobre la cabeza. La búsqueda de Daniel llegó por carta hasta los propios Videla y Rojas, que de manera seca dijeron desconocer sobre los secuestros ilegales. “Hasta viajamos a Estados Unidos, donde teníamos familiares, y en Washington hablamos con personalidades importantísimas, que le enviaron cartas al Embajador norteamericano en nuestro país. Lo buscamos por donde fuera, pero hasta el día de hoy no recibimos noticias de él. Me gustaría por lo menos encontrar sus huesos, para poder darle una sepultura digna”, dice.

-¿Cómo hizo para sobrellevar tanto dolor?
Todo esto me dio fuerza. Dentro mío no hay odio ni venganza porque, de lo contrario, no tendría estas ganas de vivir. El odio mata al hombre. Lo que yo pido es justicia, para que sufran las consecuencias los que han hecho tanto mal, y memoria, para que no se olvide lo que estoy contando.

-Suele dar charlas en colegios y universidades. ¿Qué mensaje les da a los jóvenes?
-Que sepan vivir la vida y que saquen de ella lo mejor, porque hay cosas muy lindas y no hay que ver sólo lo triste. En mi vida perdí mucho, pero aprecio lo que tengo y lo agradezco.

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