Vecino de Villa Urquiza, ilustró las páginas de La Nación, La Prensa y prestigiosas publicaciones internacionales. Aquí recuerda un polémico dibujo de Martínez de Hoz, minimiza el cruce de Sábat con Cristina Kirchner y revela que sufrió un plagio de Nik, a quien en sus inicios había ayudado a crear a Gaturro, su famoso personaje.

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

El dibujante SócratesJosé Oscar Jacinto– carga en sus espaldas con más de 40 años de redacción. Trabajó dos décadas en La Nación, colaboró en La Prensa y numerosas revistas y, a través de la agencia Interco Press, exportó sus ilustraciones a más de 360 diarios internacionales, entre ellos el Heraldo de México, O’Globo de Brasil, The Times de Londres y The Washington Post.
Se jubiló hace un año, con el trajín de una carrera tan apasionante como sacrificada: tuvo que operarse dos veces la columna por problemas posturales (1,95 metros de altura tampoco ayudan, claro). En La Nación, donde transitó los 80 y 90, llegó a realizar hasta cinco ilustraciones diarias. “Era una bestialidad -recuerda-. Salía de casa a las tres de la tarde y eran las dos de la mañana y seguía en el diario. En la sección política te daban la nota y tenías 45 minutos para terminar el dibujo, sí o sí. Yo era muy detallista, para colmo. Te hacía hasta los tres botoncitos del saco”.
Era tal la belleza de sus ilustraciones que los mismos protagonistas le pedían los originales. Así le ocurrió, por ejemplo, con los escritores Octavio Paz, Mario Vargas Llosa y Jorge Luis Borges, entre otros. Eduardo Galeano, a quien le gustaba mucho la caricatura, alguna vez lo piropeó en la dedicatoria de un libro: “Cuando sea grande quisiera dibujar como Sócrates”. Incluso los militares, criticados y ridiculizados en sus obras, lo admiraban. Y Michel Camdessus, director del FMI durante los 90, le escribió una carta para elogiarlo pese a que lo había dibujado como un ratón -por sus orejas puntiagudas- que miraba a un mundo en forma de queso. Siempre traté de tomar una posición crítica, esté donde esté”, asegura.

Descanso urquicense
Tras una salida convulsionada de Tiempo Argentino, diario afín al kirchnerismo que quebró en 2015 y hoy funciona como una cooperativa, Sócrates encuentra tranquilidad en su departamento de Villa Urquiza. Antes vivía en la calle Bucarelli, pero por el bullicio de los locales comerciales decidió mudarse a Bauness. Su idea es tomarse un año sabático, aunque las ofertas laborales siguen apareciendo. Y el oficio también hace lo suyo: la noche anterior a la entrevista con este periódico se durmió a las cuatro de la mañana, buscando ilustraciones para incluir en futuras exposiciones.
Aquí hace un racconto de su carrera dentro del periodismo gráfico, que empezó a trazarse en los 70 cuando adquirió, en la revista Hortensia, el seudónimo heleno que años más tarde lo haría famoso.

-En La Nación te consagraste, junto a Sábat de Clarín, como uno de los más reconocidos dibujantes de los medios. ¿Cuál es tu recuerdo de aquellos años?
-Creo que viví la mejor época del diario. La Nación tenía una chapa afuera que era espectacular. Conocí Le Monde y había un ejemplar de La Nación arriba de un escritorio. Hasta los 2000, que estuve en redacciones y viajaba, no sabían que existía un diario argentino que se llamaba Clarín.

-¿Cuál es el dibujo que más recordás?
-Hacía poco que estaba en la redacción de La Nación y me pidieron una ilustración de (José Alfredo) Martínez de Hoz. Como le hice unas orejas que eran tremendas, vino un ordenanza para pedirme que se las achicara un poquito. Agarré témpera blanca -en esa época no había liquid paper– y le dibujé unas más chicas. Me volvieron a pedir que se las achicara dos veces más, entonces se las terminé tapando.

-¿Y publicaron así el dibujo?
-No. La Nación no podía publicar eso, porque era muy conservador. Me llamó Octavio Hornos Paz, secretario general de redacción, que era un tipo muy intelectual y formado. Además era grandote, metía miedo. Yo fui con mi barbita y mi campera de jean a su despacho, que era un lujo, y él estaba sentado en un sillón sobre unos escalones, para que lo vieras desde abajo. “El dibujo no va a ir -me dijo-. Ya mandamos una foto. Pero le voy a decir algo: vimos el dibujo con el director y nos cagamos de risa”.

El Flaco Spinetta, otro urquicense, por Sócrates.

-Ahí respiraste…
-Sí. Y le pregunté por qué no lo iba a publicar. “Usted ya va a aprender lo que es La Nación. Vaya de a poco, no se apure”, me respondió. Después terminó laburando Nik, que fue despiadado con todos.

-¿Tuviste trato con él?
-Me fui a los pocos años que entró, allá por los 2000. Siempre andaba atrás mío porque quería que le tirara ideas. Al año se fue a su casa y puso un estudio: ahora tiene un emporio. A Gaturro lo creamos entre él, un secretario y yo, cenando una noche. Yo le dije: “Cristian (Dzwonik), ese gato te va a dar de comer”. Tengo el primer dibujo que hizo de Gaturro, es parecido al de ahora.

-Nik ha tenido varias denuncias de plagio. ¿Son fundadas?
-Mitad y mitad. Primero por inexperiencia, porque tenía 23 años en ese momento. Nik me afanó a mí, por ejemplo, cuando estaba colaborando en La Prensa. Me pidieron un dibujo del cacerolazo y, en el escudo nacional, en vez del gorro frigio puse una cacerola. Al poco tiempo, Nik hizo lo mismo en La Nación. Cuando se enteró Laíño, el jefe de redacción de La Prensa, me llamó y me dijo: “Sócrates, ¿viste lo que nos hizo? Es un chorro serial de ideas”. Yo le dije que por ahí se había equivocado o no se había dado cuenta. Lo que pasa es que era igualito…

-¿Cómo es la relación entre los colegas?
-No es mala. Pero el dibujante que trabaja en su casa o su estudio quiere la tranquilidad y la soledad para crear. Es muy lindo eso, lo estoy experimentando recién ahora. La redacción te da más sociabilidad. Los dibujantes se ven poco, solamente cuando hay exposiciones. Yo, particularmente, hice más amistades con periodistas que con dibujantes.

-En más de una oportunidad Cristina Kirchner se cruzó con Sábat por sus caricaturas en Clarín. ¿Exageró la ex presidenta o fue un exabrupto del dibujante?
-En nuestra época, esos dibujos hubieran sido una pavada. Entiendo que en los últimos tiempos la cosa cambió, pero no era para ofenderse. En realidad la pelea era contra Clarín, no contra el dibujante. Si Sábat fuera a Charlie Hebdo lo pondrían a hacer dibujos para chicos, comparado con los que hacen ahí. Yo en La Nación, que era un diario muy conservador, hice cosas mucho más jodidas que esa. A Cavallo, por ejemplo, lo dibujé como Drácula, con capa y colmillos, cuidando a los bancos.

-En el último tiempo cerraron La Razón y El Gráfico, dos históricas publicaciones del periodismo argentino. Los diarios se están achicando y se estima que, en un futuro no muy lejano, van a dejar de imprimirse. ¿Qué será de la profesión del dibujante cuando llegue ese momento?
-En mi época ya era difícil, porque el dibujante adquiría más fama que plata. Siempre fue así. Yo tuve suerte porque no había muchos caricaturistas, a pesar de que los mejores estaban en América Latina. No soy quien para cortarle la vocación a nadie, pero a la mayoría no le va muy bien económicamente. Conozco a algunos que se fueron hace muchos años al exterior, se quedaron allá y son muy reconocidos. Por ejemplo Mordillo, que es un genio. Cuando vivía acá nos juntábamos en un bar del Centro con él, Caloi y otros más.

-¿Qué dibujante te gusta?
-Es un poco hermético pero, por la destreza que tiene porque es un plástico, Horacio Cardo, de Clarín. Está muchos escalones arriba de cualquiera, es una bestia. Para estar en el New York Times, algo hay que saber.

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