En las edificaciones destinadas a actividades comerciales, en muchas ocasiones, no fueron consideradas la cuestión estética ni la importancia que tiene el diseño. Se transforman, entonces, en simples ámbitos para el consumo. Un claro ejemplo son los supermercados, que crean espacios deshumanizados y poco felices.

 

Por el Arq. Jorge Luchetti

jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

 

Entendemos a la arquitectura como la disciplina o el arte que se encarga de proyectar, diseñar y levantar edificios. La cuestión esencial es conocer qué tipo de construcciones estamos haciendo en los últimos tiempos, ya que consideramos que esta profesión interviene ampliamente en la relación humana y la distribución de un buen espacio, que sin dudas es fundamental para el hombre, aunque algunas veces esto no se cumple. Empero, al calificarla en la definición inicial como un arte se hace necesario señalar que además se debe tener en cuenta que toda obra tiene una finalidad estética y expresiva que no se debe perder.

En ese sentido, la arquitectura se rige por un conjunto de principios técnicos y estéticos, donde la belleza de la construcción debe hallar un equilibrio armónico con su funcionalidad y su utilidad. Es esto lo que nos lleva a afirmar que esta disciplina supone la alteración del espacio físico para la satisfacción de las necesidades humanas de vivienda, trabajo, industria, comercio y otras tantas actividades. Lamentablemente, muchas veces dejamos esto de lado y caemos en la especulación, algo que influye en cualquier construcción, y nos terminamos encontrando con edificaciones que muy poco tienen que ver con la verdadera forma de hacer arquitectura.

Las nuevas edificaciones van en busca de la economía. Emplean sus medios elementales de la forma más eficaz y menos dispendiosa posible, pero esto no justifica que se transformen en verdaderos adefesios para cumplir tan sólo con su necesidad comercial. Ahora bien, también existen aquellas construcciones que en algún punto carecen de espíritu e identidad pero son indispensables para el hombre y hacen a la ciudad. Se trata de los llamados “no lugares”, o como nos dice el filósofo y crítico francés Marc Áuge, “espacios del anonimato”. Siguen estando caracterizados por la escasez de los movimientos acelerados de los ciudadanos, quienes utilizan estos ámbitos como nexo de un lugar a otro. Son lugares de situaciones inestables y tránsito ininterrumpido, allí donde los encuentros son casuales, perpetuos, furtivos e imprevistos.

Algunos ejemplos: autopistas, aeropuertos, áreas de descanso, andenes, salas de espera y supermercados en donde se paga de forma expeditiva. Los lugares de comida rápida están incluidos dentro de los “no lugares” y es aquí donde nos detendremos primero, para luego analizar qué pasa en general con los supermercados, ya que dejan mucho que desear en cuanto a su hábitat. Estos modelos de arquitectura comercial, cuando no se encuentran planificados, pueden ser muy perjudiciales para la estética del paisaje urbano, como también para quienes se ven obligados a usarlos, lo que hace que cada día se los deteste más.

 

Arquitectura rápida

Dentro de la arquitectura comercial, las casas de comida rápida han buscado un sello totalmente distinguible. La primera y más reconocida empresa de fast food en nuestra ciudad fue Pumper Nic, que dominó el mercado entre los años 80 y los 90. Como se suele hacer con el diseño en estos casos, el uso de colores y materiales identificatorios, el mobiliario y el logo del hipopótamo hacían reconocible el lugar en forma inmediata. El problema es que la calidad del producto y algunas características en los locales no se respetaron. O sea que el franchising, el mismo que lo hizo expandirse por todo el país, terminó siendo una trampa casi mortal para la marca.

Esta característica se sigue usando. Incluso McDonald’s, en su llegada a nuestro país, utilizó un diseño en el cual se lo identificaba y se lo hizo reconocible en cualquier lugar del mundo, más allá de su logo. La marca de los arcos dorados ha empezado a cambiar sus productos desde hace un par de décadas, adaptándose a las necesidades de cada país, y lo mismo ha hecho con su arquitectura, logrando modelos mucho más interesantes. Por ejemplo las nuevas construcciones realizadas en Madrid durante estos últimos años llevan un diseño que no tiene nada que ver con los que vemos habitualmente. Un nuevo McDonald’s en Batumi, Georgia, rompe con los estándares de sus restaurantes y se convierte en el edificio comercial más importante de estos tiempos.

La obra va más allá de ser un lugar de comida rápida y ofrecer a los niños un área de juegos, ya que además se atreve a indagar en mayor profundidad en las posibilidades del espacio gracias al trabajo de los arquitectos. Se apuesta también a una arquitectura de interiores que produzca una sensación distinta a quien visita el lugar. Esto quiere decir que detrás del interés comercial y cambio en los servicios se proyecta un nuevo tipo de restaurante, detectando un atisbo de cambio de estrategia corporativa que apuesta por nuevos valores diferenciadores centrados en el diseño y la decoración. Los nuevos McCafé, por ejemplo, proponen un innovador espacio que sorprenderá a los enamorados de esta bebida y que certifican la mejor experiencia en un ambiente más acogedor, que da paso a disfrutar del lugar.

También las estaciones de servicio están cambiando su imagen, a tal punto que ya se hace más fácil encontrar algo para comer que algún producto para el automóvil. Buscan ser lugares más agradables para los habitués: el objetivo es humanizar el espacio arquitectónico, más allá del producto comercial.

 

¿Arquitectura comercial?

Un tema casi obligado para analizar en estos últimos tiempos es el de los supermercados. Generalmente son lugares donde la gente desea hacer las compras y salir lo más pronto posible, ya que sólo se acude por necesidad. En muchos casos no guardan el cuidado necesario para que el cliente se sienta a gusto: esto se debe a que su arquitectura se basa generalmente en una especie de gran galpón, algo disfrazado, sin ningún atractivo. Una de las premisas consiste en que el local tenga una buena iluminación artificial y carezca de luz natural. Sabemos que es una estrategia comercial para que los consumidores no estén pendientes del tiempo. O sea, la idea es que las horas desaparezcan dentro de este espacio y así no sabremos si es de día o de noche, si comenzó a llover o no, sino simplemente quedamos inmersos en el consumismo. El problema más grave es que no existe una estética que haga del lugar un espacio un poco más humanizado y agradable, tanto en su interior como en su imagen exterior.

Super Norte

El ya desaparecido Supermercado Norte había propuesto en algunos locales un modelo más estético llamado “la cáscara” por los arquitectos: en su exterior usaron una combinación de materiales que mejoró la imagen urbana, por ejemplo en el local que estaba ubicado en Congreso y Melián, o el de la avenida El Cano, aunque de todas formas en sus interiores las cosas seguían siendo iguales. La empresa desapareció hace unas décadas y el modelo no progresó.

La arquitectura de supermercados que vemos en nuestros barrios deja mucho que desear y afecta al paisaje urbano. Generalmente no se ajusta a su entorno y poco tiene que ver con el lugar. En muchos casos el protagonismo lo tienen los playones de estacionamiento y la cartelería desproporcionada. Si nos fijamos en el local ubicado en Ricardo Balbín y Olaf Palme vemos que los diseñadores no tuvieron ningún reparo en dejar oculto el edificio de la estación del ferrocarril, afectando a la visual urbana de una obra de carácter patrimonial. En el cruce de Balbín y Congreso se encontraba un hermoso chalet, típico de nuestro barrio, que después de ser utilizado para varias funciones fue demolido para construir un supermercado, cuya arquitectura desentona con el espacio lindante. De alguna forma, esa esquina con tanta identidad uno la puede imaginar ocupada por una gran caja de zapatos. En Cullen y Triunvirato nos encontramos con otro de estos comercios, que sin entrar en tanto detalle a simple vista afecta la imagen de la manzana.

Nos dice el arquitecto Daniel Libeskind: “La arquitectura no está basada en el hormigón y el acero y los elementos de la tierra. Está basada en el asombro”. Obviamente, este asombro no debe afectarnos la vista.

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