Fue nuestro primer campeón mundial juvenil de ajedrez y tuvo el privilegio de enfrentar a los legendarios Bobby Fischer y Anatoli Karpov. Histórico rival de Miguel Najdorf, considerado el mejor jugador de nuestro país junto a Roberto Grau, sigue dando clases en River Plate, club en el que se forjó. Recibió a El Barrio en su casa de Saavedra, donde vive desde que las calles eran de tierra y la Avenida General Paz se estaba construyendo.

Por Marcelo Benini y Tomás Labrit
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Oscar Panno (1935) nació en Villa Cerini, en la calle Mariano Acha entre Pico y Vedia, a unas seis cuadras de donde vive actualmente. Cuando el padre compró el terreno en la década del 30, Acha estaba sin asfaltar. La casa estaba a una cuadra y media de la General Paz, que tampoco estaba construida, y el arroyo Medrano corría a cielo abierto. Residió casi toda su vida en Saavedra, excepto por un breve lapso en el Centro luego de haberse casado a los 27 años.
Como ingeniero, elaboró el proyecto y diseño de su casa de Valdenegro al 4300, la que dispuso en una planta alta para evitar anegamientos. Recuerda que la inundación de 2013 “fue muy brava” porque el agua tapó los autos y en la casa de la esquina se ahogó una vecina mayor de edad. “Fue un desastre. Finalmente, han hecho algunas obras y desde entonces no se inunda más”, destaca. Mientras habla se escuchan de fondo los ladridos de Hugo, la mascota de la casa: “Es cachorro. Rompe todo y juega con el gato hasta que lo desparrama”. En los estantes de una pequeña biblioteca se lucen una foto con Guillermo Vilas y un retrato de Jorge Luis Borges (“tengo una gran admiración por él”), además de medallas y distinciones que cosechó a lo largo de su carrera, desarrollada sobre el tablero cuadriculado de 64 casillas de dos colores alternados.

-¿Cuándo comenzó su vínculo con el ajedrez?
-Cuando tenía seis años mi padre trajo a casa varios juegos de salón, como ajedrez, damas, ludo y dados, para que con mi hermano no estuviéramos todo el día jugando en la calle a la pelota o para los días de lluvia. Sobre el ajedrez nos enseñó algunos rudimentos, pero era difícil. Mis tíos jugaban bastante bien. En una colección de la revista Leoplán, un mensuario de literatura que mi padre compraba, encontré una sección de Roberto Grau, el padre del ajedrez argentino, que se llamaba “Entre las torres”. Escribía sobre anécdotas, partidas, problemas y consejos técnicos. Me aprendí todo sobre la nomenclatura, para poder leer la partida jugada por jugada. Si fuera música, es como la partitura. El jugador Miguel Najdorf, un polaco que emigró en el 39 y fue nuestra nave insignia durante medio siglo, para llamar la atención y hacer un ruido internacional jugó 45 partidas simultáneas a ciegas. Son casos especiales que requieren de mucho entrenamiento en la materia.

“Por ser ingeniero, busco la perfección y trato de que todo esté en orden. El mío es un ajedrez más geométrico”, dice Panno.

-¿Qué virtud debe tener un ajedrecista para lograr eso?
-Es la costumbre de tanto visualizar el tablero. Es como la partitura del músico. El genio de Beethoven era sordo, pero oía la partitura escrita. En música es por una sensibilidad especial, pero en ajedrez tiene que ver con el entrenamiento. Si me nombrás un casillero, te puedo decir automáticamente de qué color es sin ver el tablero. Cada casilla tiene su historia.

-No en vano usted es ingeniero. Hay una vinculación.
-A veces es un defecto ser ingeniero y jugar al ajedrez, porque soy perfeccionista y este es un juego donde intervienen otros elementos. Si querés hacer una obra perfecta, estás pifiando porque acá hay un tiempo limitado y otras circunstancias que a veces te perjudican. Hay otros jugadores que arriesgan y tienen un talento especial para eso. No es bueno ser excesivamente puntilloso.

-La genialidad puede conducir a la locura. Pienso en Bobby Fischer, por ejemplo.
-Es un fenómeno muy particular que se da cada siglo. Son talentos increíbles.

-¿El ajedrez es un juego o un deporte?
-Es un juego cuando uno lo practica, un deporte cuando se compite y una ciencia porque se puede analizar y encontrar una verdad. Hay una parte artística del juego que es encontrar problemas y soluciones. El ajedrez tiene una belleza muy grande que requiere estar en el tema para apreciarla.

-¿Cuándo descubrió esa belleza?
-Primero jugaba con mi hermano y con los amigos del barrio. Después con mis tíos, hasta que fui leyendo cada vez más. A los 11 años me hice socio de River con mi hermano para hacer natación y encontramos que había una sección de ajedrez organizada con tableros y relojes, que no sabíamos para qué servía. Empezamos a jugar y competir con otros chicos. Todos los fines de semana íbamos a jugar.

-¿Le encontró rápidamente un placer al juego?
-Era un desafío interesante, no sé si un placer porque también se sufre en la competencia. Usted me dirá el placer de la competencia… ¡No, era una tortura! (risas)

-Usted quería ganar…
-El que compite y no quiere ganar, no sirve.

En 1953, a los 18 años, ganó el Mundial Juvenil de Ajedrez en Copenhague. Fue el primer título de la especialidad obtenido por la Argentina.

-¿Cuándo descubrieron que tenía potencial?
-Cuando en River íbamos a jugar torneos por equipos, que se hacían por categoría, en cuarta les ganaba a todos. A los 15 años me anoté en un torneo que se hizo en Barracas Central y lo gané. En River iba escalando posiciones y llegó un momento en que quise jugar en la federación de manera oficial. A los 17 gané el torneo juvenil metropolitano de segunda categoría. Un año antes, en 1951, jugué la eliminatoria del campeonato mundial juvenil de menores de 20 años. Perdí la oportunidad de clasificar porque empaté en la última rueda y quedé medio punto atrás de Cruz, que con 18 años después logró un meritorio tercer lugar en el Mundial de Birmingham. Yo me quedé a las puertas pero en buena hora, porque jugar con 16 años un sub 20 es mucha ventaja. Pero a los dos años gané la eliminatoria argentina y fui a competir al Mundial Juvenil en Copenhague con mi profesor de River, Julio Bolbochán. Terminamos ganando el primer título mundial para Argentina en esa categoría. Cuando volví se jugó el campeonato argentino de mayores, en el que no participaron ni Bolbochán ni Najdorf, que era el número uno. Yo estaba embalado y también lo gané.

-O sea que con 18 años se integró a la elite del ajedrez nacional.
-A esa edad era el tercer tablero, después de Najdorf y Bolbochán. En mi primer olimpíada de ajedrez, en Amsterdam 1954, salimos segundos de Rusia. Fuimos tres veces seguidas subcampeones mundiales por equipos. Se hablaba de incorporar al ajedrez a los Juegos Olímpicos, pero se priorizaba el amateurismo. Ahora a los basquetbolistas y tenistas les salen los dólares por las orejas. Los ajedrecistas reciben un premio de vez en cuando y casi no pueden sobrevivir.

-¿El ajedrez no representaba una oportunidad económica?
-No, en aquel momento Argentina estaba muy lejos de las mecas de este deporte. Los que querían competir profesionalmente tenían que irse a Europa, como hicieron Pilnik y Quinteros. Allá se mantenían y ganaban premios y títulos. Era una vida bohemia, como la Fórmula 1, porque vas de un lugar a otro.

-Usted no quería eso.
-No me cerraba, porque tenía a mi familia y el estudio de ingeniería. Tuve la oportunidad de hacerlo, pero fue una decisión personal. Con el diario del lunes nunca se sabe qué hubiera pasado. El país también te cierra las puertas porque, con las crisis económicas, tratás de edificar algo bueno y terminás sobreviviendo como podés.

-¿Cuál fue el primer rival de fuste al que enfrentó y cómo fue esa experiencia?
-La rivalidad que se destacó de entrada fue con Najdorf. Era una potencia y vio que había aparecido alguien que podía hacerle sombra. Después de haber ganado el campeonato argentino en 1953, en marzo del año siguiente se jugó en Mar del Plata el torneo zonal sudamericano, que es como una clasificación para después ir al mundial. Ahí competimos con Najdorf para ver quién lo ganaba y así sucesivamente. Él era un hombre que, aparte de ser un jugador formidable, tenía un temperamento muy particular. Tenía sus propios fantasmas, un temor cuando enfrentaba a un rival importante. Y no se puede jugar con miedo o premoniciones. Él era un jugador absolutamente superior frente a todo el panorama, pero le gané en la partida individual en ese torneo de 1954 y fui campeón. Después, sucesivamente, jugamos otros torneos y llegué a ganarle las primeras cuatro partidas, cosa que era totalmente impensable. Ese fue uno de mis grandes hitos.

Las partidas con Miguel Najdorf, el “viejo”, se convirtieron en un clásico. “Era una potencia y vio que había aparecido alguien que podía hacerle sombra”, evoca Panno.

-Usted era la piedra de su zapato…
-Algo así. Después emparejó la rivalidad y terminamos empatados. No jugamos más, hacíamos tablas rápidamente y a otra cosa. Ninguno quería guerra (risas).

 -¿Eran de enojarse o tener algún chispazo? ¿Fue una rivalidad como la de Gatica y Prada en boxeo o Vilas y Clerc en tenis?
-Al principio sí porque estaban sus partidarios, entre los que yo me contaba, y los que querían ver jugadores nuevos. Se volvió un clásico.

-¿Llegaron a forjar una amistad?
-Cuando íbamos a las olimpiadas, éramos todos compañeros y tirábamos para adelante. Pero personalmente existía una reticencia. Cuando en 1957 dejó de competir en el ciclo FIDE (Federación Internacional de Ajedrez), se transformó en mecenas y nos hicimos muy amigos. Iba siempre a su casa.

-Se relajó. Sufría entonces cuando estaba en actividad.
-Completamente. Y eso que teníamos 25 años de diferencia.

-¿Cuánto podía durar una partida con Najdorf?
-La primera vez jugamos cinco horas y se suspendió. El viejo estaba perdido y abandonó. No quiso que se reanudara. Yo sabía que la partida estaba ganada.

-En una partida así, tan reñida, ¿sólo hay concentración? ¿No interactúan los jugadores?
-Podés preguntarle al rival por la familia, pero sería un error porque no estás pensando en el juego y tampoco tenés derecho a molestarlo. Eso no existe, es falta de ética.

-¿Qué rival lo sorprendió más?
-Tengo un gran recuerdo de David Bronstein, un ucraniano que fue una especie de campeón sin corona. Un genio fantástico. Tenía una gran admiración por él porque de chico leía sus partidas. En el mundial de Amsterdam 1957 jugamos dos veces -partido y revancha- y yo estaba preocupado porque no podía adivinarle la jugada. Me volvía loco porque se me consumía el tiempo. Tenía un talento enorme.

-¿Tuvo relación con Karpov y las estrellas de la Unión Soviética?
-Sí, jugamos algunas veces. Estuve dos meses en Baguio City, Filipinas, ayudando a Korchnoi para el match contra Karpov. En otros torneos nos hemos encontrado con Karpov y ha venido varias veces a Argentina. Con Korchnoi jugué poco porque él competía en Europa. Le gané en un torneo importante en Palma de Mallorca.

-¿Se siente el rigor de enfrentar a un ruso?
-Sí, son muy probados.

-¿Y con Fischer jugó?
-Lo enfrenté dos o tres veces. Miguel Tal era otro talento mundialmente conocido.

-¿Existen estilos en el ajedrez, como en otros deportes?
-Totalmente. Por ser ingeniero, busco la perfección y trato de que todo esté en orden. En cambio otros jugadores son más intuitivos, audaces y creativos. El mío es un ajedrez más geométrico.

Panno dejó de competir en 2007, pero no abandonó el hábito: sigue dando clases en River Plate, donde se forjó. “Siempre se aprende algo nuevo”, afirma, a los 82 años.

-¿Se puede hacer una analogía, desde un punto de vista metafórico, entre el ajedrez y la vida?
-Este es un juego de estrategia, donde hay un objetivo y dificultades para alcanzarlo, que se van creando según el camino que se quiera transitar. Entonces si hay objetivos y dificultades para alcanzarlo, ¿dígame qué actividad humana no corresponde a ese esquema? Por eso el ajedrez tiene una importancia como herramienta educativa para los chicos, porque es un juego de anticipación de dificultades y sobre todo de toma de decisiones. ¿Qué chico de diez años toma decisiones como un general en una batalla? Ninguno. Dependen del hermano mayor, del maestro y de los padres. En cambio acá no se le puede preguntar a nadie para decidir y además se aprende que las decisiones tienen consecuencias.

-¿Celebra, entonces, que el ajedrez esté ganando terreno como materia en las escuelas, en algunos casos optativa y en otros obligatoria?
-Es fundamental y está reconocido internacionalmente. Lo que pasa es que acá, donde tenemos una precariedad terrible, es mejor tomarlo como un entretenimiento para las horas libres. Igual los chicos reciben el beneficio del juego. No es prudente que sea una materia donde haya exámenes y que aprender de memoria, porque deja de ser un juego para ellos.

-¿Quién es el mejor ajedrecista argentino de la historia? Se habla de que usted superó a Najdorf en el ranking.
-Puede ser, pero no es una comparación justa porque, con 25 años de diferencia, cuando yo estaba empujando para adelante él estaba volviendo para atrás. Hay dos padres del ajedrez nacional: Roberto Grau en la primera mitad del siglo XX y Miguel Najdorf en la segunda.

 -En ese Olimpo del ajedrez nacional, ¿dónde se ubicaría usted?
-Ah, no, no, déjelos allí a Grau y a Najdorf.

-¿Al menos acepta el tercer escalón del podio?
-Puedo decir que fui el primer título mundial juvenil de Argentina. Es suficiente.

-¿Perdió la práctica cuando se retiró del ajedrez?
-Seguramente. En 2007 jugué el último torneo.

-¿Sigue jugando al menos de manera informal?
-No, quizás una partida rápida con algún alumno. Los sábados doy clases en River y soy asesor en Villa Martelli. Sigo mirando lo que pasa en el orden internacional. Siempre se aprende algo nuevo.

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