A diez años de la escandalosa definición del torneo argentino entre Vélez y Huracán, Marcelo Benini -director de este periódico- investigó junto a Pedro Fermanelli la trama oculta de aquel partido definitorio. “La final bastarda” es una publicación incómoda que aporta indicios, pistas y certezas sobre lo ocurrido el 5 de julio de 2009 en Liniers. Tras ese sospechoso encuentro, el árbitro Gabriel Vito Brazenas no volvió a dirigir.

Está muy próximo a salir, por fuera del circuito comercial, un libro que seguramente despejará muchas dudas pero abrirá nuevos interrogantes. Se trata de La final bastarda, título que hace referencia a un partido de fútbol que terminó en desastre. El 5 de julio de 2009 el Vélez modelo y el milagroso Huracán de Ángel Cappa definieron mano a mano el título, en la última fecha del Torneo Clausura. Sucedió de todo. Un penal, un gol mal anulado, un fuerte granizo que interrumpió el juego. Un partido que se moría. Una falta que todo el mundo vio salvo los que debían advertirla. Huracán perdió pero, como dice Ezequiel Fernández Moores en el prólogo, acaso perdió más el fútbol argentino. El árbitro Gabriel Vito Brazenas no volvió a dirigir y fue entregado como único responsable. Pero nunca nadie había echado luz sobre lo sucedido esa tarde en Liniers. Esta investigación se propuso ir las fuentes, revisar todas las versiones, descartar las inciertas y recuperar una historia que todavía resulta incómoda para muchos.
Marcelo Benini, uno de los escritores, nació en Villa Urquiza el 27 de marzo de 1969. Durante la década del 90, además de crear la publicación zonal Saavedra al Día, colaboró como freelancer y redactor para numerosas revistas institucionales y de negocios. En 1999 fundó El Barrio, un periódico gratuito que circula en la Comuna 12 a partir del primer domingo de cada mes y que en 2004 fue declarado de Interés Cultural por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
El otro autor, Pedro Fermanelli, nació en Lincoln, provincia de Buenos Aires, el 19 de noviembre de 1982. Después de pasar casi 15 años en redacciones periodísticas (Clarín, Infobae, Diario Popular), hoy es Director de Comunicación de la Asociación Argentina de Tenis. Colaboró en las revistas Un Caño, Don Julio y Caras y Caretas, entre otras. Tuvo experiencias en radio como productor y conductor y ejerció la docencia durante siete años en la escuela de periodismo Eter.

-¿Cómo surgió la idea de escribir La final bastarda?
-Benini: Desde el pitazo final de aquel partido tuve la necesidad de saber qué pasó: lucía peor que una serie de fallos desafortunados. Huracán tiene un largo historial de perjuicios arbitrales, reconocido desde el mismo ambiente futbolístico, pero lo ocurrido la tarde del 5 de julio de 2009 fue atípico. Tanto que le costó la carrera al juez principal, Gabriel Brazenas. Más de una vez había pensado en investigar el tema, pero fui postergando la decisión. Hasta que en 2016 pude entrevistar al árbitro, que llevaba años recluido sin dar notas gráficas. Su larguísimo alegato, por momentos provocador, tuvo una enorme repercusión. Al mes siguiente estuve con Ricardo Casas, el asistente Nº 1 y responsable también de un grave fallo. Sus contradicciones y evasivas me convencieron de darle vida al proyecto editorial: sentí finalmente que había una historia que debía ser contada. Luego de la publicación de estas entrevistas surgieron espontáneamente otros testimonios y pistas, que le dieron sentido al libro.
-Fermanelli: Me pasó algo similar: la reacción en el tiempo presente de la historia fue espontánea, porque apenas te topás con un acontecimiento de esas características soñás con deconstruirlo y revelar lo que todo el mundo empieza a suponer que sucedió pero, en definitiva, nadie investiga. Después, como con tantas otras cosas que uno proyecta en la vida, se posterga y la idea queda adormecida. Hasta que algo te saca del letargo. Yo no logro identificar cuál fue ese click, pero de lo que sí estoy seguro es que atravesaba un momento de mi carrera en el que sentía la necesidad de recuperar el vértigo de años pasados. A esa altura, los diez años del partido ya asomaban en el horizonte y me dije “es ahora o nunca”. Entonces, aquella idea -anestesiada pero jamás olvidada- se encendió como una hoguera. Y ahí empecé a hacer archivo, a hablar con colegas e incluso con los primeros protagonistas. Después nos conocimos con Marcelo y todo fluyó naturalmente.

-¿Cuándo se conocieron y tomaron la decisión de encarar el proyecto? ¿Fue una dificultad la escritura a dos puntas?
-B: La coautoría terminó siendo una necesidad para los dos. En septiembre de 2017 Pedro me pidió una entrevista. Él estaba empezando a escribir un libro sobre el mismo tema y me consultó como fuente, sin saber que yo estaba trabajando en un proyecto similar. Lo escuché, le compartí mis líneas de investigación y llegué a la conclusión de que si no trabajábamos en equipo no podríamos cumplir el objetivo. Pedro lo pensó y estuvo de acuerdo. Decidimos entonces sacrificar nuestros proyectos individuales y unir fuerzas en un único libro. Mirando hacia atrás, luego de veinte meses de trabajo, creo que la decisión fue la correcta: no hubiéramos podido solos. Por supuesto, compartir el proceso de escritura tuvo su complejidad. Como nuestras ideas originales acerca del libro eran algo diferentes, decidimos escribir en dos planos narrativos. La final bastarda es la investigación sobre un partido de fútbol, pero también la compleja vida de un árbitro moldeado para serle útil al sistema y que, tras una última función desastrosa, fue desechado. Ambas historias marchan en paralelo, pero colisionan cerca del final. Cuando nos dimos cuenta, habíamos concebido una novela de no ficción.
-F: Exacto, hay cosas que se juegan en la percepción inicial y hoy, dos años después, puedo decir que no nos equivocamos. Hubiera sido imposible para uno solo de nosotros abordar todo el trabajo de campo que hicimos en este tiempo. Eso, a su vez, supuso un desafío individual, porque irremediablemente se presentó la necesidad de acoplarnos, de entender que el proyecto pasaba a ser colectivo y, con eso, la necesidad de ceder y de negociar permanentemente, porque es difícil que haya todo el tiempo dos miradas iguales sobre los mismos temas. Por cierto, esos temas terminaron siendo muchos. Al ser una historia que cuenta varias historias en una, hay que estar muy alineados para no desentonar. En ese sentido, también fue fundamental el aporte de nuestro editor, Alejandro Marinelli.

-¿Cómo describirían el proceso de investigación? ¿Se sintieron condicionados por el hecho de ser hinchas de Huracán?
-F: La condición de hincha motivó la investigación, porque en general todo periodista decide volcar sus energías en un tema que le interesa y es en esas condiciones como se cocinan los mejores resultados. Probablemente si alguien nos hubiera obligado, no habríamos llegado tan lejos. Acá no cumplimos órdenes de nadie y sólo nos sometimos al ideal de perfección que nosotros mismos nos impusimos. Una vez que nos sumergimos el hincha quedó a un costado, porque la honestidad intelectual no se negocia. No tengo nada contra los libros partidarios, pero no es algo que me motive. Básicamente porque pienso que en algún momento eso te termina condicionando. Nosotros no nos sentimos limitados en ese aspecto. Fuimos muy críticos de ciertas decisiones que tomó el club y de algunos de sus protagonistas y creo genuinamente en que nadie debería sentirse ofendido. Desde el momento en que te sacás la mochila de cumplir con las expectativas de todos, te liberás para trabajar con rigor, sin prestar atención a la mirada de los demás. Por todo esto es que la investigación y su resultado es un trabajo valioso, sincero y gratamente incómodo.
-B: Fue una investigación interminable, agotadora. Más de 100 entrevistas presenciales, 200 horas de audios. Hablamos con los personajes principales de aquella final: la terna arbitral, el cuarto árbitro, el veedor del partido, los principales dirigentes y jugadores de ambos clubes y la mayoría de los árbitros de esa época, además de periodistas. Hay voces en on y otras en off, que revelan prácticas irregulares. Y también están las frustraciones: testimonios que no pudimos obtener por la negativa o evasiva de sus protagonistas. No tenemos dudas de que podrían haber contribuido a echar aun más luz a nuestra investigación, pero su silencio fue tan elocuente que nos dio fuerza para seguir buscando. En cuanto a nuestra condición de hinchas, no influyó para nada. Hay un punto de vista neutral. En diez años a nadie se le había ocurrido escribir este libro y que seamos de Huracán tiene cierta lógica. Incluso en el libro nos referimos a los méritos deportivos de Vélez, que merecía ser campeón de una manera más decorosa.

El gol de Vélez, marcado por Maxi Moralez, llegó tras una infracción no sancionada de Larrivey a Monzón.

-Cuéntennos un poco sobre el contenido del libro. ¿Llegaron a alguna conclusión respecto de lo que pudo haber sucedido en aquel partido?
-B: Sí, pudimos confirmar algunas sospechas y exponemos todos los indicios, en algunos casos ratificados por fuentes disímiles. Sabemos, por ejemplo, que Gabriel Brazenas era el árbitro favorito de Julio Grondona para la mayoría de los partidos decisivos, con la particularidad de que jamás dirigió un clásico. Nunca estuvo en un River-Boca, en un Independiente-Racing o en un San Lorenzo-Huracán, por ejemplo. En cambio lo designaron en cinco definiciones de campeonato de Primera y tres por el ascenso, que involucraban a clubes políticamente poderosos de la zona sur, sin rendir las pruebas físicas. Aquejado por continuas lesiones, estuvo 28 meses fuera de los campos de juego luego de una delicada cirugía. Entre 1999 y 2009 fue sancionado en más de diez oportunidades por sus malos desempeños. La última fue definitiva.
-F: Suele interesarme más ver qué hay en el camino que fijarme en quién llega primero a la meta. Si te dijera que ocurrió tal cosa pero no tuviera elementos para profundizar, esa historia moriría en un título porque el cuerpo estaría sin vida apenas concebido. En el prólogo, Ezequiel Fernández Moores plantea dos conceptos interesantes: en primer lugar, cuando dice que no hay texto sin contexto ni árboles sin bosques; en segundo lugar, cuando reconoce que suele desconfiar de los textos que imponen afirmaciones para elegir en cambio aquellos que le generan nuevas preguntas. Si tenés claro eso, podés valorar mucho más lo que construís a partir del diálogo con las fuentes y del chequeo de datos. Dicho todo esto, por supuesto nos acercamos bastante, y mucho más de lo que sospechábamos en un principio, a las motivaciones que explican el desmadre que todos vimos esa tarde de 2009 en Liniers. Reconstruimos las historias de personajes sombríos, entre ellos el propio Brazenas; brindamos un extenso panorama del mundo del arbitraje de aquellos años y hasta nos metimos a fondo en una historia que nació como un secreto a voces dentro de un club tradicional de Buenos Aires y cobró para nosotros una dimensión fuerte, que incluyó un cara a cara con el propio protagonista.

-¿Qué repercusión imaginan que tendrá la investigación, tanto en el ámbito futbolero como en el periodístico?
-F: Como autores, por supuesto la expectativa es que este libro trascienda incluso más allá del fútbol, porque la corrupción es uno de los temas universales de la vida y el inicio mismo de muchas debacles. Ojalá que la historia resulte inspiradora para que otros actores del fútbol se animen a contar sus experiencias, porque sabemos que la inmensa mayoría sabe mucho y habla poco. O nada. Confío en la espontaneidad de esos procesos, en el aleteo de una mariposa que termina en un gran caos. Las grandes corporaciones no gustan del caos y para que el fútbol argentino cambie debe producirse una gran revolución en toda su estructura, que está en permanente estado de descomposición. En cuanto a lo periodístico, la sola idea de que un colega tome el ejemplo para investigar otro partido u otro hecho puntual que pida a gritos ser alumbrado me genera una gran esperanza en que, en adelante, no dé lo mismo hacer las cosas con dignidad que con bajeza. Es tan frenético el mundo en que vivimos y tan fugaz todo lo que consumimos que rara vez nos detenemos en los detalles, en una lectura reflexiva y hasta en un paisaje.
-B: Esperamos que La final bastarda contribuya a entender lo sucedido el 5 de julio de 2009. Que en vísperas de un nuevo aniversario se reabra el debate y se intente llegar a la verdad. Hay un largo historial en el fútbol argentino de finales sospechadas de corrupción, puntualmente de amaño de partidos, pero nunca hubo investigaciones ni mucho menos sanciones a sus responsables. En Italia, en 2006, Juventus, Fiorentina y Lazio descendieron a la segunda división tras verificarse fraude deportivo en la liga italiana durante la temporada 2004-05, mediante la designación de “árbitros favorecedores”. Un caso similar al que abordamos en nuestro libro. La sentencia incluyó el retiro a Juventus de los títulos de 2004-05 y 2005-06. Necesitaríamos un calciopoli para que el fútbol argentino purgue sus miserias. Se perdió una oportunidad histórica en 2011, cuando el ex árbitro arrepentido Javier Ruiz declaró ante la Comisión de Deportes de la Cámara de Diputados de la Nación. A pesar de que aportó pelos y señales sobre el arreglo de partidos y campeonatos, haciendo nombres propios e incluso autoincriminándose, la Justicia prefirió desoír sus denuncias.

Tras este escandaloso encuentro, el árbitro Gabriel Vito Brazenas no volvió a dirigir

-¿Cuál creen que será la reacción del ex árbitro Gabriel Brazenas?
-F: Por un lado es natural que cualquiera se incomode ante la mirada de los demás, sobre todo si esa mirada no es elogiosa. Por el otro, el de Brazenas es un caso muy particular. Pienso que, si es coherente, no debería inmutarse porque de eso presume permanentemente. De alguna manera su desprecio hacia los periodistas, a quienes tilda de vagos googleadores, fue una motivación para que reconstruyéramos su carrera casi sin servirnos de las bondades de Internet. No digo con esto que nos hayamos ensañado ni actuado con espíritu vengativo. De hecho, su figura no está demonizada, porque jamás nos propusimos contar una historia lineal de buenos y malos.
-B: Puedo imaginar la reacción de Brazenas, conociendo su temperamento. Aunque si tiene la oportunidad de leer el libro quizá acepte que se trata de una investigación honesta, sin animosidad personal, basada en sucesos, testimonios y documentación irrefutables. Lo único que hicimos fue bucear en las evidencias y descartar las hipótesis improbables. El fútbol argentino necesita que se indague más en sus irregularidades, a menudo naturalizadas desde el periodismo y los propios hinchas.

-El libro es una producción independiente, ¿no hubo editoriales interesadas?
-B: De hecho, hubo tres propuestas. Dos sellos pequeños y uno importante, que apareció hace muy poco. Pero tras evaluar pros y contras, preferimos apostar al camino de la autogestión. En ese sentido, siempre resulta inspirador el consejo de Hernán Casciari, vecino de Villa Urquiza, de evitar al intermediario en los proyectos personales. Del precio de tapa, a grandes rasgos, las librerías se llevan el 40 por ciento, las editoriales el 30, las distribuidoras el 20 y el autor sólo el 10. Es una proporción bastante injusta. Al contar con una pequeña estructura editorial, que desde hace veinte años pone en la calle El Barrio, considerábamos estar aptos para emprender el proyecto por las nuestras.
-F: ¡Tienen que estar orgullosos de tener un vecino como Casciari! La verdad es que nos allanó el camino. No tanto por ser pionero, ya que en la historia de nuestro país hay sobrados casos de proyectos autogestionados, sino más bien por demostrar que independencia no es, como tal vez muchos piensan, sinónimo de baja calidad y alcance limitado. Con Orsai, por ejemplo, él consolidó acaso el proyecto cultural más interesante de las últimas dos décadas y fue un verdadero éxito. Ojalá que los lectores entiendan el espíritu de La final bastarda en toda su dimensión y que nos acompañen. Estamos seguros de que les estamos ofreciendo no sólo un libro más económico que el promedio de la industria sino que, además, lo estamos haciendo sin resignar un solo estándar de calidad.

-Por último, ¿cómo se puede conseguir el libro y a qué precio?
-B: Por el momento la venta será directa, haciendo contacto a través del mail lafinalbastarda@gmail.com o de los canales de comunicación de este periódico, pero seguramente sumaremos otros puntos de venta. También podrán contactarnos a través de la web www.lafinalbastarda.com.ar y de las redes sociales de los autores. Por último, tenemos prevista una serie de presentaciones,  que iremos informando oportunamente, donde los interesados podrán llevarse el libro a un valor de $ 500.

“Foul a Dios”

Fragmento del capítulo “El escorpión y la rana”, de La final bastarda.

Por si no le bastaba con hacerse notar dentro de las canchas, Brazenas se las ingenió para no pasar desapercibido fuera de ellas. Quizá como una forma de indemnizarse de las carencias de su infancia, se valía de los privilegios que obtenía del sistema para estimular una personalidad jactanciosa. La mujer de uno de sus mejores amigos del ambiente arbitral, cada vez que lo atendía cuando llamaba al teléfono fijo de su casa, le decía a su esposo: “Es para vos, te llamó yo-yo”.
En otra oportunidad estaba mirando un partido de tenis en el country Los Horneros, en Ingeniero Maschwitz. Allí Brazenas tiene desde 2001 una casa donde se instala todos los fines de semana. Al terminar el juego abordó a uno de los jugadores, vecino de él. Y tuvieron esta conversación:

—¿Quién es el tipo contra el que estabas jugando? Nunca lo vi por acá.
—¿Qué, me vas a cobrar alquiler ahora?
—No, boludo, yo choreo bancos, no viejitas jubiladas. En serio, ¿quién es éste?
—Un tipo con el que voy a hacer un negocito.
—Ah, entonces no lo hagas.
—¿Por qué?
—Mirá, una pelota de él picó afuera y te la cantó buena, una tuya pegó en la línea y te la cantó mala. Y la que no te pudo chorear te dijo “vamos a jugarla de vuelta”.
—Vos sos un hijo de puta.
—No, yo vivo de esto. Se juega como se vive.

A los cinco meses, Brazenas se volvió a cruzar con su vecino.

—Gabriel, ¿podes hablar? ¿Te acordás de aquel tipo? Me cagó.
—¿Viste? Tengo la universidad de la calle.

Esa arrogancia a veces asomaba en circunstancias inesperadas. A cierto árbitro malogrado le tocó pitar, en Gerli, a El Porvenir contra un equipo de mucha historia en Primera, que circunstancialmente se encontraba en la B Nacional. Ganaba el local 1 a 0 y todo hacía presumir una nueva victoria para el club de Enrique Merelas, uno de los hombres poderosos de AFA e incondicional de Grondona. Pero, luego de un partido casi perfecto, ese árbitro tuvo la ocurrencia de adicionar cuatro minutos en vez de trapalonear, que significa hacer lo que recomienda el sistema. Cuando faltaban treinta segundos para que expirara el tiempo reglamentario, el conjunto visitante consiguió el empate en una arremetida. Ese descuido le costaría al réferi ser desterrado un año y medio en la B Metropolitana.
A los pocos días de caer en desgracia, el árbitro atendió un llamado solidario en su casa. Era Brazenas. El consejo post mórtem que le dio fue inolvidable.

—Hablé con Enrique y le dije que era injusto lo que te habían hecho. Pero él te pidió para que lo dirigieras. ¡Boludo, debiste haber cobrado foul a Dios!

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