Manejar un vehículo requiere, hoy más que nunca, agudizar los reflejos. No sólo por el tránsito en sí mismo, que es cada día más voluminoso, sino también por las imperfecciones que se pueden encontrar en la calle, como tapas de servicios hundidas o rotas en sus bordes y los ya conocidos pozos. Ejemplos puntuales en Villa Urquiza.

Por Sergio Calandra
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El estado de calles y veredas es un mal endémico de difícil solución, ya que siempre se están haciendo reparaciones, cableados e instalaciones que, tarde o temprano, generan nuevos hundimientos y roturas. Por ejemplo, muchas arterias que pedían a gritos su atención urgente fueron reasfaltadas por el Gobierno de la Ciudad, pero cuando esto al final sucede las tapas de inspección de las redes cloacales y pluviales (que pueden tener formas circulares o rectangulares) no se readecúan a las nuevas alturas y en consecuencia quedan en niveles inferiores a la línea de circulación del tránsito. Pueden pasar meses -incluso años- hasta que son niveladas y reforzadas en toda su periferia, con cemento para que perdure en el tiempo.
Esto ocurre principalmente en las avenidas, donde el tránsito pesado es intenso y los alrededores de las tapas se resquebrajan en múltiples pedazos. Hasta que las cuadrillas intervienen en estos “accidentes artificiales” provocados por la irresponsabilidad del ser humano, se generan peligrosas situaciones en la circulación vehicular, con posibles choques y roturas de cubiertas, suspensiones y puntas de eje. Como siempre, el damnificado directo es el automovilista, porque la Ciudad nunca paga los daños producidos al patrimonio de un privado y las lesiones a su salud por las calles en malas condiciones de tránsito.

Ruidos molestos
Los vecinos que viven justo en los alrededores donde hay hundimientos y losetas mal abulonadas también padecen la contaminación sonora. Cuando están flojas las tapas se escucha las 24 horas un golpeteo insoportable, junto a frenadas repentinas y bocinazos de aquellos que intentan evitarlas con maniobras arriesgadas para no dañar sus vehículos. Lo mismo sucede en los pasos a nivel, cuando se desprenden los bordes de metal de las losetas: aquellos que tienen ventanas a la calle sufren el constante murmullo del contacto de las cubiertas con los bulones flojos, que Trenes Argentinos tarda muchísimo en reparar.
Deberían existir manuales de procedimientos para las empresas contratistas responsables del asfalto y también para AySA, para así lograr la calidad total en sus servicios. Por ejemplo, acerca de cómo amurar y amalgamar correctamente el hierro de fundición circular que contiene a las pesadas tapas de inspección y exploración, junto con el cemento armado instantáneo que va inserto en el medio del macadán de las calles, Debe saberse de antemano que se van a hundir inexorablemente, en especial porque el tránsito pesado desgasta y maltrata con más frecuencia estas obras en comparación con los vehículos livianos.
Se habla mucho de las normas ISO -referidas a gestión de calidad-, de sus estándares internacionales y de su aplicación en las empresas de servicios públicos, pero parece que no son cumplidas a la vista de los múltiples ejemplos de irregularidades presentes en toda la ciudad. Las intervenciones en la vía pública tendrían que contar con garantía inmediata post-realización, porque los tiempos en que se tarda en reparar lo que se rompe (no por mal uso, sino por obras mal hechas) son realmente considerables.

Es una carrera de obstáculos sortear los distintos pozos existentes en muchos cruces de calles, por negligencia de las empresas de servicios y el Gobierno de la Ciudad.

Falta de coordinación
Es simple inferir que cuando se hace un pozo y luego se lo rellena, tapa y cierra, sobra un montón de tierra que estaba ahí compactada y que después no entra la misma cantidad que se extrajo en la apertura. A pesar de que -a veces- se compactan las roturas con unas máquinas especiales, el sobrante es la señal inequívoca de que una vez que se termine la vereda con baldosas, cemento o asfalto, en muy poco tiempo el lugar va a ceder hacia abajo ante el paso de peatones y vehículos, y estaremos “milagrosamente” en presencia de nuevos hundimientos y pozos que antes no existían.
En este sentido, un punto que no se puede entender es la falta de coordinación, responsabilidad (quizás dentro de las mismas empresas) y control por parte del Gobierno de la Ciudad, ya que apenas terminan los operarios de rellenar con la misma tierra las aperturas pasan muchos días, semanas y hasta meses hasta que aparece el camión bacheador para cerrar todo con asfalto. Mientras tanto, quedan al aire libre peligrosos pozos rodeados apenas por corralitos de madera que se caen y que son destruidos por el tránsito.
La reparación tendría que hacerse apenas se terminan las obras o el reasfaltado de calles y avenidas, en vez de esperar a que se rompan y cedan las tapas de exploración, cobrándose así como inocentes víctimas a peatones y vehículos que circulan por el lugar. Cuando las calles son empedradas, las tapas resisten estoicamente mejor el paso del tiempo, en comparación con las que están colocadas en el nuevo asfalto.

Campo minado
Un sector en donde hay cuatro distintos tipos de hundimientos de calzada es el cruce de la Av. Congreso y la calle Galván, en Villa Urquiza (foto de portada). Esta importante intersección es la salida hacia el norte por General Paz y Autopistas del Sol, vinculando también los barrios de Núñez y Belgrano con Villa Urquiza y Villa Pueyrredon.
Las fotos demuestran el estado de situación actual: pasan los meses y no se reparó aún ese collage de pozos con bordes cortantes ocasionados por el desgaste de sus materiales, por donde circulan las 24 horas vehículos de todo tipo. Muchas otras avenidas importantes de la ciudad no tienen en ese estado sus tapas de ingreso a las cámaras de inspección; pareciera que no todas las empresas responsables de las distintas Comunas ni el propio Gobierno de la Ciudad trabajan ni ejecutan las partidas y presupuestos de la misma manera.

En Mendoza y Burela, Villa Urquiza, a alguna empresa de bacheo «olvidadiza» se le pasó -desde hace ya más de un año- dejar en las condiciones originales a la calzada.

Combate de los pozos
Es habitual que, cuando uno va manejando, sienta de repente un golpe seco en el vehículo producto de un pozo escondido y traicionero. Cuando se hacen algunas obras parece que las empresas se “olvidan” de dejar en las mismas condiciones en que encontraron a las superficies donde trabajaron y, para colmo de males, nadie se acuerda de reparar esos regalitos. Lo más lógico sería que no se pague el trabajo hasta que no se termine correctamente, de acuerdo con el pliego original de la licitación, pero ante la falta de control se convierte en un sálvese quien pueda.
Un ejemplo de esta situación se da en Mendoza casi Burela, Villa Urquiza, donde a ambos lados de la calzada hay sendos pozos en los adoquines que permanecen ahí “escondidos” hace meses. No son advertidos por los inspectores del Gobierno de la Ciudad, pero sí sufridos por los automovilistas que todos los días pasan por allí.
Ojalá que, algún día, los pequeños problemas de la Ciudad sean tenidos en cuenta en las grandes agendas presupuestarias de los funcionarios municipales.

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