Playas y mar, montañas, cruceros… Como todo en la vida, cada cosa buena tiene su costado problemático. Muchas veces el flujo de visitantes no revierte la situación económica local. 

Si bien la época de viajar terminó para esta parte del año, y nos espera un calendario maldito en el que los feriados coinciden en su mayoría con los fines de semana, es un tiempo adecuado para reflexionar sobre nuestras futuras vacaciones y acerca de un tema que preocupa y al que deberíamos encontrar una idea para solucionarlo.

El placer de viajar

Entramos en una era donde el turismo se muestra como una de las pocas salidas momentáneas a una vida de trabajo alienante. El antiguo placer de viajar se hace posible gracias a los medios de transportes más accesibles y económicos; aún así, tampoco los viajes de placer están al alcance de todos. Playas y mar, montañas, cruceros… Como todo en la vida, cada cosa buena tiene también su lado -no digamos malo- problemático. Basta observar un destino típico como Punta Cana en República Dominicana para que se presente una duda casi al instante. ¿Cómo puede ser que esa pequeña isla esté sumida en la extrema pobreza si se supone que es uno de los destinos turísticos más elegidos del Caribe? Tanto flujo de visitantes, ¿no debería revertir la situación económica local?

Impermeabilizante de dinero

Sucede que cuando un destino de viajes se vuelve económicamente activo y comienza a generar ganancias, inmediatamente se instalan allí grandes corporaciones que ofrecen, por supuesto, un excelente servicio y muchas veces con algo que llamamos All Inclusive o “Todo Incluido”. Al viajero le colocan una pulsera para identificarlo y en adelante puede consumir sin costo todo lo que desee. Tentador, ¿no? Pero poco conveniente para las economías locales. El gran problema es que así se detiene el flujo de divisas para los lugareños, puesto que la casi totalidad del dinero se termina desviando a la cadena de hoteles o cruceros; una mínima parte, casi insignificante (menos del 20 por ciento), se derrama a través de los sueldos y propinas de los empleados o por los gastos indirectos de insumos que hacen las grandes cadenas hoteleras.

Los números del escándalo

“¿Qué es la pobreza? La pobreza es hambre. Es falta de refugio. Es estar enfermo y no poder consultar a un médico. Es no tener acceso a la escuela y no saber leer. Es no tener un empleo, es temer por el futuro, es vivir al día. Es perder a un hijo a causa de una enfermedad provocada por beber agua contaminada. Es impotencia, es falta de representación y de libertad”, define y se pronuncia el Banco Mundial,

tal vez con sarcasmo, porque parecen preocuparle muy poco el hambre, la falta de refugio, las políticas educativas y la salud en países donde imponen un ajuste que van en la dirección opuesta a su manifiesto.

Según la Alianza del Turismo contra la Pobreza, el turismo a favor de los pobres (PPT) es aquel turismo que da como resultado el aumento de las ganancias netas para las personas pobres. Este es un tema para debatir, porque casi ningún informe oficial se centra en los números que reconocen la misma Oficina Internacional del Trabajo, sede en Ginebra, y la Organización Mundial del Turismo.
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Hay cerca de 1.300 millones de personas en el mundo en desarrollo (21 por ciento de la población mundial) que viven en la pobreza extrema, es decir con menos de un dólar por día. Más de 2.700 millones viven con menos de dos dólares por día. Y, como dijimos, menos del 20 por ciento del dinero que mueven las cadenas internacionales de hoteles llegan a la población local.

El Lado B

El Lado A de los informes, la idea central de casi todos ellos, es que el turismo reactiva las economías, da trabajo y, por lo tanto, es un factor que favorece la eliminación de la pobreza. Estos escritos lo consideran casi una panacea; sin embargo, me fue difícil encontrar en los informes oficiales referencias al lado B del asunto. Por ejemplo este pequeño párrafo dentro del extenso documento de trabajo de 85 páginas:

El informe de Anita Pleumarom de la Red del Tercer Mundo destaca “la ‘fuga’ financiera (debido a su elevado contenido de importaciones, repatriación de las ganancias por las empresas extranjeras, etcétera)” producida por el turismo y la “distribución desigual e injusta del ingreso”. Indica que “las fugas del sector del turismo llegan hasta el 85 por ciento en algunos países menos adelantados de África, a más de 80 por ciento en el Caribe, 70 por ciento en Tailandia y 40 por ciento en India”. Señala que en lugar de contribuir, “de hecho, los empleos vinculados al turismo son inseguros, temporales, a tiempo parcial y con una gran renovación de personal”.

Pleumarom pide la creación de un mejor marco regulador, que sea cumplido, para tratar estas cuestiones (Reducir la pobreza a través del turismo, por Dain BolwellWolfgang Weinz, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra 2009).

Lo que uno puede hacer

Dirá que esta nota está fuera de época, porque ya pasaron las vacaciones y no tenemos posibilidad de hacer turismo al menos hasta julio (los que tenemos la suerte de tener un receso invernal). Lo que sucede es que con un tema que puede ser tan cuestionador, uno necesita pensarlo con mucho tiempo. No significa que debamos abandonar las pretensiones de vacacionar en un All Inclusive o alojarnos en una cadena hotelera internacional o hacer un crucero, sino más bien tomar conciencia de que no hacemos una diferencia significativa con los locales. No estamos ayudando a las economías regionales de esa manera.

Cuando viaje por las rutas del país, antes que detenerse a consumir en las estaciones de servicio ayuda entrar a los pueblos o ciudades y comprar en quioscos o almacenes locales, así la casi totalidad de lo gastado quedará en la economía regional. Lo mismo sucede al elegir hospedajes de administración familiar o de lugareños. Algo podemos hacer nosotros hasta que las reglas del juego mundial se modifiquen; un pequeño cambio de un número grande de personas puede hacer una pronunciada diferencia.

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