Jorge García, hexacampeón del Enigma Fotográfico, cuenta con una habilidad especial para hacer muñecos a pequeña escala. Comenzó como un simple juego para complacer a su hijo, pero se transformó en una pasión que mantiene hasta el día de hoy. “No tengo ninguna figura preferida, son como los hijos”, asegura.

 

Por Pablo Riggio
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Dicen que la felicidad está en las pequeñas cosas. En los detalles, en los gestos, en algún regalo también. Dicen que la felicidad se comparte. Con amigos, con familiares y con conocidos. Resulta difícil creer que la felicidad se encuentre arriba de un mueble, dentro de pequeñas cajitas de cartón acomodadas meticulosamente una al lado de la otra. Detenidas en el tiempo, algunas tienen más de tres décadas pero se mantienen intactas, inmunes a la vejez.
Jorge García, el multicampeón del Enigma Fotográfico del periódico El Barrio y vecino de Villa Urquiza, no sólo es un experto en la geografía de la Comuna 12 sino que también tiene una vocación sorprendente. Dueño de una habilidad extraordinaria con sus manos, construye personajes en miniatura con fósforos a modo de pasatiempo. Tienen el tamaño, quizás, de lo que se dice que mide la felicidad. O por lo menos así lo entiende él.
“Los hago cuando tengo tiempo y ganas. Es algo que me gusta mucho. Algunos los hago para mí”, explica con humildad el vecino de Mendoza y Ávalos, de 79 años. La altura de los muñecos no supera los diez centímetros y hay de todos los colores. La mayoría representan a figuras famosas y están divididos por temáticas. Por un lado están los deportistas, con Carlos Tévez (su mujer es de Boca) a la cabeza, Pelé, un futbolista de Colegiales (el club de sus amores) y un tenista. Por otro están los músicos: Aníbal Troilo toca el bandoneón mientras Horacio Salgán y Osvaldo Pugliese hacen lo propio con un imponente piano de cola. Ahí está también El Zorro al lado de Patoruzú. Manuel Belgrano sostiene la bandera argentina mientras Julio Roca posa tras haber recibido la banda presidencial.
Pero también hay historias personales representadas en esos pequeños muñequitos: algunos de ellos son obsequios a su mujer. Como esa figura en la que están ellos dos,  Jorge y Delia, casándose en el altar hace 56 años. O esa otra en la que su señora está jugando con su hija cuando era pequeña. Única es la bailarina de can-can que a ella tanto le gusta o San Expedito, santo del cual es devota, que está parado al lado del Papa Francisco. “Él es muy habilidoso, lo mismo con los dibujos que hace, siempre fue así. Nos conocemos hace mucho: él era amigo de mi hermano y ya era bueno con estas cosas”, recuerda nostálgica la vecina de Villa Urquiza.

Amor de fósforos
La historia de Jorge García y sus hombrecitos de fósforos comenzó en su hogar en Villa Martelli, cuando su hijo tenía unos cinco años, a comienzos de la década del 80. “Él me pedía soldaditos. Yo no le quería comprar juguetes de guerra, no es que sea muy exagerado con esas cosas pero me surgió una idea. ‘Yo te voy a hacer soldaditos’, le dije. Y ahí nació la idea de hacerlos con fósforos. Hice soldados de las Invasiones Inglesas, temas históricos. A su vez, eran más coloridos que los típicos soldados que van a la guerra vestidos de verde, gris y marrón. Por supuesto, los hice con fósforos y a él le gustaron mucho”, cuenta el hexacampeón del Enigma Fotográfico a El Barrio, sentado en el living de su departamento.
Cada figura se encuentra dentro de un pequeño envase de cartón con un plástico que permite observar su interior. Debajo tiene una etiqueta con su descripción y alguna dedicatoria. “No tengo ninguna pieza preferida, son como los hijos”, dice entre risas, mientras su mujer agrega: “Es verdad”. Haciendo esfuerzo por recordar, cuenta cómo siguió la historia: “Mi hijo los guardaba en una lata de caramelos, siempre fue muy cuidadoso. Y quedaron ahí. Un día, en medio de su mudanza porque se estaba por casar, me llamó y me dijo que encontró la caja: habían pasado como 20 años”.
Y agrega: “Él había guardado la lata durante todo ese tiempo. La mayoría de las figuras que había hecho en aquel entonces eran soldados, también estaba la Guardia Suiza del Papa, los integrantes del Regimiento de Patricios y de los Húsares de Pueyrredon. Yo me había olvidado que existían, así que me dio la lata y me la traje”, precisa García mientras estudia de cerca sus muñecos, los toma y los muestra, muy orgulloso de su pasión. “A mí no me interesa hacer propaganda con esto. Jamás vendí uno, siempre los hice porque así lo sentía”, indica.

Miniaturas 2

Pequeños muñecos, enorme felicidad
Las figuras de fósforos reviven el espíritu de niño en Jorge García, ese que todas las personas llevan adentro. Esa frase hecha suya “no tengo ninguno preferido” es cierta, está a la vista. Asegura que se toma su tiempo para hacerlos pero, de ser necesario, puede darle vida a uno en cuestión de horas. Los elementos que utiliza no son más que cerillas, por supuesto; distintos pegamentos; cartón para las bases; y materiales varios para los accesorios, principalmente cartulina.
Durante varios años estuvo sin hacer sus personajes, hasta que un día volvió a regalarle una figura a un amigo. Su habilidad se mantuvo intacta. Por lo general los hace cuando está inspirado y, muchas veces, cuando su señora le pide alguno en particular. A ella le encantan esos pequeños hombrecitos que quedan guardados en sus respectivas cajitas sobre el mueble del living.
Una de las miniaturas tiene una historia particular y muy ligada a El Barrio. Su diseño se distingue porque en el interior de su cajita tiene dibujada una casa, como si fuera su hogar. Pero tiene un significado especial. Se trata de uno de los personajes de Guillermo Guerrero, el famoso dibujante argentino que le dio vida al aviador Lúpin y que ha realizado muchos trabajos para este periódico: “Él llevó a sus historietas a Yoyi Kanematz, un japonés descendiente de alemanes y fanático del tango. Era joven, cae la Guerra Mundial y él va a luchar. Cuando le tocaba hacer el servicio de guardia en los refugios agarraba su tocadiscos, que tenía forma de una valijita, y se llevaba sus discos para escuchar tango. Agarré un cuadro de una de sus historietas y lo copié en este personaje de fósforos, hasta le hice la casita que está detrás y el tocadiscos”.

Académico de las miniaturas
Hace ya varios años que García acude regularmente a las reuniones de la Academia Porteña de Lunfardo. Los primeros sábados de cada mes se hace una sesión académica, en donde los integrantes hacen informes sobre hallazgos de nuevos términos y su historia. “Un día se me ocurrió hacer algo que tenía que ver con uno de los académicos -dice García-. Le llevé un personaje, pero no cualquiera, algo que tenía que ver con sus gustos. Hice a los pianistas de tango Osvaldo Pugliese, Horacio Salgán y Carlos di Sarli tocando un piano de cola. Tampoco me daba para hacer tres pianos (risas). Sus patas son los fósforos y después está el armazón y los detalles con cartulina”. Cuenta que uno de sus amigos de la Academia, que tenía un programa de radio, no podía creer la capacidad del vecino de Villa Urquiza con las manos. Y se los hizo saber a sus oyentes: “Me empezó a hacer un elogio enorme¼ ¡Estaba loco!”.
“A ése, otro día le regalé un personaje divino: Julio de Caro. Fue un revolucionario del tango en la década del 30, es uno de los músicos que salen de lo medio. Hizo música sinfónica, era violinista y dirigió una orquesta. De Norteamérica se trajo un violín con bocina: no tenía caja, tan sólo un portador de cuerda y la corneta. Le regalé ese personaje con su violín y el tipo se volvió loco”, ríe el entrevistado con la complicidad de su señora.
Sus personajes salen de la caja y posan para la foto. Luego Jorge los levanta uno por uno y los vuelve a guardar meticulosamente. Para ellos, el tiempo se detiene. Y para su creador, la felicidad se mantiene intacta.

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