Las reformas están afectando su identidad y le quitan el sentido de pertenencia al barrio. Los vecinos piden que se respete el valor patrimonial de la obra y su entorno, teniendo en cuenta que se encuentra dentro del área de protección histórica. Analizamos por qué es importante preservar las estructuras ferroviarias.

Por el Arq. Jorge Luchetti
jluchetti@periodicoelbarrio.com.ar

En una tarde fresca de otoño, se me antojó salir a recorrer los alrededores de la estación ferroviaria de Tandil. Desde hace algunos años vivo a unas pocas cuadras de este edificio tan interesante, que construyeron los ingleses allá por 1883. Realizada en estilo típicamente británico, la vieja terminal perdió, hace prácticamente un año, el servicio de pasajeros. Esto ha provocado una degradación del lugar en corto tiempo, con oficinas, boleterías y galpones desvencijados que día a día se van deteriorando. Aunque todo esto no le impide seguir siendo un lugar atractivo y es por eso que los vecinos del Barrio de la Estación luchan por recuperarlo, no sólo desde el ámbito cultural sino también para que vuelva a funcionar el tren.
El primer cuestionamiento que me hago es el siguiente: ¿qué va a pasar con el patrimonio arquitectónico e industrial de nuestro país? La estación de Tandil es una más de las tantas que -en el mejor de los casos- han cerrado sus puertas, ya que otras prácticamente han desaparecido sin dejar su huella.
Desde muy joven he vivido próximo a alguna estación de tren. En un principio, a cuadras de la estación Belgrano C y luego me mudé al barrio de Coghlan, lo que me ha llevado a adquirir cierta afinidad con la arquitectura ferroviaria. Pero fue en este último lugar donde empecé a apreciar, ya con formación y criterio profesional, la importancia del patrimonio ferroviario argentino.
Antes de abordar nuestro tren a Coghlan, investiguemos más sobre el patrimonio y analicemos para qué sirve la conservación de aquellos edificios. Aunque muy pocos los valoran, sabemos que tienen una arquitectura que ha dejado su impronta. Podemos enfocarnos en algunos casos que servirán como ejemplo.
El patrimonio arquitectónico es un conjunto de edificios o la ruina de éstos, que al pasar los años adquieren un valor mayor al original. La importancia adquirida, como señala el ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios), puede ser emocional o cultural, física o intangible, técnica o histórica. El patrimonio cultural, que incluye además lo arquitectónico e industrial, actúa como un espejo que refleja lo que somos a través de lo que hicimos en nuestro pasado. Desde hace un tiempo se ha incluido dentro de este segmento a todo lo referente al sistema ferroviario, porque, como señala la famosa frase, “no puede existir el pasado sin memoria”.
A lo largo del siglo XIX, las construcciones industriales se transformaron en ámbitos de atracción para los trabajadores que abandonaban el campo y querían vivir en la ciudad, proceso que se conoció como la Revolución Industrial. El ferrocarril, como parte de este fenómeno, fue un condicionante del territorio de nuestro país, creando un nuevo paisaje a lo largo del camino del riel. El valor patrimonial del ferrocarril se encuentra actualmente subutilizado y abandonado, pero está cargado de historia y sigue formando parte de la identidad e imaginario cultural.

Perdido y recuperado
Después de la nefasta política ferroviaria de los años 90, mucha de la infraestructura industrial se fue perdiendo. Galpones, hangares, puentes, cabina de señales, viviendas ferroviarias y varios etcéteras más fueron desapareciendo. Aunque, en estos años, han descubierto que el material ferroviario industrial es de interés patrimonial. Así es que en este tiempo se comenzaron a recuperar algunos componentes de esta industria, por ejemplo el transbordador Nicolás Avellaneda (más conocido como Puente de la Boca), que desde los años 60 había dejado de funcionar y a finales de los 90 estuvo a punto de ser desguazado.
La idea es que, además de recobrar su funcionamiento, se luzca como una atracción turística. Esta reliquia del sistema ferroviario, inaugurada en 1914, unía la capital Federal con la Isla Maciel, cargando autos y tranvías de un lado a otro. La decisión de salvarla ha llevado largos años y, sin duda, fue fundamental el aporte de vecinos y profesionales para que en poco tiempo más vuelva a estar abierta al público.
En contraposición a todo esto, nos encontramos con el barrio ferroviario Sola, ubicado en Barracas, que desde hace varias décadas se encuentra en estado de abandono. La obra data de 1890 y tiene una arquitectura y distribución de las viviendas que se proyectó de forma similar al East End de Londres y otros viejos barrios ferroviarios de Liverpool.

¿Y en Coghlan qué pasa?
El área de la estación Coghlan no funciona sólo como parte del sistema de trasportes de la ciudad. A lo largo de los años se ha transformado en un lugar de reunión de carácter cultural de vecinos y visitantes, quienes siempre lucharon por mantener su sentido de pertenencia. El arquitecto y urbanista español Solà-Morales nos dice: “Los espacios recuperables del sistema ferroviario son un claro ejemplo para llevar a cabo transformaciones espaciales sustanciales en la ciudad contemporánea. En ellos suele haber edificios que originalmente conformaron sistemas de equipamientos industriales y de transporte pero que, debido a cambios tecnológicos o urbanos, ingresaron en una etapa de obsolescencia funcional”.
Estas huellas de un pasado cultural pueden ser recuperadas para otras actividades públicas aglutinantes. Si bien sus condiciones edilicias sugieren la necesidad de transformación y liberación de significativas superficies territoriales, estos edificios cuentan con posibilidades únicas por su flexibilidad para adaptarse a las demandas urbanas actuales. Ahora bien, esa renovación no debe afectar la identidad edilicia ya que cuando se hacen las intervenciones es necesario tener en cuenta el estilo de la obra y su entorno. Se debe respetar a rajatabla el pasado, manteniendo la armonía del edificio original, sin avasallarlo o quitándole protagonismo.


Todo esto viene a cuento, ya que en la reforma que se empezó a realizar en la estación Coghlan hace un año nada de lo mencionado fue tomado en cuenta. Sin hacerse esperar, los vecinos criticaron estas obras de remodelación que van en detrimento de la identidad ferroviaria del lugar. Esto es inadmisible, más aún cuando la estación pertenece al patrimonio de la ciudad y además está comprendida dentro de la poligonal que marca el área de protección histórica del barrio.
La principal crítica que se hace es que las nuevas intervenciones rompen con la arquitectura y el paisaje del lugar. Cabe agregar que muchas de las reformas fueron mal hechas, a tal punto que el andén ascendente se inunda debido a un trabajo deficiente en los desagües. Esto lo advierte la Agrupación Boletos Tipo Edmondson (ABTE), una organización que se dedica a la colección de boletos de cartón y otros objetos históricos con el fin de reivindicar la cultura ferroviaria. Fue una de las primeras entidades en reprochar estas obras, que ya se hicieron en las estaciones Drago, Belgrano R y Colegiales, sin tomar en cuenta las cualidades arquitectónicas y urbanísticas del lugar. Por eso habrá que reclamarle al Gobierno de la Ciudad que las empresas intervinientes vuelvan a darle a la estación la magia que alguna vez supo brindar al barrio.

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