Concepción Ruscio Domínguez nació en 1913 en el Centro porteño. A los 8 años dejó la escuela y salió a trabajar, vocación que abandonó recién a los 80. Tiene una única hija y muchos nietos, bisnietos y tataranietos, a quienes cuida y malcría. Vecina de Villa Santa Rita, en septiembre festejó su cumpleaños número 106 en un restaurante de Villa Urquiza que atienden sus familiares.

En 1913 asumía como presidente de Estados Unidos el demócrata Woodrow Wilson, se inauguraba en Buenos Aires la primera red de trenes subterráneos de Iberoamérica y, en plena Paz Armada, el mundo estaba próximo al estallido de la Gran Guerra. También en ese año, el 9 de setiembre, nacía en el Centro porteño Concepción Ruscio Domínguez, fruto de la unión del italiano Francisco Ruscio Stagliano y la española Concepción Domínguez. Fue la quinta hermana de un total de 12, símbolo de una época caracterizada por las familias numerosas.
A los 8 años dejó la escuela y salió a trabajar, vocación que abandonaría recién a los 80. Su primer trabajo fue en una casa de ligas de hombres y perfumería, donde tomó el hábito de ponerse talco y loción cada vez que se baña. Caminaba casi diez cuadras hasta la casa de su madrina para buscar 20 centavos y, con ese escueto dinero, tomarse el tranvía para llegar al trabajo. Pese a las dificultades, jamás faltó a su tarea, compromiso que inculcaría más tarde a sus familiares.
Tuvo novios que dejó cuando veía que no eran un “buen partido” para ella, hasta que a los 28 años conoció al amor de su vida, con quien formó una numerosa familia que conserva y adora. Se casó con Luis Escartín, español de 35 años de edad, el 23 de octubre de 1941 en la Iglesia Santa Rita, ubicada en el barrio porteño homónimo, y de ese matrimonio nació su única hija, Luisa, el 17 de setiembre de 1942.

«Chona» cumplió 106 vitales años en septiembre pasado.

Sobrellevar el dolor
Quedó viuda muy joven, a los 50 años, y jamás volvió a tener un hombre en su vida. Desde entonces, y hasta hoy, se dedicó a una sola cosa: cuidar a su familia. Su hija Luisa le dio cuatro nietos: Marcelo, Mirtha, Pablo y Mónica, a los que luego se sumarían los bisnietos Aymara, Brian, Brenda, Agostina, Lucas, Matías, Julieta y Gustavo y, finalmente, tres tataranietos. Más amor para la abuela Chona, como la llaman cariñosamente, imposible.
“Es la persona más increíble del mundo -asegura su nieta Mirtha-. Educó y cuidó a todos sus nietos, les enseñó a leer y a escribir y los llevó a la escuela. También los llevaba a pasear en cada vacación de verano y de invierno al cine, al Italpark y a la plaza. Les enseñó a andar en bicicleta, a rezar por las noches y a no tener miedo a las vacunas, entre otras tantas cosas”.
Además de la prematura viudez, a lo largo de su vida también tuvo la fortaleza de despedir a todos sus hermanos, a sus sobrinos y a su nieto mayor, Marcelo. Pese al dolor siguió adelante con su frase de cabecera, todo un testimonio de su amor: “Ustedes aún me necesitan”.

Festejó su último cumpleaños en un restaurant de Villa Urquiza, rodeada del afecto de su familia.

Vínculos con nuestros barrios
Chona vive en el barrio porteño de Villa Santa Rita desde que se casó, pero mantiene una estrecha relación con la Comuna 12. Alejandro, el papá de sus bisnietos Brian y Brenda, reside desde hace muchos años en Villa Urquiza y además es dueño del kiosco de Díaz Colodrero y Crisólogo Larralde y del restaurant Kraken, ubicado en Larralde y Triunvirato. “Ahí hicimos el festejo por sus 106 años, en septiembre pasado, donde estuvo rodeada por su familia y los amigos de sus bisnietos mayores, que la adoptaron como abuela -cuenta Mirtha-. También fue muchas veces al kiosco de la calle Colodrero y hasta se animó a atenderlo, ya que en el año 2015 solía ir a pasar el día ahí”.


¿Vecina récord?
En su barrio es la más querida por su solidaridad y respeto hacia los vecinos, que la visitan cuando cumple años y la consideran su nona, por tratarse de la única habitante histórica que queda. ¿Será la vecina más longeva de Villa Santa Rita y acaso de toda la Ciudad de Buenos Aires? “Es una persona híper generosa y compañera, todos la aman porque nunca deja a nadie solo. Y tiene unos abrazos que curan todos los dolores del alma”, la elogia con dulzura su nieta.
Simpática y con gran carisma, le encanta jugar a las cartas y cantar, actividades que hasta el día de hoy desarrolla con gran virtud. También le gusta tomar una copa de vino en las comidas (donde prefiere no hablar de política), además de los chocolates, los perfumes y los animales, a quienes cuida con dedicación. Por supuesto, gran parte de su tiempo lo destina a sus bisnietos, que malcría con su amor de abuela.
“Hasta los 80 años cocinó, plancho y limpió la casa, pero cuando cumplió esa edad dijo que ya no se haría más problema por nada. Se puso feliz al llegar a los 100 y ni hablar ahora, ¡que cumplió 106!”, concluye su nieta.

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