Nora Kenny revivió junto a otras 150 personas la proeza del general San Martín. Trabaja como vicedirectora de una escuela en la Villa 31 y les dijo a los alumnos de 7° grado que, en su Bicentenario, realizaría el mismo viaje que hizo el prócer si ellos se comprometían a ir a la secundaria. La mujer de Villa Urquiza cumplió y ahora espera que los niños también lo hagan. “Fueron siete días que lloré sin parar”, confiesa.

Por Pablo Riggio
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“Lo que no me deja dormir no es la oposición que puedan hacer los enemigos, sino atravesar esos inmensos montes”.
El general José de San Martín manifestó sus miedos en una carta a Tomás Guido antes de cruzar la Cordillera de los Andes. 200 años después de aquella histórica proeza, el primer gran paso para la liberación de Chile de la Corona española, la vecina de Villa Urquiza Nora Kenny tenía los mismos temores. Fueron siete días de cruce a caballo y mula al país vecino, atravesando las situaciones climáticas más extremas que se puedan imaginar, con temperaturas de hasta 19 grados bajo cero y vientos de 100 kilómetros por hora, pero ella había hecho una promesa y no podía fallar.

Un desafío personal
Como parte de su plan para llevar a cabo la Expedición Libertadora de Argentina, Chile y Perú, San Martín cruzó los Andes entre el 19 de enero y el 8 de febrero de 1817, desde Cuyo hasta el país vecino, con mulas y caballos. Con motivo del Bicentenario de esta hazaña, considerada una de las más grandes de la historia militar universal, la Asociación Cultural Sanmartiniana Cuna de la Bandera realizó una convocatoria para hacer la misma travesía que el padre de la Patria, siguiendo su ruta.
Nora Kenny, docente de profesión, apasionada por la historia y vicedirectora en el colegio Bandera Argentina de la Villa 31, vio en esta travesía una oportunidad que no podía dejar pasar. Pero su voluntad fue impulsada por un motor mucho más potente: “Los chicos de séptimo grado me preguntaban si tenía miedo, yo les dije que sí, pero que lo iba a lograr. Entonces hicimos una promesa y les dije: ‘Yo voy a cruzar los Andes y ustedes van a empezar y terminar la secundaria’”.
“Además, vimos una película, El Circo de la Mariposa, en donde un hombre que le faltaban los brazos y las piernas logra superar las adversidades y se reinserta en la sociedad. Cada alumno firmó una carta muy hermosa que dice: ‘Querida Nora, sabemos que podés cruzar la cordillera de los Andes; cuando creas no poder recordá la película. No tengas miedo nunca, nosotros también pensamos que no vamos a poder lograrlo pero lo intentaremos’. No les podía fallar”, confiesa a El Barrio. De esta manera, quedó sellado el compromiso y se embarcó en la aventura.

El viaje
Alrededor de 150 personas quedaron seleccionadas entre dos mil para realizar el viaje, que fue una imitación del que hizo el Libertador en todos los aspectos: se hizo a caballo y mula y junto a los expedicionarios acudieron médicos y un cura que dio misa todos los días. Al igual que el general, la vecina cruzó por el paso Los Patos, caracterizado por su dificultad y altura, lo que hace 200 años le permitió al prócer el “factor sorpresa”, ya que era impensado para el enemigo que llegara por allí. Una vez en el límite con el país vecino, Nora y sus compañeros se reunieron con un grupo de chilenos que estaban haciendo el mismo viaje, pero en sentido inverso.
“El micro nos dejó en un lugar en donde hacían más de 40 grados y pasamos a temperaturas de 19 bajo cero durante dos días. Hacíamos cabalgatas de 12 horas y parábamos cada seis para ir al baño. Claro que no había baños, ni siquiera piedras, solo pasto. No nos bañamos: algunos hombres se metían en algún río congelado, pero no era aconsejable porque había hasta animales muertos. Se hacían guisos y se llevaron alimentos no perecederos, como en la época de San Martín”, cuenta Nora, aún conmocionada por esta experiencia inolvidable.


Durante el viaje se vivieron momentos difíciles, marcados por las condiciones climáticas extremas, el estrés y un accidente. Según la entrevistada, las mulas son las que marcan el camino, ya que logran identificar si el paso es seguro. Pero hay un problema: en la fila india, ellas deciden quién puede ir atrás y adelante. “La mula ambulancia, que llevaba los medicamentos, en un momento se salió de la fila. Cuando volvió, vio que un caballo había ocupado su lugar. No le gustó y lo empujó por el precipicio, con un hombre arriba. Era uno de los que más rezaba… Y algo lo frenó. Tranquilamente se podría haber caído dos mil metros para abajo, pero sólo se dobló la muñeca”.
La fe y la religión ocuparon un lugar fundamental para Nora a lo largo del viaje: “Los rezos nos ayudaron muchísimo. En esos siete días lloré sin parar por miedo, vértigo, porque extrañaba a mi familia y hubo un gran contacto con Dios. Le pedí al padre Alejandro que me bendiga al caballo y me regaló una cruz. Recé mucho”. Había misa todos los días y, en una ocasión, la vecina pidió la guitarra: “Si intentaba acordarme en mi casa de las canciones de la Iglesia de cuando era chica, no lo hubiese podido lograr. Pero allá me acordé de todas, no sé qué pasó. En ese momento camina el cuerpo arriba del caballo y tu alma se va elevando en los recuerdos y en todo lo que es el contacto espiritual. Volví a mi casa sin un moretón: fue Dios que estuvo con el equipo y conmigo”.

Sueño y promesa cumplidos
Si hubo un lugar en el que se potenciaron todos los miedos de la vecina de Villa Urquiza, que trabajó varios años -vaya casualidad- en la Escuela Ejército de los Andes, definitivamente fue en el Paso del Espinacito: un cruce a más de 4.300 metros de altura en donde la falta de oxígeno se hace notar y el camino de aproximadamente 50 centímetros de ancho acelera las pulsaciones hasta de los más valientes: “Es como caminar por una pared a 45 grados. Fui rezando todo el trayecto. El tema era bajarlo después, había que hacerlo a tiro -caminando y llevando al animal de las riendas-. Me temblaban las piernas y me tuvieron que ayudar. Todo el tiempo pensaba en la carta de mis alumnos”.
Una vez en el límite con Chile las emociones “pegaron” fuerte, otra vez. Se hicieron presentes el gobernador de San Juan, Sergio Uñac; la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich; el ministro de Interior, Rogelio Frigerio; el Ejército Argentino y el alcalde de Putaendo -primer pueblo chileno liberado por San Martín-, Guillermo Reyes Cortez. También el grupo de chilenos que hizo el mismo viaje, pero en el sentido inverso. Se cantó la canción Los 60 granaderos y los himnos de ambos países y se realizó un intercambio de banderas.
“Fue tremendo, unas ganas de llorar constantes. Estábamos abrazados con nuestros compañeros. Hubo mucha unión porque San Martín, a diferencia de Napoleón, de Aníbal y otros grandes de la historia, no fue un conquistador; fue un libertador. Me emocioné tanto que estaba medio perdida, no recuerdo algunas cosas. Fue algo impensado para mí, a los 47 años, hacer el Cruce de los Andes. Lo logré para revivir la historia y para no fallarle a mis alumnos”.
Ahora, los chicos tienen un ejemplo a seguir. Y un pacto que cumplir.

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