Criada en el barrio, Eleonora Savio-Galimberti es una médica científica especializada en cardiología que viajó a los Estados Unidos para optimizar sus conocimientos. Desde el país del Norte impulsó un proyecto para crear un banco de datos de ADN en la Argentina con el fin de estudiar las arritmias cardíacas, que fue aprobado en marzo.

Por Pablo Riggio
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Los progresos de la medicina y de la bioingeniería podrán considerarse verdaderos logros para la humanidad cuando todas las personas tengan acceso a sus beneficios y dejen de ser un privilegio para las minorías”. La frase corresponde a René Favaloro, durante al Congreso de Bioingeniería de 1999. Es el mismo camino por el que transita Eleonora Savio-Galimberti, una vecina de Villa Urquiza que se recibió en la Facultad de Medicina y, tras especializarse en cardiología, se fue a vivir a los Estados Unidos para perfeccionarse -aún más- en el área. Desde allí impulsó la creación de un proyecto para formar un banco de ADN en la Argentina con el objetivo de estudiar la base genética de las arritmias cardíacas, que fue aprobado el pasado marzo. “Es un cambio de paradigma”, asegura.

Una heroína silenciosa
No tiene capa ni superpoderes. Tampoco aparece en las portadas de los periódicos masivos. A sus 47 años, la médica científica es dueña de un currículum admirable. Su formación comenzó en Bucarelli y Juramento, más precisamente en la Escuela Primaria Común N° 10 Ramón J. Carcano, para luego seguir en la Escuela Normal Superior N° 10 Juan Bautista Alberdi. Se recibió con Diploma de Honor en la Facultad de Medicina y ganó una beca para hacer su doctorado. Desarrolló la parte experimental de sus estadios en el ININCA (Instituto de Investigaciones Cardiológicas). Ganó el premio Facultad de Medicina a la Mejor Tesis en Fisiología y Biofísica Cardíacas, y otro de la IUPAB (International Union for Pure and Applied Biophysics), entre varios reconocimientos más.
Cuando comenzó a buscar lugares para entrenarse en ciertas técnicas en músculo cardíaco, se chocó contra una pared: no había institutos que cumplieran con sus expectativas en el país. Por eso encontró un lugar en la Universidad de Utah en los Estados Unidos. Después fue aceptada en el Fellowship de Farmacología Clínica de la Universidad de Vanderbilt, que se encuentra entre los cinco mejores programas de farmacología clínica del país del norte, y luego hizo el Fellowship de Investigación en Medicina Cardiovascular, entre muchos otros estudios.
“Usé todas las técnicas en las que fui entrenada durante mi doctorado y mi entrenamiento postdoctoral para aplicarlas a la caracterización e identificación de los mecanismos celulares que participan en la generación y el mantenimiento de distintas arritmias cardíacas. Me estoy focalizando en la fibrilación auricular -la que le diagnosticaron a principios de junio al presidente Mauricio Macri-, que es la arritmia cardíaca más frecuente”, indica a El Barrio desde Chicago.
Uno de los proyectos al que le ha dedicado su tiempo y conocimientos comprende la generación de un banco de ADN en la Argentina para estudiar las bases genéticas de las arritmias. “El ADN es el material genético que codifica y regula la expresión de gran parte de los componentes de las células de nuestro organismo. Este proyecto se ha desarrollado en colaboración con el Hospital de Clínicas de la UBA y mi laboratorio en los Estados Unidos. A fines del año pasado lo presentamos para la creación formal del Programa de Cardiología Genética”, indica la actual Instructora en Cardiología de la Universidad de Illinois. Ante su sorpresa, en pocos meses se le dio el visto bueno: “En forma casi increíble, se aprobó en marzo y ya es una realidad. El Dr. Mariano Duarte, el Dr. Claudio Yaryour -ambos del Hospital del Clínicas- y yo somos los directores”.
Según su testimonio, este innovador proyecto abre las puertas a un nuevo abordaje de las cardiopatías, en donde se van a considerar los componentes genéticos que pueden contribuir a la ocurrencia de una determinada enfermedad en el corazón del paciente y de su familia: “Este abordaje permite mejorar la elección del tratamiento de la enfermedad dependiendo de la base genética que presenta cada individuo y, de esta forma, personalizar el tratamiento”.
“La Argentina está 25 años atrás respecto de otros países como los Estados Unidos en términos de medicina personalizada y genética y más aún en el área de enfermedades cardíacas. Así que la creación de este programa en la Argentina realmente representa un cambio en el paradigma de cómo se estudian y se tratan estas patologías. La idea de la creación formal del programa es también comenzar a enseñar a los médicos e integrantes del sistema de salud para que incorporen herramientas de medicina personalizada aplicada a la cardiología”, estima la vecina, quien se considera “cien por ciento urquicense”.
Respaldada por su amplia trayectoria y formación, asegura que el proyecto que dirige va a propulsar el desarrollo de las medicinas preventiva y personalizada: “Ambas áreas van a beneficiar al sistema de salud porque se va a poder optimizar la prevención y el tratamiento de patologías complejas como las arritmias y las cardiopatías”.

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El corazón late por Urquiza
Junto a sus padres, su hermano mellizo Alfredo, su hermana mayor Andrea y su perro pequinés Pelusa transcurrió gran parte de su vida en Villa Urquiza, hasta que se mudó a los Estados Unidos. De su niñez recuerda los paseos en familia en la feria que se armaba sobre la calle Mendoza, antes de que se construyera el bulevar: “Ahí encontrabas de todo: desde fruta y verdura súper frescas hasta pollo, pescado, quesos, dulce de leche, carteras, collares y flores. Otros clásicos eran ir a caminar por la Av. Triunvirato y comer una picada en un bar que estaba en la esquina de Olazábal, The Friends”.
Como tantos otros vecinos, Eleonora disfrutaba el Teatro 25 de Mayo, el corso en Triunvirato, andar en bicicleta por el barrio y la heladería Italia: “Ese era un programa fijo con mi papá y mi hermano Alfredo, especialmente durante diciembre y enero”. Y sigue: “Para los cumpleaños, Pascuas, Navidad y Año Nuevo íbamos a comprar los ingredientes que necesitábamos para preparar tortas, budines y galletitas al supermercado El Tropezón, que era -y sigue siendo- nuestro supermercado de cabecera. Otro plan de los sábados era ir a un local sobre Triunvirato que bautizamos como ‘La casa de los caramelos’, lo más cercano a la fábrica de dulces de Willy Wonka: su nombre real es Demetrio. Además, cuando se inauguró el Parque Sarmiento fuimos con mi mamá y mis hermanos. Íbamos a patinar, a veces a una de las piletas y a correr. Para Navidad y Pascuas, a la Iglesia del Carmen. ¡Por Dios, cuántos recuerdos! La lista de ‘aventuras por el barrio’ puede ser interminable”.
Radicada en Chicago al momento de la entrevista con este periódico, ya está familiarizada con muchas costumbres norteamericanas, aunque hay ciertos hábitos a los que no logra adaptarse: “Creo que lo más complicado es la comida. Los ‘gringos’ comen muy mal y demasiado. También es difícil la ‘liviandad’ en cuanto a las relaciones interpersonales y la desaparición de la familia como célula básica de la sociedad. Las definiciones de ‘familia’ y ‘amistad’ en Estados Unidos no tienen nada que ver con las nuestras”. En ese sentido, concluye: “Extraño a mi familia y juntarme con ellos a cenar, así como una charla tranquila con amigos. Extraño las librerías y los cafés de Buenos Aires. Extraño la primavera, los jacarandás en flor sobre la 9 de Julio, el Obelisco y el Teatro Colón. Y, por supuesto, extraño al barrio donde crecí”.

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