Hace casi un siglo, Juan Bautista Borra y Enrique Broszeit fotografiaron el barrio desde el cielo. Los vuelos datan de la década del 20, poco tiempo después de que se inventara la aeronavegación. Por este motivo, fueron expediciones cargadas de aventura, en las que ponían en riesgo sus propias vidas. Ambos vecinos del barrio, lograron captar increíbles tomas de la Plaza Echeverría, la Av. Triunvirato y el tranvía de la calle Capdevila, que hoy compartimos en homenaje al 132º aniversario del vecindario.


Por Tomás Labrit y Javier Perpignan
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Apenas dos décadas después de la invención del aeroplano, y un siglo antes de que se crearan los drones, dos audaces fotógrafos argentinos lograron tomar el primer conjunto de imágenes aéreas de la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. La historia nos remite a los años cercanos a 1925, con Juan Bautista Borra y Enrique Broszeit como protagonistas. Para nuestro orgullo, además fueron vecinos de Villa Urquiza y Coghlan respectivamente.
Durante los vuelos, en los que pusieron en juegos sus propias vidas, captaron impactantes tomas de la incipiente villurca, donde se puede observar a una arbolada Plaza Echeverría, la traza de la Av. Triunvirato, el paso del tranvía por la calle Capdevila y varias instituciones que hoy siguen funcionando, entre otros elementos del paisaje. En esta edición compartimos de manera inédita algunas de esas postales, en homenaje también al 132° aniversario de Villa Urquiza, celebrado último 2 de octubre.

Precursores
En los años posteriores a la Primera Guerra Mundial (1914-1918), el mundo registró una serie de importantes avances tecnológicos y científicos, la mayoría de ellos derivados de desarrollos con fines bélicos. Estos sucesos tuvieron gran repercusión popular en nuestro país, particularmente en Buenos Aires, por ejemplo con la naciente actividad de la aviación, que había sido creada a principios de siglo en Estados Unidos por los hermanos Wilbur y Orville Wright.
Juan Bautista Borra fue uno de los tantos chicos que se sintió atraído por esa corriente y ya desde pequeño frecuentó el ambiente aeronáutico. Por caso, a los 12 años presenció desde el Parque Aerostático de Belgrano el ascenso del globo Pampero, que se perdió y nunca más hubo noticias de su paradero. El hecho ocurrió el 17 de octubre de 1908 y, lejos de amedrentarlo, lo incitó aún más a ejercer su vocación cuando fuera mayor.
Ya de adolescente, por pedido de su madre prometió que no sería piloto sino acompañante, actividad que de todas maneras no dejaba de ser riesgosa. “En los años 20 la providencia lo conectó con Enrique Broszeit, con quien selló una amistad que fue robustecida con el paso del tiempo y el desarrollo de sus pasiones comunes: la aviación y la fotografía, esta última todavía en ciernes en el caso de mi padre”, cuenta su hijo Juan Carlos Borra, arquitecto de profesión.
Ambos frecuentaban los aeródromos de Castelar, Lugano y San Fernando. Fue la calidad técnica alcanzada por Broszeit, quien ya trabajaba con éxito en el ámbito de la fotografía, la que impulsó aun más a Borra a profundizar en esta actividad. “Eran dos jóvenes ante la posibilidad excepcional de volar, teniendo en cuenta la época y la falta de recursos económicos para solventarlo -explica Borra-. La mayoría de los vuelos eran casi recreativos, en calidad de acompañantes de los pilotos amigos. A veces, cuando podían, aportaban algún dinero proveniente de sus trabajos particulares -la fotografía en tierra en el caso de Broszeit y el oficio de tipógrafo en el de mi padre- pero siempre prevaleció en ellos el espíritu bohemio”.

Juan Bautista Borra, el aeronauta Jorge A. Luro y Enrique Broszeit.

Malabaristas en el aire
Como casi todos los aviones que utilizaba este dúo eran biplaza, eso determinó que nunca volaran juntos, ya que ninguno de los dos había completado la preparación como piloto: pese a ser socios, las tareas fotográficas eran individuales. “Las condiciones de aquellos vuelos eran precarias y el instrumental de navegación, rudimentario: sólo se contaba con brújula y nivel, más un altímetro y algún otro elemento complementario -describe Borra-. Tampoco existían comunicaciones radioeléctricas, pronósticos meteorológicos específicos, cartas de navegación ni demasiada experiencia en la materia. Incluso se volaba sin paracaídas, en general con ropas de calle -pocos usaban las adecuadas- y antiparras, porque se trataban de aviones biplanos con cabina abierta. Era en estas adversas condiciones que el fotógrafo estaba obligado a efectuar esfuerzos considerables para obtener las fotos”.
Los registros eran de tipo oblicuos, con voluminosas y pesadas cámaras comunes con negativos de vidrio de gran formato, efectuados en general desde unos 250 a 500 metros de altura, aunque las postales más panorámicas del centro de la Ciudad de Buenos Aires requirieron ascender hasta los 1.600 metros. Los vuelos partían mayormente del aeropuerto de San Fernando y exigían maniobras arriesgadas, muy escarpadas, para lograr las fotografías. Había otro detalle no menor: como los aviones de más de 90 HP (caballos de fuerza) estaban fuera de su alcance, los que volaban Borra y Broszeit tenían apenas 55 HP, potencia que en la actualidad es fácilmente duplicada por un auto estándar de calle.
“Hay que tomar en cuenta, además, que no disponían de dispositivos amortiguadores ni estabilizadores que contrarrestaran las vibraciones del avión o las producidas por el mismo viento sobre la cámara -amplía Borra -. Para pequeños aviones, desde los cuales se tomarán fotografías generales, hoy se consideran condiciones mínimas de vuelo la visibilidad igual o mayor a 16 kilómetros, el cielo totalmente despejado o con escasísimas nubes y un viento de no más de 15 kilómetros por hora, entre otras cuestiones. Pocos de los puntos señalados, o las más de las veces ninguno, se cumplían en los vuelos de este dúo de entusiastas aficionados, pese a lo cual lograron fotografías de gran definición y técnica”.

Bordeando la Plaza Echeverría, donde todavía no se hallaba en monumento a Urquiza, se puede observar una formación del tranvía Lacroze en la calle Capdevila.

Joyas fotográficas
El resultado del heroísmo de Borra y Broszeit fueron cientos de registros aéreos, en su mayoría de puntos clave de la Ciudad de Buenos Aires como la Plaza de Mayo, el Congreso y los lagos de Palermo, además de ciudades como Mar del Plata, distintos partidos bonaerenses y otros paisajes de nuestro país, por ejemplo las Cataratas del Iguazú.
Aunque siempre predominó en ellos el espíritu amateur, algunos de los trabajos fueron especialmente realizados para empresas particulares, como constructoras de vías férreas o de rectificación del Río Riachuelo, así como también para dueños de cascos de estancia o revistas especializadas en la actividad aeronáutica y diarios como La Razón, La Nación y La Prensa. “Más allá de estas tareas particulares y de la vital colaboración de los pilotos amigos, nunca recibieron apoyo, financiación o auspicio de ninguna repartición oficial -aclara Borra-. En general hacían fotografías simplemente para ejemplificar lo que se observaba desde el aire, algo que no era para nada común en los años 20. Para ellos era como un juego”.
Al margen de estas aventuras, Broszeit desarrolló en la década del 20 una intensa actividad fotográfica individual, con domicilios comerciales en Congreso 3834 y Melián 2845, ambos del barrio de Coghlan, mientras que Borra incursionó en la publicidad aérea, prestando servicios para empresas líderes de la época tanto en la distribución de volantes impresos -su primer oficio había sido la tipografía e impresión- como en el lanzamiento de objetos mediante paracaídas de papel de seda y la exhibición de leyendas comerciales de productos de importantes firmas, tales como Terrabusi. Incluso llegó a hacer propaganda aérea durante la noche, con equipos luminosos.

Panorámica del barrio de Villa Urquiza, con la traza de la Av. Triunvirato como guía. En el extremo superior derecho se encuentran los terrenos donde se levantaría Parque Chas.

Dos amigos se separan
Juan Bautista Borra fue vecino de Villa Urquiza durante prácticamente todos los años 20, con domicilios en las calles Bucarelli, Andonaegui y Pacheco, y trabajó además en el desaparecido Cine Teatro “9 de Julio”, que se encontraba en Bauness y Monroe. Junto con los mencionados estudios comerciales ubicados en Coghlan, Broszeit también vivió en ese barrio en la década del 30, en una casa ubicada en Iberá y Tronador que hasta hace unos años existía.
“Como mi padre dejó de volar en 1933, perdió contacto con su socio y amigo, a quien volvió a ver recién en 1938, pero ya cuando ambos habían dejado la actividad de la fotografía aérea. En esta parte de la historia perdimos referencias y noticias de Broszeit, aunque se presume que existieron reuniones entre ellos por algún tiempo más, quizás hasta 1940”, aventura el hijo de Borra.
Hacia 1935 su padre se afincó en Marcos Paz, localidad de la Provincia de Buenos Aires, donde retomó sus tareas en el campo de la imprenta y continuó trabajando como fotógrafo social. En 1937 inauguró su propio estudio, en el que ofrecía registros de diversa índole: reuniones y eventos sociales, fotos carnet, fotografía policial y periodismo gráfico, ámbito en el que ejerció además como cronista todoterreno.
Fue corresponsal acreditado en esa localidad de la popular revista Caras y Caretas y además envió sus trabajos a la revista porteña Ahora y los diarios La Razón y Crítica en ocasión del ciclón que devastó a ese pueblo en 1940. También destacado colaborador de Noticias Gráficas, falleció en ese rincón bonaerense en 1964 y su estudio dejó de funcionar al poco tiempo.

Otra joya fotográfica: así lucía Villa Urquiza, desde el cielo, en la década del 20.

El detalle de las fotos
El crecimiento vertiginoso y, podría decirse, desmedido que sufrió Villa Urquiza en estas últimas décadas dificulta pensar cómo fue la fisonomía y la vida de los urquicenses hace casi un siglo. Sin embargo, estas viejas tomas aéreas obtenidas entre 1923 y 1925 por Borra y Broszeit son un testimonio invaluable de un barrio que no había llegado a los cuarenta años de vida y nos permiten ubicar lugares que aún sobreviven al paso del tiempo y también descubrir cómo eran otros que ya no están.
Comencemos el reconocimiento visual por la Plaza Echeverría, que ocupa un lugar central en las postales que ilustran esta nota. Todavía no estaba instalado el monumento al Gral. Urquiza y en su lugar se hallaba el mástil, que actualmente está ubicado en la plazoleta de Tomás Le Breton y Bauness. Bordeando la plaza, por la calle Capdevila, una formación del tranvía Lacroze deja la sensación de avanzar lentamente (los testimonios de la época aseguran que era bastante ruidoso).
Triunvirato estaba densamente arbolada y, en la esquina con Rivera, puede apreciarse nítidamente el edificio de la escuela de William Morris, donde hoy se encuentra el Colegio Reconquista, cuyo edificio se construyó en 1935. Siguiendo por Triunvirato camino hacia Monroe, ya estaba funcionando el colegio Conservación de la Fe y la Parroquia Nuestra Señora del Carmen todavía presentaba su antigua torre, mucho más baja que la actual, que recién se levantó en 1937. En diagonal hacia Cullen se puede notar la primitiva sede de la escuela “Juana Manuela Gorriti”. Para esa época, en Triunvirato y Roosevelt ya estaban el Banco Nación y el edificio de viviendas contiguo levantado por el arquitecto Máximo Gasparutti, quien todavía no había realizado su obra cumbre: el Cine Teatro 25 de Mayo, de Av. Triunvirato 4444.
Cruzando Roosevelt hacia las vías del ferrocarril, se aprecian la estación y enfrente un galpón. Esa manzana luce muy despoblada, en tanto que Monroe ya tenía una serie de construcciones, algunas de las cuales perduran en la actualidad. Un buen ejercicio de observación es descubrir cuáles son las que permanecen en su cruce con Bucarelli. En Blanco Encalada, entre Triunvirato y Bauness, sobresalen elegantes palacetes, corroborando el carácter más sofisticado de la ex Villa Modelo, antigua denominación de esa zona antes de unificarse con General Urquiza. Siguiendo por Triunvirato hacia Chacarita notamos que muchas cuadras estaban bastante urbanizadas, aunque las edificaciones no superaban los dos pisos. Sin embargo, a medida que nos alejamos, la urbanización cede ante importantes extensiones de tierras.
Como se sabe, Villa Urquiza finaliza en la calle La Pampa, pero en 1925 no había comenzado el loteo de los campos de Francisco Chas, que luego dio origen a Parque Chas. Estas imágenes nos permiten apreciar el aspecto rural de la zona, antes del nacimiento del gran laberinto de Buenos Aires.
Como conclusión, podemos decir que estas fotos del barrio coinciden con los testimonios orales y escritos: casas bajas, calles de tierra, mucho descampado y frondosas arboledas. Además, agregan un detalle curioso si se piensa en el ajetreo diario en que se convirtió la zona: la bajísima presencia de personas y autos.
Dice Borra al respecto: “Hay cierto consenso en que, salvo en las zonas muy céntricas y de gran movimiento por trabajos y diligencias varias, en esos años y en ciertos barrios no solían registrarse gentíos salvo en los horarios de traslado de personas a sus trabajos, en general en horas tempranas o al atardecer, para realizar compras o llevar a los chicos a las escuelas”.
Y cierra, resaltando el legado del trabajo de su padre y Broszeit: “Produjeron en el campo de la aerofotografía civil documentos visuales de la mayor importancia, considerando también su contexto histórico. Si bien Buenos Aires fue la ciudad más fotografiada desde la época del daguerrotipo, abordaron el registro desde un punto de cámara inusual y posibilitaron la inclusión de grandes áreas urbanas. Además, debe tenerse en cuenta que se realizaron sin el apoyo del Estado ni de repartición o empresa alguna, sólo motorizadas por el entusiasmo hacia la fotografía y la aviación, y poniendo en riesgo sus propias vidas, ya que en esa época eran corrientes los accidentes graves. Podemos afirmar que estas imágenes son el testimonio conmovedor de la doble pasión por la aviación y la fotografía de estos dos amigos. Y lo único que nos queda de aquellas epopeyas”.

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