Alfredo Noceti

Alfredo Noceti lleva más de siete décadas viviendo en Coghlan, barrio del que es historiador.

(Edición del Mes: 3 Año: 2000 )

Alfredo Noceti lleva más de siete décadas viviendo en Coghlan, barrio del que es historiador.

Marcelo Benini

Alfredo Noceti

“COGHLAN ES UN BARRIO DORMITORIO”

Alfredo Noceti lleva más de siete décadas viviendo en Coghlan, barrio del que es historiador. Recientemente fue premiado por el Gobierno de la Ciudad con el título de Vecino Ejemplar en reconocimiento a su labor comunitaria. “El único mérito que tengo es no sacar a los perros a hacer sus necesidades en la calle”, aclara con humildad.

Marcelo Benini

Algunos días antes de que Coghlan celebrara 109 años de existencia visitamos en su casa de la avenida Congreso a quien más conoce su historia, a quien la palpó de cerca durante 72 años, a quien tiene una frustración pese a la alegría por el nuevo aniversario. “Siento que nunca podemos celebrar esa fecha porque la gente siempre está afuera, de vacaciones. Recuerdo que el centenario del barrio lo festejamos tres personas con una botella de sidra en la sede de la Asociación Amigos de la Estación Coghlan. No se trata de una fecha que concite tanto interés como para que la gente deponga otras actividades”, reflexiona el profesor Alfredo Noceti. Luego de residir los primeros cinco meses de su vida en Anchorena y Arenales, llegó a Coghlan el 14 de julio de 1928. “Fue en los días previos a que se instalaran los monjes capuchinos en Tamborini y Naón, antes Forest y Guayrá -evoca Noceti-. Ellos querían bautizar al barrio con el nombre de San Francisco de Asís, pero la iniciativa no prosperó”.

Nos cuenta que el único medio de transporte que Coghlan tenía en sus orígenes para viajar hasta el Centro era el tren. Recién en 1916 aparecieron unos “breaks”: uno iba desde Cabildo hasta Triunvirato por la calle Monroe y otro lo hacía por Nahuel Huapí. Por esta última calle tendieron los rieles del tranvía en 1923; en su esquina con Donado puede verse todavía un tramo al desnudo. Después llegaron el ómnibus y el colectivo. Aunque no lo recuerda, Noceti sabe que en 1931 hubo un hecho trascendente para el barrio: el ferrocarril eléctrico reemplazó al de vapor. “Me sorprendió hace poco ver en Retiro las mismas formaciones de aquella época, vagones del año ’16 que todavía están rodando. Este dato da la pauta de que las inversiones de TBA no fueron demasiado generosas”, comenta el profesor. Sus primeras imágenes nítidas del barrio datan de 1933, año en el que la avenida Congreso estaba adoquinada y las calles Washington y Melián tenían tramos de tierra.

De todo un poco

“Coghlan es un pedacito de Villa Urquiza, de Belgrano, de Núñez y de Saavedra. Lo defino como un barrio dormitorio, porque sus habitantes trabajan fuera de él y regresan a la noche -señala Noceti-. Antes de hacerse la nomenclatura de 1968 una vereda de la avenida Congreso marcaba el límite de Saavedra y la otra el de Belgrano. Quizá por eso Roberto Goyeneche siempre dijo que vivió en Saavedra, pero la verdad es que murió sin enterarse de que pertenecía a Coghlan. Primero residió en Avenida del Tejar 3050, entre Quesada e Iberá, y luego lo hizo en Melián entre Iberá y Tamborini. Sus seguidores montaron un show en torno a la supuesta saavedridad de Goyeneche. Platense tampoco es de Saavedra, sino de Núñez, y de allí pasó a Vicente López”. Además del “Polaco”, Coghlan tuvo otros habitantes ilustres: en el Pasaje Sócrates e Iberá vivió el poeta Julián Centeya, en Rivera y Melián el pedagogo Athos Palma y en Manuel Ugarte y Naón Horacio Guarany.

-¿Qué opina del cambio de denominación de las calles?

-No me gusta. Bien o mal, las calles recibieron un nombre y deben conservarlo. Esto fomenta el desarraigo, aunque no sea un efecto inmediato. El caso de la Avenida del Tejar fue curioso dentro de la nomenclatura urbana, porque el nombre recordaba un combate heroico en el Alto Perú donde las fuerzas patriotas fueron derrotadas. La denominación data de 1904 y era muy linda porque correspondía al antiguo camino de las tropas. También se está perdiendo la identidad en los barrios con la desaparición de los clubes sociales, que no eran más que la institucionalización de la barra de la esquina, que durante la crisis de los años ’30 los muchachos tuvieron la posibilidad de alquilar una casa por muy pocos pesos. El año pasado cerró Gimnasia de Coghlan, en Washington y Quesada, que se había fundado en 1937. Ya fue rematado y demolido.

En el nombre del padre

Desde siempre, la gran pasión de Alfredo Noceti fue la historia, sobre todo la argentina. En 1947 empezó a escribirle a Fernando Ochoa, un recitador radial cuya familia vivía cerca de Monroe y Burela, y lo hizo ininterrumpidamente hasta 1954, cuando apareció la televisión. Luego empezó a interesarse en la historia de la provincia de Buenos Aires, de la Capital Federal y de los barrios. “Veía las transformaciones que producían y que nadie tomaba cuenta de ello. De lo general llegué a lo particular. Pero trabajé toda mi vida en Nestlé, donde me jubilé en 1988. Casualmente hay una fábrica en Coghlan, la primera que tuvo el barrio, desactivada en 1973. Otras empresas importantes fueron Sedalana -en cuyo predio estuvo Zenith y ahora están haciendo el Norte- sobre la que en 1934 se detuvo el Zeppelin”, enumera Noceti. Uno de sus colaboradores más apreciados para reconstruir la historia de Coghlan fue su padre Luis, que murió en 1991. “Siento mucho su pérdida”, reconoce.

En 1985 Noceti se incorporó a la Junta de Estudios Históricos de Belgrano y dos años después se encontró con Horacio Puccia, uno de los grandes historiadores de Buenos Aires. Este le sugirió fundar la Junta de Coghlan y Noceti consultó la idea con Luis Alposta, el historiador de Villa Urquiza. La iniciativa se concretó en julio de 1988 y sus integrantes empezaron a desarrollar la historia del pequeño barrio, recopilada a partir de los datos aportados por los vecinos. En 1991 editaron una publicación dedicada al centenario de Coghlan, gracias al apoyo de la Junta de Estudios Históricos de Buenos Aires y a un subsidio facilitado por el entonces concejal Norberto La Porta, y posteriormente realizaron un video. En pocos días más verá la luz un libro editado por el Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires. “Pero hay que reconocer que se trata de apenas una crónica, porque los barrios nuevos como Coghlan no tienen demasiada historia”, explica Noceti.

El historiador considera que Buenos Aires creció muy poco en 300 años. “El límite establecido por Garay era lo que hoy es la Av. 9 de Julio y en la época de Rosas llegó a Callao -explica Noceti-. La expansión llegó después de 1870. Cuando en 1880 se capitaliza Buenos Aires los límites eran el arroyo Maldonado, las calles Córdoba, Medrano, Castro Barros, Venezuela, Boedo y Sáenz y el Riachuelo. Con la incorporación en 1888 de los pueblos de Flores y Belgrano sumó dos tercios de su superficie. Es decir que el Buenos Aires actual tiene poco más de un siglo. Una particularidad: la ley se firmó en setiembre de 1887 pero el traspaso se efectivizó en febrero de 1888 porque Joaquín Sánchez, el intendente de Buenos Aires, quería festejar el último carnaval en el Belgrano autónomo”.

Para Noceti la historia argentina guarda episodios que fueron confundidos con gestas, como la Conquista del Desierto, a la que define como un paseo militar. El trabajo sucio ya lo habían hecho Villegas y otros, que fueron antes con el mauser y el telégrafo nada menos. Al pobre indio, que tenía apenas la lanza y el caballo, lo barrieron. Roca se tomó el piróscafo el 1 de abril y el 25 de mayo estaba en Río Negro culminando la campaña. Un poco culpable de todo esto fue Sarmiento, quien confundió barbarie con nativismo. El creía que en lugar de tomar mate el hombre de campo debía beber café, como había visto en París. Nuestros políticos tenían la mirada enfocada en Europa y no veían que atrás tenían en desierto”.

Quizá en mérito a tanto saber, Alfredo Noceti fue distinguido el 18 de enero por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires con el título de Vecino Ejemplar. “Me nombraron Vecino Ejemplar por mi trayectoria y la obra histórica, pero en realidad creo que el único mérito que tengo es no sacar a los perros a hacer sus necesidades en la calle o que toda la vida pagué los impuestos -aclara con humildad-. Yo tengo arriba una caja a la que llamo ‘el arcón de las vanidades’, donde guardo todas las distinciones. Y los diplomas están más arriba, enrolladitos como me los dieron. No soy amigo de hacer cuadros”.

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