Chicos que recuperaron la calle

En
contra de los tiempos actuales, dominados por la tecnología y las
conversaciones virtuales, hay una cuadra en Villa Urquiza que antes del
anochecer se ve poblada por niños, pelotas y triciclos. Los impulsores de esta
idea reviven su propia infancia y aseguran que el objetivo es “alejar a los
chicos del encierro y la televisión”.

En contra de los tiempos actuales, dominados por la tecnología y las conversaciones virtuales, hay una cuadra en Villa Urquiza que antes del anochecer se ve poblada por niños, pelotas y triciclos. Los impulsores de esta idea reviven su propia infancia y aseguran que el objetivo es “alejar a los chicos del encierro y la televisión”.

Los chicos corren por la vereda. Se suben a sus triciclos y juegan una carrera. Uno le comparte una galletita a su vecino. A una nena la empujan y se pone a llorar, pero su amigo se acerca y la consuela. Sus padres aprovechan para charlar un rato y relajarse después del trabajo, para luego volver a su hogar y bañar a los niños. Son las seis y media de la tarde en Villa Urquiza y no, no es una postal de mediados del siglo pasado. Es febrero de 2016, los autos colapsan las principales avenidas del barrio y las calles están pobladas por individuos que van de un lado para el otro mirando su celular.

Un grupo de personas decidió detener el tiempo, ponerle un freno a la dinámica con la que se vive en el siglo XXI y volver a una de las viejas tradiciones, tan común en un barrio como Villa Urquiza. Con el correr de los años y principalmente por la inseguridad, los niños perdieron la costumbre de jugar en la calle después del colegio, así como los padres dejaron de tener contacto con sus vecinos. Los edificios fueron el principal enemigo del “cara a cara” en la vereda y la bicicleta y la pelota fueron reemplazadas por el celular y la televisión. Sin embargo, en Tomás Le Breton, entre Pacheco y Colodrero, los vecinos retomaron este estilo de vida ya extinto…

Una vieja película, pero a color

“Esto arrancó en la primavera del año pasado. Estábamos en el departamento con mucho calor y bajamos para jugar con mi nena en la vereda. Después bajó otro de los vecinos con su hijo y luego se sumó otro. El portero, que es muy buena persona, ayudó a cuidar a los chicos, quienes le tienen mucho afecto. Y así se fue dando, no hubo nada premeditado. Los que no nos pudimos ir de vacaciones estamos pasando el verano en la vereda, que es más fresco que estar encerrado”, dice Leonardo, mientras le echa un vistazo a su hija, Catalina, quien no para de correr a metros de la entrada a su edificio sobre Le Breton.

Leonardo fue uno de los primeros en sumarse a esta movida que añora las épocas de quienes vivieron su infancia en Villa Urquiza. Casualmente, muchos de sus vecinos del edificio también tienen hijos pequeños -casi todos entre uno y tres años- y se fueron sumando. Tanto los chicos como los padres comenzaron una buena relación y no tardaron en armar un grupo de Whatsapp para coordinar estas juntadas. Ahora, ya son casi religiosas: de lunes a viernes salen a la vereda del edificio alrededor de las 18.30 de la tarde y se quedan un rato junto a sus hijos. El grupo se unió tanto que hasta se reúnen en el SUM para hacer hamburguesas y meterse en la pileta.

“Me hace acordar a cuando yo era chico y jugábamos a la pelota en la vereda todo el tiempo. Los chicos se divierten”, indica Matías, papá de Antonella, quien también anda correteando por ahí. “Los tiempos cambiaron, hoy los nenes están todo el día con la Play y eso no va a dejar de suceder cuando crezcan un poco más. Pero la idea mía es que por lo menos pueda jugar con una bicicleta y disfrutar un poco. Yo vengo de un barrio de zona norte y mi infancia también la pasé en la calle. Hoy los tiempos cambiaron y con la inseguridad necesitás más recaudos, pero intentamos darles un poco de diversión a ellos”, agrega Leonardo.

Asimismo, Fernando, padre de Renzo, agrega un dato importante: “Con esto se mantiene la esencia del barrio. Obviamente cuidamos de cerca a los chicos, pero es un rato bueno que pasamos tanto ellos como nosotros”. Hay un acuerdo tácito entre todos los presentes: siempre tiene que haber por lo menos un padre de cada chico. De esta manera, junto con la mirada atenta del portero, no hay riesgos de accidentes. Porque, claro, como dijeron los entrevistados, las cosas cambiaron y por más que se quieran revivir viejas épocas los chicos tienen que estar bien acompañados. “La idea es mantener los códigos de convivencia. Juegan una hora y media y después se sigue con lo cotidiano: subís, los bañás, a comer y a dormir. En vez de tomar la merienda y quedarse mirando la tele, los chicos comparten unas galletitas entre ellos mientras juegan y listo. Compartir es algo muy importante”, le asegura Matías a El Barrio.

Buenas intenciones

Mónica, la mamá de Federico, dice que el objetivo que persiguen consiste en que los chicos puedan disfrutar de un rato al aire libre y de la compañía de sus amigos, al tiempo que se los aleja de la tele y del encierro. “Acá estamos en un barrio, por eso también es posible. En otros lugares quizás es más complicado, pero acá no hay problemas”. En ese sentido, Matías recuerda: “Eramos chicos y cortábamos el pasaje Islandia para quedarnos jugando a la pelota y al ring-raje hasta las diez de la noche. Estábamos más en la calle que en la casa. Con esto que estamos haciendo, lamentablemente, algunos vecinos se quejan: dicen que no les gusta que los chicos estén en la calle, que es desprolijo u ordinario. Hay una pareja a la que le molesta y sólo estamos de 18.30 a 20. Además, cuando llegue el otoño y el invierno casi no vamos a estar porque anochece temprano”.

Esta actividad también fortaleció la relación entre los propios padres. Leonardo y Matías comparten palier y ya se conocían, pero se hicieron más amigos y también se empezaron a relacionar con los otros vecinos del edificio, quienes están en la misma sintonía porque tienen niños de edad parecida. “Las madres están al tanto del grupo de Whatsapp, se hablan por ahí y organizan juntadas”, dice, entre risas, Matías. En ese sentido, Romina, madre de Renzo, asegura que “al vivir en un edificio necesitás más espacio para que el nene juegue”, entonces, esta actividad es más que satisfactoria para toda la familia. “Nos llevamos muy bien con todos, pero lo importante es que los chicos disfruten. Se armó un muy buen grupo”, asegura.

Una curiosidad sobre esta actividad, que ya lleva varios meses, es que algunos vecinos de los edificios de la cuadra decidieron sumarse. Ese es el caso de Maximiliano, por ejemplo: “Soy del edificio de al lado. Un día pasé y vimos que estaban jugando los nenes así que nos sumamos. Es agradable para ellos. Además, uno se siente identificado porque cuando era chico también jugaba en la calle”.

Comentarios Facebook