Cuando Villa Urquiza olía a Tutti Frutti

En el terreno donde hoy funciona la sede del CBC conocida como “Drago”, en Holmberg y Roosevelt, se elaboraron durante casi cuarenta años los célebres chiclets Adams.

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(Nota publicada en la edición de diciembre de 2015)

Desde 1985, la sede Leónidas Anastasi del CBC de la Universidad de Buenos Aires atrae diariamente a miles de jóvenes a Villa Urquiza. Conocida como Drago, dado el nombre homónimo que lleva la estación del Ferrocarril Mitre ubicada a tan sólo unos metros, se trata de un lugar lleno de historia que, seguramente, es recordada por aquellos vecinos que cosechan por lo menos cuatro décadas de vida en el barrio. Algunos, incluso, dicen que todavía se puede percibir el olor a tutti frutti en los rincones de la construcción, que fue renovada para cumplir sus funciones educativas pero que conserva la forma y la esencia de la reconocida fábrica de Chiclets Adams.

El fundador de la marca es Thomas Adams, quien se encargó de popularizar el chicle a fines del siglo XIX. En la Argentina comenzó a operar el 29 de noviembre de 1937, mientras que el edificio de Holmberg y Roosevelt fue construido en 1942. Allí funcionó la fábrica hasta fines de los años 70. Amenazada por el trazado de la ex Autopista 3, cuya construcción nunca se llevó a cabo, la fábrica se mudó a Escobar, pero poco tiempo después cerró sus puertas. Los llamados Chiclets se fabricaron en la Argentina hasta 1997 y en el 2000 Adams dejó de hacer todas sus golosinas en el país. A fines de 2002 el gigante británico Cadbury compró la compañía por 4.200 millones de dólares.

Amor a primera vista

Aquellos que transcurrieron su infancia en el barrio seguramente tendrán recuerdos de la fábrica y del rico olor que de ella emanaba. Muchos hasta conservan viejas fotos en blanco y negro. Pero hay algunos que todavía tienen vivas y coloridas imágenes de lo que había en ese terreno de Holmberg y Roosevelt. Son vecinos que trabajaron allí varios años, a mediados del siglo pasado, y que fueron testigos del crecimiento de la empresa, al igual que de tantas otras que florecieron en una época marcada por los beneficios excluyentes para las compañías nacionales y sus trabajadores.

La historia de Carlos Carpanzano con la fábrica de chicles comenzó cuando tenía tan sólo diez años. “Había ido con mi madre a visitar a una amiga de ella a una casa ubicada a 50 metros de allí. Era un domingo y estaba cerrada. Toqué timbre y salió un señor mayor. Era mi tío abuelo, Domingo, jubilado y sereno del edificio. Me hizo pasar y me dio un tour por el lugar, enseñándome las máquinas y todo el proceso de fabricación: desde la goma arábiga en bruto, el estirado y saborizado de goma, hasta la formación de planchas marcadas o raviolitos, que se separaban al ponerlas a girar en las pailas que le daban la cobertura de azúcar y el sabor”, recuerda este vecino sobre la experiencia vivida hace medio siglo, pero como si hubiese sido ayer. Y sigue: “Luego me mostró las máquinas dobladoras que hacían el envasado en las cajitas de a dos o diez unidades. Pasé por los depósitos, la caldera y las oficinas y salí muy contento, con todos los bolsillos del pantalón repletos de cajitas de chicles”.

No es casualidad que Carlos sienta tanta emoción al recordar su primer paseo por Adams. Algunos podrán pensar que hay una cuestión genética en el fondo o que tal vez se trate del destino. Lo cierto es que seis personas de su familia trabajaron allí: “Creo que el primero fue mi padre. No conozco muchos más datos porque murió cuando yo tenía tres años, pero se lo contó a mi madre y tengo alguna foto que conservo de él. Según ella, antes de enfermarse, la compañía le había propuesto formar una empresa independiente para almacenar y distribuir la mercadería. En eso estaba él, muy entusiasmado, cuando lo atacó el cáncer y murió en once meses”.

Miles de trabajadores de distintos puntos de la Ciudad y el Gran Buenos Aires fabricaban en Villa Urquiza los famosos chiclets Adams.

El tío de Carlos, Oscar, también pasó por Adams. Allí conoció a Elsa Marrone, quien años después pasaría a ser su mujer. Según el relato de la señora de 89 años, su acercamiento a la empresa se dio cuando una prima la fue a visitar a su casa y le recomendó probar suerte en la fábrica. Ante la negativa de su padre -hay que trasladarse más de seis décadas atrás, cuando el rol de la mujer todavía estaba muy vinculado con las tareas del hogar- lo convenció para “ir a probar”. Una vez que conoció el lugar, no dudó sobre lo que tenía que hacer y así fue cómo comenzó a trabajar en la fábrica a mediados de la década del 40 y por casi 30 años: “Era una familia, como si estuviese en mi casa. Había respeto entre todos, nos ayudábamos mucho. Era gente muy bien educada, un lugar divino para trabajar”.

Un tercer testimonio nos brinda el recuerdo de la fábrica desde adentro. Se trata de Nelly Ruscio, vecina de Villa Pueyrredon, quien ingresó a los 22 años en 1968 y se quedó hasta mediados de la década del 70. Al igual que sus ex colegas, no duda en afirmar el cariño que siente por la vieja Adams: “Tengo maravillosos recuerdos. Era un lugar muy lindo, con un comedor precioso, y muchas mujeres trabajando con las que me llevaba muy bien”.

Un día en Adams

El edificio, que data del año 1942, tiene una estructura racionalista con signos de art decó (figuras geométricas y planas). En la planta baja se ubicaban las viejas oficinas, en el primer piso se realizaba el envasado y en el segundo tenía lugar todo el proceso de elaboración. Tiene una estructura de 2.800 metros cuadrados de hormigón. Está claro que al momento de diseñarlo nunca se tuvo en cuenta que se convertiría en una sede universitaria. Se entraba a las siete de la mañana y se trabajaba hasta las 12 del mediodía. Los que vivían cerca se volvían a sus casas a almorzar, mientras que los demás se podían quedar en la fábrica. A las dos de la tarde los empleados volvían a entrar y se quedaban hasta las seis. “Hacíamos nueve horas para no trabajar los fines de semana. De todas formas, los que querían tener horas extra se anotaban en una lista para ir también los sábados”, recuerda Elsa.

Cuando se hace un esfuerzo por recordar o imaginar las fábricas de aquella época, lo primero que se viene a la mente es un gran galpón oscuro y frío. Pero quienes pasaron por Adams pueden asegurar que no hay nada más lejos de la realidad. Moderno para mediados del siglo pasado, siempre contó con calefacción central y amplios ventanales por los que entraba la luz del sol. Y, por supuesto, estaba perfumada con un olor muy particular. “Siempre había olor a menta en la parte de arriba, donde preparaban las esencias para el recubierto. Los que trabajaban en ese sector procesaban la goma y les tiraban fibra y por eso salía el olor por las ventanas. Al principio era de menta, pero después se sumó el naranja y el tutti frutti, entre otros, dependiendo del gusto que tendría el chicle. La gente que se subía al tren en Drago decía “qué rico olor a menta”. Pero el olor no era sólo el que salía por los ventanales, sino que también lo teníamos los empleados: ¡aunque te bañaras se quedaba en la ropa! Era hermoso, sinceramente no hay palabra para describirlo”, dice Elsa, emocionada.

A los 17 años, en la década del 60, Carlos comenzó a trabajar en Adams como cadete. Estuvo poco más de cinco años y veía las cosas desde otra perspectiva: no estaba todo el día dentro de la fábrica, sino que se encargaba de los mandados y conocía la empresa mejor que nadie. Por las mañanas tenía que pasar -a mano, obviamente- las facturas de las ventas del día anterior. Luego iba al Microcentro para depositar cheques en los bancos City y Boston: “En mis últimos tiempos de empleado recuerdo que la fábrica sumó un gran terreno en Munro. Parecía que iba a seguir creciendo, porque por Holmberg iba a pasar la autopista, algo que finalmente nunca se hizo. Además tenían la administración en Gallo y Sarmiento, barrio de Abasto”.

Por su parte, su tía Elsa y también Nelly trabajaron en la máquina dobladora (la lógica indica que se cruzaron, pero no lo recuerdan), en donde se cortaban las cajas que contenían dos y diez pastillas. Su trabajo era el típico de la época en una fábrica, en el que había que controlar que la correa por donde pasaban las cajitas no tuviese problemas. Luego incluían los chicles en el paquete correspondiente: de a pares en las cajitas de dos unidades y de a decenas en las de diez unidades. Según las palabras de Nelly, “lo importante era estar atentos y ser rápidos porque tenías que ser productivo, ya que nunca se frenaba la máquina”. Además, recuerda que en el mismo piso podía haber hasta 50 personas trabajando a la vez.

Tras el cierre de la planta de Adams, la Ciudad le otorgó el predio a la UBA y desde 1985 es una de las quince sedes donde se cursa el CBC.

Un verdadero hogar

La célebre fábrica de chicles tuvo su auge en el marco de un Estado que actuaba de garante de los derechos sociales y civiles. El trabajo, que llegó en los años 40 y 50 a un porcentaje de la población mucho más elevado que en cualquier otro momento previo en la historia del país, pasó a ser “la segunda casa” para una consolidada clase media. Un caso particular se da en Adams, ya que sus trabajadores afirman que era “un verdadero hogar”.

Había un interés real de parte de la empresa en hacer sentir a gusto a sus empleados. Se trataba de una novedad, una modalidad que sorprendía a los empleados acostumbrados a soportar los embates de un capitalismo que, en su afán por aumentar la productividad, necesitaba del trabajo incansable de las fábricas. Se trataba, sin dudas, de la máxima expresión del Estado de Bienestar que buscaba insertar a más personas al sistema de producción. Por eso, Elsa recuerda con felicidad cuando todos los días, a las diez de la mañana, le servían en la cafetería un té con galletitas. La escena se repetía a la tarde con la merienda. Hasta se acuerda del gerente Johnson, quien tocaba la campana en los recesos. Carlos, por su parte, se llena de orgullo por la ayuda que recibió su familia tras el fallecimiento de su padre.

“Adams era una empresa muy buena, teníamos buenos sueldos. Recuerdo que daban dos fiestas por año en lugares como Nino, de Olivos. A mi madre, por ejemplo, le obsequiaron un Rolex como premio por sus 25 años de trabajo. Además, cuando ella quedó viuda le daban el sueldo de mi padre como si estuviese trabajando y luego la incorporaron a la empresa”, recuerda Carlos. “Las fiestas que organizaban eran espectaculares. Había mozos y todo. A cada empleado le dejaban plata debajo del plato. En una de esas fiestas conocí a Oscar, con quien después me casé. De ahí salieron como dos o tres matrimonios más. Se tenía una confianza con la gente que ahora ya no existe”, relata Elsa. Asimismo, Carlos muestra una curiosa foto de su padre del año 45. Junto con sus compañeros en Adams, festejaban el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Si bien el clima era distendido, los jefes estaban siempre alertas al desempeño de los empleados en horas laborales y no permitían ninguna distracción. Tal es así que Nelly nunca se olvidará del día en el que la “agarraron” charlando con una compañera y la “castigaron”. Algo que parecería imposible que sucediera en estos días: “Yo era muy jodona y estaba charlando tanto que me vio la jefa. Me mandó a un tambor lleno de chicles que se habían mezclado y los querían reutilizar. Me tuve que poner a masticar toda la mezcla para ver si predominaba más la menta o el mentol. En un momento le tuve que decir “¡basta que me descompongo!”.

Elsa y Nelly se fueron de la empresa cuando se casaron, algo bastante habitual para la época. “Además tenía que ayudar a mi mamá porque estaba sola. Si seguía trabajando era demasiado para mí. Me fui por fuerza mayor, porque la verdad es que hoy todavía sigo añorando aquellos años”, relata la tía de Carlos. El final de la historia de la fábrica es conocido. Durante la última dictadura militar se planificó la construcción de la Autopista Central 3 que pasaría por Holmberg, precisamente donde se encontraba la fábrica. Por lo tanto decidieron mudar la producción de los Chiclets a Escobar. Tras algunos años de abandono el lugar se convirtió en una sede de la UBA.

Al contrario de lo que suele suceder con muchas construcciones históricas, su estructura se mantiene casi intacta. La vieja fábrica aún hoy vive en el recuerdo de sus trabajadores y en el olor a tutti frutti que, dicen, todavía se puede sentir.

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