DE PUPITRES Y PIZARRONES

La rica historia de Villa Urquiza nos trae, en este comienzo de clases, los recuerdos de los orígenes educativos en el barrio.

(Edición del Mes: 3 Año: 2000 )

La rica historia de Villa Urquiza nos trae, en este comienzo de clases, los recuerdos de los orígenes educativos en el barrio.

Adrián Alauzis

En las escuelas públicas de Villa Urquiza se educaron varias generaciones de vecinos

DE PUPITRES Y PIZARRONES

La rica historia de Villa Urquiza nos trae, en este comienzo de clases, los recuerdos de los orígenes educativos en el barrio. Las escuelas Coronel Olavarría, Juana Manuela Gorriti, Gauchos de Güemes y Ejército de los Andes tienen entre 75 años y más de un siglo de existencia. Un homenaje a los pioneros de estas aulas.

Por Adrián Alauzis

Villa Urquiza tiene una rica historia, incluso si hablamos de colegios. La escuela Coronel Olavarría cumplirá este año 112 años, uno menos que el barrio. Su par Juana Manuela Gorriti ha completado 109 ciclos lectivos y colegios como Gauchos de Güemes y Ejército de los Andes festejaron el año pasado tres cuartos de siglo. En los párrafos que siguen hacemos un “repaso” de sus orígenes.

Dos colegios que hicieron escuela

La Escuela Nº 1 Coronel Olavarría fue creada en abril de 1888, se inauguró oficialmente en junio de ese año en el edificio de la calle 1 entre 5 y 6 de la entonces Villa Catalina y su primera directora fue Rosa Bardi, egresada de la Escuela Normal de Concepción del Uruguay. En 1891 pasó al local de la calle 9 y 3 (Colodrero y Roosevelt). En el libro Villa Urquiza, sus primeros cien años, de Héctor Arata, la ex alumna Teresa Delponti de Copello describe a la escuela: “Funcionaba en un gran solar donde había tres aulas y un gran patio con amplias galerías de chapas de cinc. Los pisos eran de ladrillo y había plantas y dos corpulentos árboles de magnolias; en el centro se destacaba un artístico aljibe cerca del cual las chicas jugábamos a la ronda. El cerco estaba cubierto por madreselvas en flor”. En 1910 adquirió el nombre de José de Olavarría, que hoy conserva. En 1938 la escuela se trasladó a su locación actual, en Triunvirato y Nahuel Huapí. En los primeros años asistían a clases nada más que 33 alumnos y casi una década después la cifra trepaba a un número cercano al actual: 200 alumnos. Hoy es dirigida por María Isabel Curto.

El barrio estaba naciendo en esa época y todo esfuerzo se reducía al trabajo de los pioneros, de los fundadores. Al año siguiente de la inauguración de este colegio centenario, el Ferrocarril de Buenos Aires inauguraba en el kilómetro 13 de su ramal Rosario la estación Villa Catalinas, la actual Villa Urquiza del ramal Mitre. La tarea de la comunidad siempre resultó fundamental en el desarrollo de las escuelas. Sin ir más lejos, el origen de la Escuela Nº 2 Juana Manuela Gorriti se debe a los integrantes del Consejo del Distrito 16, quienes elevaron un pedido a las autoridades del Consejo Nacional de Educación. La creación de la escuela fue aprobada en marzo de 1891 y tres meses más tarde se iniciaron las clases -bajo la dirección del maestro Ramón Arrieta– en el local de la calle 1 Nº 264 (hoy Roosevelt 5065). A primer grado asistían 30 chicos y a segundo 28. En 1892 la escuela se trasladó al inmueble de la Calle 2 Nº 259 (hoy Cullen 5052) y cuatro años más tarde se instaló entre las calles 2 y 8 (hoy Cullen y Triunvirato), su sede definitiva. El 3 de febrero de 1912 la escuela fue bautizada con el nombre de Juana Manuela Gorriti y ese mismo año elevada a la categoría superior.

Gauchos, cordilleras y maestros

En el caso de la Escuela Nº 17 Gauchos de Güemes, inaugurada el 16 de setiembre de 1924 y ubicada en Tamborini y Triunvirato, el protagonismo de los padres a través de la Asociación Cooperadora se vio reflejado en el mantenimiento y mejoras del edificio escolar, que es el mismo desde sus orígenes. La misma Cooperadora colaboró con la biblioteca de la institución, que actualmente cuenta con casi tres mil libros. El nombre de Gauchos de Güemes traduce un poco la personalidad del colegio y resulta interesante la alusión de su directora, Susana Barbieri, a esa identidad en su discurso con motivo de los 75 años de su fundación: “Encuentro cierta similitud entre las acciones silenciosas de estos gauchos y la de los maestros. Aquellos aguerridos hombres se preparaban para salvar al país del invasor español. Nuestros maestros se preparan con verdadera vocación para salvar al país de la ignorancia”.

La Escuela Nº 16 Ejército de los Andes tiene una historia que también comienza hace 75 años y alcanza para ilustrar los comienzos de cualquier empresa educativa. Como muestra basta un botón, dicen; puede ser: tal vez en la sencilla y rica historia de este establecimiento educativo se reflejen los tortuosos y a la vez gratificantes caminos de la educación. Ubicada en Triunvirato 4247 y actualmente dirigida por Angélica Rosa Pérez, fue fundada el 11 de agosto de 1924 con la asistencia de autoridades como el presidente del Consejo Escolar del Distrito Nº 16, Alfonso Ratto. La directora, María Ponsico, realizó la apertura de las clases con una inscripción de 150 alumnos distribuidos en cinco secciones de grado, sólo en el turno tarde. A partir del 10 de setiembre de ese mismo año comenzaron las clases en el turno mañana con cuatro secciones de grado y 111 alumnos. Al mes siguiente el aumento del alumnado fue tal que se hizo necesario crear una nueva sección de grado en el turno mañana. La Directora, entonces, solicitó la provisión del cargo de Vicedirectora y la primera en ocuparlo fue Elisa Díaz Galván.

Dificultades de presupuesto

A partir del año 1925 comenzaría una lucha que puede ser, hoy, el fiel reflejo del combate presupuestario de la educación. Ese año la Directora solicitó la ampliación de la Escuela, que por entonces llevaba el nombre de Gobernación de los Andes. El pedido no tuvo éxito y, a pesar del aumento de alumnos, se las ingeniaron para seguir ofreciendo las comodidades necesarias para el proceso de enseñanza-aprendizaje. Dos años más tarde la escuela recibió como donación un piano y una bandera de seda para los actos públicos. En 1930 se organizó la biblioteca con 104 volúmenes iniciales, de los cuales 69 eran libros de lectura de primero a sexto grado. Esta era una buena razón para reiterar el pedido de ampliación; aún así, éste también fracasó. Al no disponer de lugar para instalar la biblioteca, la Dirección resolvió que en cada salón se dispusieran pequeñas bibliotecas con libros proporcionados por maestros y alumnos. Las colecciones organizadas se colocaron en estantes especiales.

Recién en 1938 comenzó la expansión tan solicitada, trece años después del primer pedido. Se amplió la dirección y se construyeron aulas para primero y sexto grado. Las obras comprendieron también la sala de ilustraciones, la vivienda para el casero y un amplio patio. En 1944, año del vigésimo aniversario, la escuela contaba ya con siete secciones de grado en cada turno y la Asociación Cooperadora comenzó a ocuparse de los niños necesitados proporcionándoles ropa, calzado, anteojos y libros, entre otras cosas. También le aportaron a la escuela elementos de utilidad, como estufas a kerosene. En sus inicios, la Cooperadora proveyó de un vaso de leche al alumnado y luego sólo hizo reparto de pan, facturas y golosinas en las fiestas patrias.

Cuestión de nombre

Un piano, una bandera. Parecen cosas menores, no dignas de mencionar en un artículo, pero sin embargo es de lo que está hecha la materia corriente, la del trabajo común. Cuando tras largos años de lucha por una conquista se consigue alcanzar una meta, siempre surge la necesidad de ponerle el nombre a toda la tarea. La escuela se llamaba Gobernación de los Andes, pero como la Gobernación a la que hacía alusión había dejado de existir hace tiempo se propuso el nombre de Ejército de los Andes. Se aceptó y la celebración correspondiente se realizó en octubre de 1968 con representantes del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín, Escuela Sargento Cabral y Regimiento Patricios. También hubo delegaciones de las embajadas de Chile y Perú. El acto fue conducido por el popular locutor (en aquel entonces) Emilio Ariño.

Tal vez se trataba de una época de unificación, en la que mencionar la palabra “ejército” seguida de “escuela” no producía escalofríos y San Martín representaba la unión entre los países del Cono Sur. No podemos negar que hoy decir Chile es pensar en problemas y que allá, tras la Cordillera, pronunciar Argentina genera un abucheo (como sucedió en el Festival de Viña del Mar). Ni hablar de Perú, para muchos sinónimo de delincuencia. Hoy todo lo que podría estar junto no lo está. No es añoranza, es sólo observación. Ese mismo nombre de Argentina que llenaba de orgullo a San Martín es hoy motivo de vergüenza, exceptuando el deporte. Ocurre que un nombre es la etiqueta que culmina el trabajo conjunto y no a la inversa. No es el nombre el que une, sino la unión la que genera los nombres. No es este un discurso patriótico, pues, al fin de cuentas, qué es la patria y de qué puede servir una frontera sino para separar. Sin embargo, sólo el trabajo conjunto parece prometer horizontes de progreso y, no obstante, la escuela está sola. Los padres la esquivan, a los chicos no le agrada, el Estado no la tiene como prioridad y… Y ya no queda nadie.

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