Editorial

La decadencia de los servicios públicos

(Edición del Mes: 8 Año: 2002 )

La decadencia de los servicios públicos

Editorial

La decadencia de los servicios públicos

Desde hace algún tiempo los usuarios de los diferentes servicios públicos que se prestan en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires vienen advirtiendo un palpable deterioro de su nivel. Privatizados a comienzos de la década pasada a cambio de migajas, trenes, subtes, teléfonos, electricidad, gas y agua evidencian hoy el desgaste de una explotación que, lejos de haber reinvertido las utilidades, sólo se preocupó por esquilmar a sus clientes. Los trenes ya no garantizan puntualidad inglesa y además incluyen menos vagones que los obligatorios. Los subtes redujeron su frecuencia, hacinando cada vez más a los pasajeros y desmintiendo el supuesto ahorro de tiempo publicitado por Metrovías. El teléfono ha dejado de ser una necesidad para convertirse en un lujo, por sus tarifas prohibitivas, pero encontrar en la calle uno que funcione es casi una hazaña. La electricidad, el gas y el agua tampoco lograron escapar a esta creciente decadencia y muestran peligrosos signos de abandono.

Sin embargo, los concesionarios de estos servicios reclaman con insistencia un ajuste que compense las pérdidas millonarias que les ocasionó la devaluación del peso. Argumentan compungidos que están endeudados en dólares y que para hacer frente a sus obligaciones económicas necesitan incrementar las tarifas. Para ganarle la pulseada al Gobierno, mientras esperan una respuesta, optaron por desmejorar la atención del usuario. Como si considerarse víctimas de una injusticia los habilitara para cambiar unilateralmente las reglas de juego establecidas en los contratos de concesión y operar a media máquina. Estas empresas vivieron la Fiesta de la Convertibilidad y ahora no están dispuestas a arremangarse como el resto de los argentinos, quienes están aprendiendo que para estimular el consumo no hay que aumentar los precios. Mucho menos deberían hacerlo entonces empresas que durante una década lo hicieron con bastante frecuencia, amparándose por ejemplo en las cláusulas de indexación de los Estados Unidos.

Esta falta de sentido común, que lamentablemente es moneda corriente entre nosotros, se enmarca dentro de la avanzada berretización del país. El descenso de la calidad de vida de los argentinos ya alcanzó a los servicios públicos, esgrimidos desde siempre como símbolo del “éxito” de la administración menemista. Hoy todas esas empresas, que en pocos años recuperaron varias veces su inversión original, lloran miseria y muestran balances en rojo para legitimar nuevos incrementos tarifarios. Es tarea de todos oponernos a sus desmedidas pretensiones y exigir por lo que pagamos, es decir servicios públicos de excelencia.

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