La obra pública bien hecha tendría que durar años, incluso décadas. Sin embargo, en tiempos de campaña, estas tareas se refuerzan tanto que en ocasiones resultan hasta innecesarias y sus resultados son ineficientes. Esto ocurre sobre todo en lo referido a la pavimentación de calles: algunas se hacen más de una vez, pero otras son descuidadas.

Por Sergio Calandra
fiscal@periodicoelbarrio.com.ar
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Hay señales irreprochables para el ciudadano que camina por las calles a diario, que le permiten intuir qué está sucediendo en la economía y también en la política. Uno de los indicios de que la actividad económica fluye bien en la Argentina es por ejemplo cuando tenemos que hacer largas colas para cargar combustible en las estaciones de servicio, al margen de que la cantidad de bocas de expendio ha disminuido notablemente por la aparición de nuevos emprendimientos inmobiliarios.
Hoy en día es normal poder cargar sin tener que esperar mucho tiempo, sinónimo de que no se utilizan tanto los vehículos por la crisis económica actual, sumado a la suba de los peajes y de los estacionamientos y a los cambios de hábitos de quienes antes utilizaban sus vehículos diariamente y ahora están optando por el transporte público o por el uso de la bicicletas particulares y Ecobicis.
Otra señal que también vemos en tiempos de bonanza económica es el famoso asado de obra, que los trabajadores de la construcción realizan en horas del mediodía cuando la actividad está pujante. Muy esporádicamente podemos encontrar estas parrillas improvisadas al paso, que a más de uno les genera deseos irrefrenables de entrar a la obra y pedir que le conviden un pedacito.

Asfalto para todos
En términos políticos, un indicio que anticipa la llegada de las elecciones en la Ciudad es la pavimentación de calles y el arreglo de veredas. De más está decir que estas obras son bienvenidas y nadie se opone a ellas, ya que mejoran la calidad de vida ciudadana; lo que no se entiende es el criterio utilizado para llevarlas a cabo. En ocasiones vemos que se vuelven a asfaltar aceras que ya habían sido reparadas recientemente y a simple vista no necesitaban una nueva intervención. Conviven así, a poca distancia, las recién pavimentadas con las viejas y adoquinadas, que presentan parches, hundimientos y pozos varios.

Nahuel Huapí volvió a ser asfaltada desde Álvarez Thomas hasta Constituyentes, pero las calles paralelas desde hace tiempo reclaman una reparación.

La calle Nahuel Huapí, desde Álvarez Thomas hasta casi Avenida de los Constituyentes, en Villa Urquiza, es el más claro ejemplo de cuando se asfalta a nuevo una calle que no lo necesitaba ni presentaba mayores inconvenientes en su estado general para la circulación vehicular. Sin embargo, las calles paralelas Dr. Pedro Ignacio Rivera y Tomas Le Bretón piden a gritos y desde hace décadas una reparación, ya que no pueden ser utilizadas con normalidad sin que el vehículo y sus pasajeros sufran un andar muy desparejo y a los saltos. Incluso la calle Rivera, que es transitada a diario por vehículos pesados y múltiples líneas de colectivo, todavía conserva en su trazado las vías del tranvía, que pasaba por la zona allá lejos en el tiempo.

Calles “jorobadas”
Así como se están reasfaltando innecesariamente muchas calles, hay otras que fueron mal hechas o bien tendrán algún tipo de “embrujo”, ya que en sus laterales presentan grandes jorobas que se degradan cada día un poco más por el paso de los vehículos. Encontramos estas deformaciones -de larga data- en varias cuadras a lo largo de la calle Lugones entre Nahuel Huapí y Pedro Rivera y desde Monroe hasta la calle La Pampa, siempre en Villa Urquiza.
Cabe recordar que por Lugones circulan las líneas de colectivo 93 y 140, siendo quizás el gran peso de sus unidades la causa principal por la que se arrugan y aparecen estas extrañas malformaciones. Sin embargo, en toda la ciudad hay miles de calles similares a esta por la que pasan colectivos y hasta camiones pero que nunca ni tan recurrentemente se deforman de esta manera.

En la calle Lugones, entre Rivera y Nahuel Huapí, estas jorobas a los costados de la calzada son verdaderas trampas para los automovilistas y ciclistas.

El riesgo de esta situación es que algún conductor pueda morder las elevaciones y perder el control de su vehículo, impactando sobre los que se encuentran estacionados y, en el peor de los casos, atropellando a algún peatón desprevenido. El peligro corre también para los ciclistas y personas con discapacidad que utilizan sillas de ruedas, bastones o muletas y deben bajar de los vehículos haciendo malabares para no caerse.
En estos casos también se torna muy complicado poder estacionar en paralelo al cordón o bien ingresar a los garajes particulares sin golpear la parte baja de los vehículos. Quizá esta columna ayude a rever qué materiales se están utilizando cuando se realizan reparaciones -a veces provisorias y a las apuradas- para finalmente hacerlo de manera eficiente y definitiva y así destinar los recursos públicos en donde realmente hacen falta

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