“El Flaco era un tipo común y sencillo”

Daniel Ponce atiende desde el 2000 la panadería de Iberá y Pacheco, a metros de la casa donde vivía Luis Alberto Spinetta. Así lo recuerda a poco de cumplirse ocho años de su muerte.

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Daniel Ponce atiende desde el 2000 la panadería de Iberá y Pacheco, a metros de la casa donde vivía Spinetta. Entre facturas y cuernitos entablaron una estrecha relación, a punto tal que lo invitaba a sus recitales y lo mencionaba en los agradecimientos de sus discos. Además le dio un particular apodo, “Bill Evans”, por sus manos de pianista para amasar. Así lo recuerda a poco de cumplirse ocho años de su muerte.

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

 “Ya lo estoy queriendo,
ya me estoy volviendo canción,
barro tal vez…”

Parece mentira, pero en los próximos días se cumplirán ocho años de la muerte de Luis Alberto Spinetta. El Flaco dejó este mundo el 8 de febrero de 2012, con apenas 62, pero su recuerdo sigue presente en sus admiradores y también en los vecinos que tuvieron la fortuna de tratarlo personalmente. Uno de ellos es Daniel Ponce, el panadero de Iberá y Pacheco, que por su proximidad con la casa del músico entabló una estrecha relación que traspasó los límites del mostrador. “Para mí era un amigo”, dice.

-¿Cómo fue que conociste al Flaco?
-La primera vez que lo vi fue en el ‘92. Yo vivía a mitad de cuadra de acá y lo vi en la parrillita de la esquina, sin saber que se había mudado al barrio. En ese momento le pedí un autógrafo para mi hija.

-¿Lo seguías, eras admirador?
-Sí, pero más fanático era mi hermano, que en una época trabajó conmigo en el local. La anécdota quedó ahí hasta que, años después, en el 2000, abrí este negocio y empezamos a charlar cuando venía a comprar pan y medialunas. En realidad se acercó él más a mí, porque su figura me generaba respeto, pero enseguida me di cuenta de que era un tipo común, muy sencillo. Me acuerdo que para esta época del año solía sentarse en el umbral de su puerta, con shorcito, para charlar con la gente. Los chicos pasaban a tocarle el timbre y el salía y siempre algo les daba. Si estaba desocupado, atendía a todos.

-¿Con qué frecuencia venía a comprar?
-Dos o tres veces a la semana, cuando se reunía con sus músicos a ensayar. Los domingos venía siempre: se levantaba con todos los pelos parados y cruzaba a comprar medialunas de grasa y libritos. Hacía la cola pero nadie se animaba a saludarlo (risas).

-A vos te llamaba “El Bill Evans de los panaderos”, en alusión al célebre pianista de jazz. ¿Cuándo y por qué surgió el apodo?
-Fue en el año 2004. En esa época salía en Clarín el almanaque con todos los ídolos del rock argentino, uno en cada mes del año, entonces le pedí al diariero que me guardara el de Luis. Cuando vino al local se lo hice firmar y me puso como dedicatoria Para el Bill Evans de los panaderos, porque decía que tenía manos de pianista para amasar las facturas. Ahí me quedó el apodo. Cuando veo a los hijos también me llaman Bill.

-¿Vienen al barrio?
-De vez en cuando, antes los veía casi todos los días. Al que veo más seguido es a Dante, que cada tanto viene a ensayar al estudio y pasa a comprar facturas. A Vera, la hija menor, la conocí de chiquita y ahora ya tiene una beba.

El escritor Gene Less bautizó a Bill Evans (1929-1980) como “el poeta del piano”, debido a las hermosas construcciones melódicas que improvisaba. Décadas más tarde, Spinetta homenajeó con su nombre al panadero de Iberá y Pacheco.

-En febrero se cumplen ocho años de la muerte del Flaco. ¿Qué recordás de sus últimos días?
-No puedo creer lo rápido que pasa el tiempo, es increíble. Me acuerdo que una de las últimas veces que lo vi me contó que se iba a operar del huesito de la clavícula, porque le dolía de sostener tantos años la guitarra. Después empezaron los problemas de salud y se vino abajo. Ya hacia el final salía poco, se lo veía muy demacrado.

 -¿Cómo te enteraste de su muerte?
-Yo estaba en el local y veía a mucha gente en los alrededores de su casa. También estaba su médico, que siempre venía a verlo en moto. Había un movimiento raro. Acá algo pasó, pensé, y al ratito escuché por radio el anuncio de la muerte. Después se amontonaron muchas personas y decidí cerrar el local e irme, para que no me preguntaran por él. Estaba muy triste.

-¿Qué es lo que más recordás del Flaco?
-Las charlas, los pequeños actos.

 -¿Por ejemplo?
-Un día se estaba yendo de gira con sus músicos y le pidió al chofer del micro que parara en la esquina, así podía saludarme. Se bajó, me dio un abrazo y me dijo: Me voy tocar al norte, Bill, así que por algunos días no nos vamos a ver. Me impactó el gesto, quedó grabado para siempre en mi memoria. Otra vez yo estaba limpiando el auto afuera del local, un domingo al mediodía. Él justo salía también, paró atrás mío y me dijo Bill, me voy a ver a mi viejo, que no anda bien. Después nos vemos. Yo pensaba, ¿por qué me cuenta esto a mí, que no soy nadie en su vida? Todos los recuerdos que tengo de él son lindos.

La dedicatoria de Spinetta quedó sellada en un almanaque que el comerciante conserva en la pared del local.

-Es evidente el afecto que te tenía. En la entrevista que le hicimos, en 2008, te definió como un “pibe de oro”.
-Es un orgullo para mí, porque es una persona a la que admiraba y respetaba mucho. Aprendí a escuchar música gracias a él. De hecho, me mostraba sus CDs antes de que salieran a la venta y me mencionaba en los agradecimientos.

– Qué privilegio… ¿Te invitó a algún recital?
-A todos. En el primero que fui, en el Teatro Coliseo, le dedicó una canción a mi señora por su cumpleaños.

-¡Impresionante! ¿Estuviste en el último gran concierto que dio, en 2009, en la cancha de Vélez?
-Sí, también. Vino al local y me dio siete plateas, para que fuera con toda mi familia. En los cumpleaños también me hacía regalos. Por ejemplo una vez me regaló un charango, que tengo guardado en mi casa de recuerdo.

Tenés fotos con él colgadas en la pared del local, también.
-Sí, las sacamos en 2008 y 2009. ¡Qué fotos que tenés ahí, eh!, me jodía a veces. ¿Viste? Son dos genios, le respondía yo. También me pedía que le enseñara a hacer pizza. Pero Luis, vos estás para cosas mayores. ¿Qué te vas a poner a amasar? Dejate de jorobar, le decía yo (risas).

-¿Y, le enseñaste?
-No, porque justo empezaba con los shows y no tenía tiempo. Si yo en serio se lo proponía, seguro venía.

-¿Sentís su ausencia en el día a día?
-Sí, para mí es un amigo que se fue. No está presente su cuerpo, pero su alma siempre va a estar. Para nosotros, Luis sigue vivo.

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