Elizabeth Dellaguerra

LA MUJER DEL SIGLO

(Edición del Mes: 9 Año: 1999 )

LA MUJER DEL SIGLO

Elizabeth Dellaguerra

LA MUJER DEL SIGLO

Doña Berta nació en Calabria en 1899 y el 8 de julio cumplió cien años. El festejo al día siguiente convocó al barrio y a distintos medios periodísticos; hasta la televisión se acercó a entrevistarla. Su nombre es Elizabeth Gaiola Dellaguerra y llegó a nuestro país en 1926. Sus recuerdos y vivencias, en una charla para no olvidar.

Por Adrián Alauzis

Su marido estaba en Buenos Aires, junto con el de su prima, y se comunicaban por carta cada mes. En Italia tenía ocupación, pero quiso probar otro mundo. Sólo cuando consiguió un trabajo en Obras Sanitarias de la Nación le pidió a su esposa que viniera. Se instalaron en Villa Martelli, en una casa frente a la comisaría. Como estaba ocupada, durante dos meses tuvieron que parar en Cabildo y Republiquetas. “A mí allá no me gustaba porque había unos barriales que Dios mío, solo los caballos pasaban”, dice acerca de su hogar de Martelli. No había casas, era todo un campo. Avenida del Tejar era un camino de barro bordeado por yuyos y sina-sina. Los carros pasaban a golpe de fuerza. “Acá todo era quintas”, agrega. Ella tenía veinte años cuando se casó y veintisiete cuando vino a la Argentina. En ese entonces, 1926, el paisaje de Saavedra y Martelli era muy distinto: “No había luz eléctrica, pero en cada esquina había un farol que un hombre venía a prenderlo”, evoca. En Martelli estuvieron un año y recién entonces se mudaron a Saavedra. En esos años hubo un remate muy grande de terrenos y después el barrio creció.

Elizabeth Gaiola Dellaguerra, más conocida como Doña Berta, exhibe un aspecto jovial, saludable, que desmiente el siglo que acaba de cumplir el 8 de julio pasado. No tiene problemas en llevar una conversación y lo hace con su particular estilo, diciendo lo que opina sin rodeos y con su tonada de la Italia, de Calabria. En la extensa charla pudimos conocer sus vivencias y recuerdos, que descubren cien años de historia; la Primera Guerra Mundial, la aparición de la radio, los aviones y la televisión. Esos fueron los temas, que tratamos de reproducir conservando las propias palabras de Berta, aunque se nos pierdan en los escritos los tonos y matices de su voz.

El viaje

Mientras nos recuerda su viaje de Italia hasta Argentina, y al mencionar el avance de la tecnología, Doña Berta toma una postura decididamente: “A mí me gusta el barco, no el avión. Mire, si el barco se hunde usted tiene que saltar al agua. Quien sabe nadar, nada y se salva. Quien no sabe nadar, también está la lancha chiquita y se puede salvar. En vez el avión, fffttt… -silba haciendo un gesto de caída con la mano-, puf y listo. ¿No vio al norteamericano? (refiriéndose a John John Kennedy). No se pudo salvar. A mí me gusta el barco, además en barco uno ve todo, en el avión uno está encerrado adentro y no ve nada. El barco es más tranquilo, uno camina, mira el mar. Pero yo no sabía mucho cuando subí al barco en Nápoles, estaba cansada haciendo los papeles y con los chicos. ¿Cuándo subimos al barco?, me preguntaban. Cuando subí dije “qué tranquilidad”, pero después, al segundo día, caminaba por el pasillo y vi a uno tirado en el suelo. Me preguntaba: ¿Qué le pasa a éste?. Un poquito más allá vi a otra persona y a otra: ¿Qué pasa acá?. Al rato me agarró a mí”. Se refiere al mareo por las sacudidas del barco cuando estaba mar adentro. “A los chicos -aclara-, no les hizo nada”. Elizabeth se vino de Italia junto a sus dos hijos: Vicente, de dos años y medio, y Teresa, de cuatro años. “Los dos eran muy chicos y sufrieron mucho el viaje”, señala. Era un barco viejo y tardó 21 días en arribar a destino. “La comida era linda pero yo no comía nada, me tapaba la nariz porque no podía sentir el olor -cuenta Doña Berta-. Cuando llegamos, la alegría era inmensa, cantábamos y se bailaba”.

Costumbres argentinas

“Lo que no me gustaba de acá era la leche y el pan, porque la leche es de vaca y la que tomábamos en Italia era de chiva. Pasaba el lechero con su carro tirado por caballos. Al pan le encontraba otro gusto, pero después me acostumbré”, comenta Doña Berta. No es fácil, se sabe, estar en un país tan lejano y podemos convenir que Argentina estaba mucho más distante de Italia en esa época que hoy. El viaje se medía en semanas, las comunicaciones eran a través de cartas y las culturas estaban bien separadas. Respecto del idioma, aclara: “Me sentía fastidiosa porque no entendía lo que se hablaba, tenía que señalar al ir de compras. Yo me acuerdo, cuando recién vine a vivir a este barrio, que había dos casas vecinas en las que se pasaban hora tras hora con el mate en la mano y sentados en la vereda. ¡Qué feo eso! El mate me gusta, pero no tomarlo en la calle. Yo siempre fui una mujer de mi casa”. Bueno, las costumbres finalmente cambiaron y al último que se sentó a tomar mate en la vereda ya lo secuestraron.

La vida

“Tuve una vida tranquila, gracias a Dios. A lo mejor con problemas cuando los chicos eran chiquitos, porque estaba sola en Italia, no tenía a nadie. Pero bien, no como en otras casas que se pelean el marido, los hijos, todos; eso es espantoso. En mi casa no hubo eso, nosotros no conocemos peleas, fue siempre tranquilo. Gracias a Dios nunca tuve discusiones con nadie. Estamos bien, no sufrimos hambre”, asegura Doña Berta.

Ayer y hoy

“La gente salía más y estaba en la calle hablando hasta una hora entera, pero a mí no me gustaba eso. Yo prefería hacer los mandados y después la limpieza de la casa y listo. Prefería quedarme en casa, muy caradura no era. Lo de ahora no lo desprecio”, explica. Y refiriéndose a la forma de hacer las compras, da su opinión: “En ese tiempo alguien venía y tomaba los pedidos, pero creo que es mejor ahora que uno va y mira con sus propios ojos lo que quiere, no espera los pedidos”. No sólo las costumbres sino la manera misma de ser de las personas cambió radicalmente y eso Doña Berta lo percibe: “Antes eran más educados, más limpitos, ahora tienen ese pelo largo. Si subía una persona arriba del ómnibus con una criatura, se levantaban y le daban el asiento. Ahora se hacen los que duermen, pero es mentira, para no dar el asiento. Antes había más educación, ahora no: son todos caraduras”.

Cocina

“Cocino cualquier cosa, pero de lo que no se habla es de porotos. Puchero, hace años de años que no se cocina en casa. Me gusta todo, pero solamente los domingos hago los fideos; hay gente que los hace dos veces por semana, pero eso es mucho. Los días de semana hago una tortilla o arvejas frescas con pollo. Pero me tengo que sentar un poco mientras cocino, porque me cansa estar mucho tiempo parada”, reconoce Doña Berta. Según cuentan los vecinos, el plato que mejor le sale son las berenjenas. También le gusta hacer matambre y pizza, amasándola ella misma, aunque ahora no la hace muy a menudo porque le cuesta mucho trabajo.

Coquetería

“Yo nunca tuve la costumbre de pintarme, a la pintura le tengo asco. ¡Hay algunas que se pintan…! Mi cara fue siempre igual, nunca me pinté. En cambio, usar un poco de colonia, eso sí. Ahora usan un pincel para pintarse -exclama sorprendida-. También se ve esa gente con esos pelos largos: si yo tengo que viajar en el colectivo, no me siento al lado de alguien con pelo largo porque me junta los piojos. Ese, por más que se limpie, tiene piojos y los piojos crían liendres. Si estoy en el colectivo prefiero quedarme parada antes que sentarme al lado de uno de pelo largo, me da asco. Los aros en los varones, eso es peor todavía, esos son… no sé que decir, no se puede decir”.

Sobre vicios y consejos

Si de choque cultural se trata, no podíamos dejar de preguntarle a Doña Berta su opinión sobre los vicios de los jóvenes, de los bailes y, para terminar, pedirle que se atreviera a dar unos consejos: “Tomar mucho vino hace muy daño, fumar hace muy daño: hace doble daño, al bolsillo y a la salud. En cambio, bailar es divertirse, es lo más lindo de todo. Ahora la gente es más divertida que antes… hay más diversiones. ¿Consejos? Primero: que no fumen, ahora las mujeres fuman todas. Segundo: que no tomen mucha bebida. Después, que no se peleen; a veces van a casa ajena a tomar mate y a sacar el cuero unos de otros. Eso, nada más. Que piensen siempre para su casa, lo que tenés que hacer, nada más. Lo demás que no lo piensen”.

La Italia, la Guerra

“La tropa pasaba por el pueblo, pero la guerra no -cuenta Doña Berta recordando la Primera Guerra Mundial-. La comida la daban racionada, no se podía ir y comprar. Se iba con una libreta y te daban la mercadería: harina, fideo, arroz”. Los padres de Elizabeth Gaiola Dellaguerra tenían viñedos y ella era su única hija. “El vino de allá no era como el de acá, era puro”, critica sin empacho. “Se hacía con la prensa, también había máquinas para hacer el aceite de oliva, que caía por la canaleta como por una canilla. Allí era todo natural, porque todos tenían campo. Era lindo. No había televisión, ni existía la radio. El primer auto lo vi en Italia, el avión también. Ahora hay abundancia de todo; en esa época no. Pero igual se vivía bien, estaban acostumbrados”, ilustra.

Actualmente, cuando se levanta, Doña Berta no tiene demasiadas ganas de caminar porque teme caerse. Sus piernas se cansan, aunque su salud nunca la dejó. Con sus cien años, sólo fue operada de la vesícula y del apéndice. Hoy, una señora la ayuda en todo. Doña Berta no pensaba llegar a los 100 años, según sus propias palabras, pero los alcanzó. Una extraordinaria mujer que nació el siglo pasado y que, si la salud la guía otro año más, podrá conseguir la hazaña de haber vivido en tres siglos diferentes. El lejano 1899 en la Italia, el miedo al avión, las uvas de principios de siglo, el barco y su odisea de veintiún días, los faroles y la luz eléctrica, todo está en ella, todo brilla tranquilamente en esa larga mirada que vio tantas cosas.

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