Empezar de nuevo a 273 kilómetros de distancia: la historia de Carlos López

Vivió su infancia y adolescencia en Villa Urquiza, pero después de los 30 se instaló en Maipú para reconstruirse. Ex alumno de la Escuela Francisco Morazán, se emociona al recordar esa etapa.

Compartir:

Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

 

Una vieja película de Brian de Palma, Carlito’s way, muestra el camino errático de Carlito Brigante en busca de la redención. El devenir del protagonista de la historia, interpretado con sensibilidad por Al Pacino, nos enseña que muchas veces el contexto define a las personas y que las cartas que tocan en la primera mano condicionan el éxito en el juego.

Como el personaje cinematográfico latino, Carlos Isidro López vivió durante años atrapado por su destino. Para modificar el pasado debía, literalmente, comenzar una nueva vida. Ese volver a empezar se produjo a fines de 2001, pasados sus 30 años, a 273 kilómetros de distancia de Villa Urquiza, el barrio de su infancia y adolescencia…

Atrás quedaban un matrimonio precoz, un hijo pequeño y las malas compañías. La biografía actualizada dice que trabaja como profesor de educación física en la Municipalidad, que da clases particulares en un gimnasio y que emprendió con su madre y un hermano un negocio en el pueblo: la producción de huevos de campo mediante gallinas libres de jaula. Pero antes de llegar a ese punto hay una historia que contar.

Recuerdos de la Baticueva
Carlitos nació circunstancialmente en la provincia de Corrientes, en el seno de una familia pobre, pero vivió su infancia y adolescencia en una pensión de Villa Urquiza, un sótano oscuro de Congreso y Plaza al que un maestro definió sin tacto como “la Baticueva”. Igual que Bruno Díaz, el Batman psicodélico de esos años, López ocultaba ese refugio aunque por una razón distinta de la que motivaba al superhéroe televisivo: sentía vergüenza de que descubrieran su “escondite”.

El pequeño López encontró en la escuela pública Francisco Morazán, a dos cuadras de su casa, un inesperado refugio a esa vida de privaciones. Allí hizo toda la primaria durante la mañana, aunque en quinto grado decidió pasarse al turno tarde por el terror que le inspiraba un maestro de estilo represivo apellidado Pratti. Tras finalizar los estudios, no superó fácilmente la nostalgia de esos años: durante los primeros tiempos de egresado cantaba el himno a Morazán cada vez que pasaba frente al edificio de Pedro Ignacio Rivera y Plaza.

Carlos López, en una foto escolar de 1979. Siempre sintió al colegio Francisco Morazán como un refugio personal.

Carlitos se casó “de apuro” a los 20 años, sin trabajo, para evitarle a su novia la vergüenza de convertirse en madre soltera. Eran años donde las presiones familiares incidían en las decisiones personales. Después de la fiesta, la flamante pareja tuvo una modesta luna de miel: un par de noches en un hotel de Puente Pacífico. Luego, cada uno se fue a su casa porque no tenían una vivienda en común donde vivir.

“Yo me moría de vergüenza: me había casado y no tenía trabajo. Volví a la casa de mi vieja, en Plaza y Congreso. Era un conventillo donde se alquilaban habitaciones. Así viví durante dos años, hasta que pude juntar plata para alquilar con mi pareja. En esos tiempos me levantaba a las dos de la mañana y me iba caminando hasta el Centro, donde estaba la distribuidora de Clarín, a pedirle los clasificados al sereno. Buscaba trabajo de lavacopas en Villa Urquiza o Cabildo y me iba directo a hacer la cola”, relata Carlos.

También marcaba en el suplemento posibles trabajos para su esposa. Una vez le pasó el dato de la búsqueda de una aprendiz para hacer uñas esculpidas en Saavedra. “Siempre le reclamo que debería darme la mitad de lo que gana, ya que es su profesión actual -dice con humor-. Ella está bien, gracias a Dios. Es buena persona, después de separarnos rehízo su vida con una nueva pareja y tuvo dos hijas más. Yo en cambio no pude volver a formar una familia y a veces me agarra el bajón. Las enfermedades me restringen mucho. Uno saca cuentas y no dan los tiempos; a esta edad uno empieza a pensar en la finitud”. Carlos tiene artritis reumatoidea y problemas de cadera. “Hasta que un médico no descubrió el problema, no podía caminar ni levantarme de la cama -agrega-. Tampoco dormir por los dolores”.

Caída y resurrección
La culpa lo lleva a aceptarse como un mal padre y un mal esposo, defectos que atribuye al hecho de no haber podido procesar un matrimonio inesperado que lo condenaba a seguir siendo pobre. “Estaba siempre de mal humor -confiesa Carlos-. De chico me sentía mal porque no podía invitar a mis amigos a mi cumpleaños, porque vivía en una pensión. Todo lo que a vos se te ocurra, yo lo hice. A esta altura podría estar muerto o preso. Robé, me drogué y estuve en situaciones difíciles. Me peleaba en la calle y doy gracias a Dios de que nunca se me cruzó un loco como yo”.

Su mejor momento de esos años salvajes fue cuando a comienzos de los años 90 logró trabajar como playero en la YPF de Olazábal y Naón, pero también echó a perder esa oportunidad. “Ahí estuve muy bien, pero cuando vos venís en caída libre no te das cuenta. Mi sueño era terminar el secundario y hacer una carrera. Estaba resentido con la vida, empecé a tener crisis con mi ex y me mandé algunas macanas. Un día le pegué a un cliente”, recuerda con amargura.

En el año 2000, su madre y su padrastro -que tenía familiares en el pueblo- se mudaron a Maipú. Carlos decidió seguirlos al año siguiente, ya que se había separado de su esposa y estaba sin trabajo. En los buenos tiempos vivían todos juntos en dos casas contiguas, en el partido de San Martín, cerca del Gasómetro. “El día que fui a buscar las cosas para mudarme definitivamente no aparecía mi hijo, Lucas, que tenía 12 años -evoca-. Lo encontramos llorando en el fondo y no nos quería decir por qué. Después lo entendí: lloraba porque se estaba desarmando la familia”.

Los siguientes años de Carlos fueron difíciles. Se sentía responsable y dolido por la separación. “Vi todo lo que tenía cuando lo perdí -se lamenta-. En Maipú demoré cinco años en volver a tener amigos, no sabía lo que era que alguien me toque la puerta para tomar mate. Por eso me juramenté hacerle la vida lo mejor posible a mi hijo y estuve presente a la distancia. Él venía los días feriados y durante las vacaciones. A Maipú llegué sin nada. Lo único que tenía era un equipo de música, casetes grabados para hacer gimnasia y seis colchonetas que fueron mi cama durante cuatro años”. Tiempo después consiguió trabajo en la Municipalidad, pudo vincularse con un gimnasio -a cambio de un porcentaje- y al año alquiló un lugar propio. Actualmente vive en un club, con sus perros, donde además puede dar clases aeróbicas.

Su amor por los animales lo llevó a emprender un negocio avícola basado en la libertad de las gallinas ponedoras.

“Ahora tenemos este emprendimiento avícola que nos unió como familia. Mi hijo aportó cien pollitas que trajo de Buenos Aires y dinero para el gallinero, donde están muy cómodas. Son 140 gallinas ponedoras. Para septiembre pondrán 120 huevos diarios”, se ilusiona Carlos, que comercializa la docena a $ 100. Su proyecto se basa en gallinas libres de jaulas, para evitar el maltrato animal. Esa libertad los obliga a estar pendientes de que no ingresen animales depredadores, como zarigüeyas o hurones. Por el momento el negocio sólo permite pagar el costo del alimento.

Volver al pasado
A la distancia, a través de un grupo de WhatsApp, Carlos logró recuperar hace unos años el contacto con sus ex compañeros de la Escuela Nº 24 Francisco Morazán. Fue, de hecho, uno de los responsables de lograr el reencuentro de gran parte de la Promoción 1981 a fines de 2016.

El sábado 5 de noviembre coincidieron 12 de aquellos “pibes” en una parrilla de Monroe y Lugones. Además de las achuras, los cortes de carne, las ensaladas, las papas fritas, las gaseosas y las cervezas, por la enorme mesa desfilaron las anécdotas de los años escolares. El recuerdo de aquella etapa inocente, que los marcó a fuego para el resto sus vidas, se conectó con el presente. A la hora de los postres, los comensales declinaron las opciones de la carta y decidieron caminar hasta el viejo colegio, que semanas atrás se había mudado a un edificio inteligente a menos de 100 metros.

En 2016, los “chicos” del Morazán lograron reencontrarse después de 35 años gracias a la insistencia de Carlos López.

Allí los esperaba Andrea, la amable casera, quien les permitió volver a pisar el patio y las diminutas aulas, enormes en los años de la primaria. Gabriela FernándezAndrea Lo MédicoPaola HerreraAlejandro CastagnaRubén RoitmanJuan José SffaeirAndrés VirziMarcelo BeniniOscar ArcángeliFabián LefflerCarlos López y Sergio Calandra repitieron, en el mismo lugar, la foto que les tomaron hace 35 años.

Ese día Carlitos, que anduvo y desanduvo más de 500 kilómetros en apenas un día sólo para volver a visitar a sus amigos de la infancia, pudo dibujar su mejor sonrisa en años.

Comentarios Facebook
Compartir: