En busca de una sexualidad que exceda al coito como único recurso de placer

El especialista y vecino Eduardo Peluso propone explorar otros horizontes, comenzando por nuestra extensa piel, para que la penetración deje de ser el icono exclusivo del orgasmo en las relaciones.

Compartir:

Por Eduardo Peluso *

Muchos acontecimientos que suceden durante nuestra existencia pueden ser el comienzo de una nueva forma de vivir. Así el casamiento, el nacimiento de nuestro hijo o hija, la muerte de nuestros padres, un nuevo trabajo, una operación sorpresiva y esta pandemia son marcas o iconos que obligada, o responsablemente, generan un corrimiento de ese espacio de confort que nos da seguridad, produciendo algún temor por el futuro.

Cuando nosotros somos los que tomamos la decisión del cambio, como hicieron nuestros antepasados cuando bajaron de los árboles y adoptaron la postura bípeda, ese riesgo asumido se traslada al cuerpo, el cual se transforma en el receptáculo de nuevas sensaciones y experiencias.

Esas sensaciones son parte de nuestra sexualidad, una sexualidad que nos cansamos los sexólogos en repetir que es mucho más que genitalidad y que, sin embargo, con nuestro lenguaje y nuestros discursos reducimos casi exclusivamente a la relacion coital.

Un ejemplo de ello, es la discusión acerca de la prostitución y la defensa de la misma, apoyando a quienes abogan por la libertad de la elección individual. Quienes luchamos por una educación sexual integral estamos convencidos de que la sexualidad es un todo en nuestra condición de seres sexuados y que nuestros actos, desde los más simples a los más complejos la expresan en diferentes niveles.

Nuestra condición de seres sociales y atravesados por el contexto hizo que vayamos construyendo nuestra forma de sentir y de actuar de acuerdo con la matriz heterosexual. Los poderes e instituciones religiosas fueron reforzando ese concepto, prohibiendo que el cuerpo sintiese placer y, si lo hubiera, que fuese para la reproducción.

Esto impidió que muchas partes de nuestro cuerpo permitan erotizarse ante un toque o una palabra y, en muchos casos, hizo avergonzar a quienes sentimos alguna sensación orgásmica ante una caricia en el rostro, arrojándonos de un paracaídas o metiendo un gol en una final del campeonato del club.

Por ese motivo, como aquellos antepasados, creo que es el momento de pensar un cambio y asumir el riesgo. Si tuviéramos una buena educación sexual desde pequeños, que nos permita sentir el placer sin sentirnos culpables, y nos enseñaran que los órganos sexuales no son sólo los genitales sino gran parte de nuestro cuerpo, comenzando por nuestra extensa piel, seguramente le pondríamos mucha menos atención a la penetración como icono de la sexualidad.

Esa educación sexual, sin imponer una verdad, deberá mostrar estrategias para desarmar el mandato de masculinidad y la matriz heterosexual, que hombres y mujeres tenemos aprendido, que necesitamos validar a cada momento para sentirnos reconocidos. Será la manera de deconstruir ese perfil de hombre recio, violento, ganador, impedido de demostrar emociones, que en algunos casos genera disfunciones sexuales y en otros potencia ciertas parafilias. El propósito es construir un hombre más sensible, que no solo se permita disfrutar de la emocionalidad sino que además disfrute de su sexualidad mucho más allá de su pene.

No hay límites para el placer sexual. Es posible experimentar una sensación orgásmica ante una caricia en el rostro. Foto: www.elmundo.es.

Tal vez si esto se cumpliera habría mucha menos violencia en general, y sexual en particular, porque ser hombre no sería sinónimo de violentar a un otro a feminizar y su placer sexual incluiría posiblemente una mirada cómplice o una caricia en la mejilla de ese otro u otra. No tendría ya necesidad de demostrar ningún nivel de poder y la expresión “irrefrenable deseo sexual” no nos llevaría a la imagen acústica de un ser con un único objetivo de penetración, sino tal vez de uno que sienta en una lectura o en un abrazo ese placer corporal.

En ese caso, el mal llamado “trabajo más antiguo del mundo” perdería muchos seguidores, ya que aquellos no tendrían que mostrar su machismo consumiendo el cuerpo del otro y eliminaría aprovechadores de la vulnerabilidad ajena. Esto provocaría que esa libertad de elección esgrimida por quienes defienden la prostitución tenga ahora sí un argumento basado en dicha libertad, donde quien elige no lo haga, como en la mayoría de los casos de hoy, por necesidad y en una posición inferior de poder sino, al igual que como sucede en quienes educamos, lo haga en el utópico ideal de dar placer al otro sin perder el suyo.

En ese contexto social, decir que la genitalidad es “solo algo más de nuestra sexualidad” será efectivamente una praxis que nuestro cuerpo tendrá totalmente incorporada y no, como lamentablemente hoy sucede, que cuando lo expresamos en nuestro discurso ni nosotros mismos lo creemos.

* Lic. en Antropología, sexólogo y vecino de Coghlan.

Comentarios Facebook
Compartir: