En el límite entre Coghlan y Saavedra, Nestlé fabricó su chocolate por 50 años

La empresa de origen suizo, que cumplió nueve décadas, tuvo entre 1930 y 1981 su primera planta en la manzana comprendida por las calles Tronador, Manuela Pedraza, Plaza y Núñez.

Los productos Nestlé se conocieron en nuestro país en las últimas décadas del siglo pasado, a través de la importación de harina lacteada y leche condensada. En 1930 la firma de origen suizo, que acaba de celebrar 90 años en Argentina, adquirió una pequeña usina que se dedicaba a la fabricación de chocolate, su primer establecimiento fabril con asiento en nuestro país.

La planta estaba emplazada sobre un terreno de una hectárea y media, delimitado por las calles Tronador, Manuela Pedraza, Plaza y Núñez, límite exacto entre los barrios de Coghlan y Saavedra. Inicialmente elaboraba toda clase de chocolates y caramelos, pero luego se agregaron a la lista cacao en polvo y café soluble. Más de 25.000 m² de superficie cubierta albergaban las áreas de elaboración, almacenes, servicios varios, oficinas y laboratorios.

“Su permanente y sostenida expansión llevó a Nestlé a ocupar casi toda la mano de obra disponible en Coghlan y Saavedra”, afirma el historiador Alfredo Noceti (1928-2005) en su libro Coghlan. Una estación, un barrio. “Por entonces la chimenea de Nestlé era muy visible desde cualquier lugar del barrio y por ahí emergían los más variados aromas. Sabíamos cuándo estaban fabricando chocolates, caramelos o café soluble. Eran olores muy agradables”, le contaba el historiador al periódico El Barrio hace 20 años. Noceti, que trabajó cuatro décadas en la empresa, ingresó en 1948 a la fábrica de Coghlan. Recordaba con una sonrisa que los empleados nuevos podían comer todo el chocolate que quisieran, aunque al cabo de un tiempo se empalagaban.

La fábrica de chocolate, símbolo de Coghlan y Saavedra, funcionó entre 1930 y 1981 en el límite entre ambos barrios.

Las escuelas primarias de la zona realizaban visitas guiadas a la fábrica, donde los chicos se llenaban los ojos (y también el estómago) con las delicias que allí se elaboraban. “No me olvido del olor penetrante al ingresar ni de los tambores gigantes de chocolate blanco revolviéndose a la vista de nosotros. Tampoco de que ponían a funcionar unas ruidosas máquinas empaquetadoras sólo para que viéramos como operaban. Se ve que ya en aquella época las líneas de producción del edificio tenían un alto grado de obsolescencia. El mejor recuerdo fue el mix de regalos que recibíamos a la salida; los más conservadores guardábamos todo en nuestra valijita para comerlo después de la cena, otros en cambio lo devoraban en el camino”, evocaba el vecino de Coghlan Eduardo Sforza, testigo de los últimos años de Nestlé.

Chocolate fundido
A fines de la década del 70 la planta se había vuelto inoperante. No estaba computarizada y esa circunstancia exigía que trabajaran en tres turnos unos 1.500 operarios, mientras que en Suiza una fábrica de chocolate empleaba a 60 hombres. “La automatización es el equivalente a la revolución industrial del siglo XVIII: expulsa gente de los ámbitos laborales. Para colmo, como consecuencia de diversos negocios malogrados, a principios de los años 80 Nestlé atravesó una delicada situación financiera que la puso al borde de la quiebra y exigió a la central suiza desembolsar 140 millones de dólares. De 5.000 empleados, el personal se redujo a la mitad”, reflexionaba Noceti.

Así luce en la actualidad el predio donde, hasta hace cuatro décadas atrás, operó Nestlé. Sobrevive su chimenea.

Así planteadas las cosas, la vieja fábrica se apagó en 1981. Durante doce años no encontró comprador, hasta que finalmente fue adquirida por New San, un grupo que comercializaba las marcas Sanyo, Noblex, Atma, General Electric y Aiwa, entre otras, para usarla como depósito. A comienzos de la década pasada, cuando comenzaba a despuntar el boom inmobiliario en la zona, la manzana dejó lugar a un complejo de viviendas de lujo que conservó la chimenea a modo de detalle distintivo.

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