En medio de la cuarentena, una vecina de Villa Urquiza llegó a los 100 años

Se trata de Jacqueline Pizzarello, nacida en Francia el 28 de marzo de 1920, que festejó su centenario junto a una de sus hijas, su yerno y su nieto. Conocé su historia.

Cumplir años durante la cuarentena es, de por sí, un hecho inédito que será recordado para siempre. Pero si las velas que se soplan son ni más ni menos que 100, el acontecimiento toma una mayor dimensión y se convierte en noticia. Ese es el caso de Jacqueline Renee Pizzarello, francesa de nacimiento y vecina de Villa Urquiza desde la década del ‘60, que llegó a su centenario el pasado 28 de marzo, en medio del aislamiento decretado por el Gobierno Nacional para frenar el avance del coronavirus.

El festejo fue íntimo, en su casa de Andonaegui y Olazábal, donde vive con una de sus hijas, su yerno y su nieto menor, pero promete ser grande una vez que pase la pandemia. “Hoy la prioridad es cuidarnos. Esperemos que pronto venga un tiempo mejor y la gente pueda salir a trabajar y a jugar otra vez”, dice con dulzura Mima, como la llaman sus seres queridos.

-Cuéntenos de su vida, Jacqueline. ¿Cuándo y dónde nació?
-Nací el 28 de marzo de 1920 en la comuna francesa de Yenne, dentro del departamento de Savoia, que está ubicado en la región sudeste del país. Mi papá Eduardo era argentino y conoció en Lyon a mi mamá, Margarite Boudot, francesa, después de la Primera Guerra Mundial. Ella fue enfermera mayor en un hospital militar durante la guerra y nos contó muchas historias que vivió en ese tiempo. Vio muchas escenas horribles teniendo no más de 20 años.

La vecina Jacqueline Pizzarello cumplió 100 años el 28 de marzo pasado.

-¿Cómo fue que vino a la Argentina con su familia?
-En mis primeros años de vida vivimos en París, luego nos trasladamos a Clermont Ferrand, en el centro de Francia, y por último a Italia. Pero al poco tiempo mi papá convenció a mi mamá para venir a la Argentina, así que llegamos al Puerto de Buenos Aires el 1 de julio de 1926 en el buque Conte Verde, provenientes de Génova, Italia. Yo era la mayor de tres hermanos y luego nacieron otros dos en Argentina.

 -¿Dónde se instalaron?
-En Villa Devoto, después de pasar por varios barrios. A los 20 años yo me puse de novia y me casé dos años más tarde, en 1942. Con mi marido Manuel -que era químico y trabajaba en la empresa Duperial, donde llegó a ser gerente- tuvimos cuatro hijas (Margarita, Gabriela, Cristina y Renata) y luego nueve nietos y diez bisnietos. Vivimos en Bernal, Benavídez y Núñez, hasta que en 1964 nos instalamos en Villa Urquiza. Compramos una casa en Andonaegui y Olazábal, donde aún hoy vivo con mi hija Cristina, mi yerno Carlos y Guido, mi nieto más chico. Lamentablemente, mi marido murió muy joven, a los 59 años, de un ataque al corazón. Fue muy bueno y fui muy feliz con él (N. de la R.: Nos cuenta Guido que su abuela “tiene devoción por su marido, puede hablar horas de él”).

Con Guido, su nieto menor, se tomó una copa de champagne para celebrar su centenario.

Recuerda Jacqueline que, ya instalados en Argentina, en su casa siguieron hablando el francés como idioma principal, dado que era la lengua de su mamá. De hecho, a nuestra entrevistada nunca se le fue el acento y todavía pronuncia la r como una francesa más. A su país natal pudo volver dos veces, ya siendo adulta, una de ellas con su hermana Camila, que también nació allí. En su viaje pudo retrotraerse a su infancia y evocar los primeros momentos de su vida.

“Pero en Argentina fui siempre muy feliz”, aclara sobre nuestro país, donde se abocó a las tareas de la casa y a criar a sus hijas, que cursaron la primaria en el colegio Ramón Cárcano, de la calle Bucarelli, y la secundaria en el Reconquista, de la Av. Triunvirato, ambos en Villa Urquiza. Es tanto el cariño que Jacquie le tomó a la Argentina que, al día de hoy, no se va a dormir sin escuchar el Himno Nacional en la televisión a la medianoche. “Espera ese momento durante todo el día, la emociona mucho”, asegura su nieto Guido.

Jacqueline vive en Villa Urquiza con su hija Cristina, su yerno Carlos y su nieto Guido.

-¿Cómo recuerda su llegada a Villa Urquiza, Jacqueline?
-Nos encantó, siempre fuimos muy felices aquí. En ese tiempo era un barrio tranquilo, lleno de casas y árboles. Todos nos conocíamos con los comerciantes y los almaceneros. Iba mucho al mercado de la Av. Triunvirato, que aún hoy sigue en pie, y a la feria de la calle Mendoza, en donde se juntaba todo el barrio los miércoles y sábados. Me acuerdo también cuando paseaba a mi nieto Guido por todo Urquiza. Lo llevaba casi todos los días a la estación a ver el tren pasar, que a él le encantaba. Como vivimos a cuatro cuadras del lugar, era el paseo de siempre. Hoy cambió mucho todo: no me termino de acostumbrar a tantos edificios, tan pocas casas… Se extraña el barrio que conocí cuando me mudé. De hecho, mi casa es la única que queda en la cuadra.

Hace un tiempo que Jacqueline dejó de salir a la calle para preservar su salud y, desde entonces, encuentra refugio en la compañía y el afecto de su numerosa familia, que la visita constantemente. La excepción fue su cumpleaños número 100, que por la cuarentena debió resolverse en un festejo íntimo. “Teníamos pensado hacer una gran fiesta en casa. Incluso sus nietos que viven en Estados Unidos habían sacado pasajes para venir a Buenos Aires, pero no pudo ser. Sin dudas que, cuando todo esto termine, lo vamos a reprogramar y festejaremos como se debe. Por ahora, la prioridad es que ella esté bien en su casa”, destaca Guido.

“Pero de todas formas estuvo muy feliz, porque pudimos hacer una videollamada en simultáneo con sus hijas, nietos y bisnietos, en la que todos le cantamos el feliz cumpleaños, sopló las velitas y brindó con champagne. Vivió su día con mucha emoción, no paró de agradecer todo el cariño recibido”, agrega.

Con Cristina, una de las cuatro hijas que tuvo con su marido Manuel, ya fallecido.

Sobre la actualidad, Jacquie está muy preocupada. Está al tanto de todo lo que ocurre con el coronavirus y la cuarentena obligatoria y no deja de pedirle a su familia que se cuide y la cuiden a ella. “Piensa mucho en el futuro del país y de su seres queridos -revela Guido-. Le encanta escuchar los logros cotidianos de los miembros de su familia y contárselos (¡unas cuantas veces!) a todas las personas que la visitan. Es su mayor orgullo”.

Mientras tanto, a la espera de que termine la cuarentena, la cumpleañera sigue disfrutando de los pequeños placeres de la vida: todos los días come un pedazo de chocolate o un helado y cada tanto, como buena francesa, se toma una copita de champagne…

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