Entrevista a María O’ Donnell: “La década del 70 es un terreno de disputa discursiva”

La politóloga y periodista acaba de publicar “Aramburu”, el libro que aborda el secuestro y asesinato del ex presidente de facto a manos de Montoneros. Una casa de Parque Chas fue clave en el operativo.

  • 70
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Por Tomás Labrit
tlabrit@periodicoelbarrio.com.ar

-¿Cómo surgió la investigación de “Aramburu”, que recientemente publicaste a 50 años del crimen?

-En 2015 había escrito un libro sobre el secuestro de los hermanos Born, ocurrido en 1974, y esa historia despertó mi intriga sobre el origen de Montoneros. Ese año se produjo, a la par, un episodio que desconocía: el secuestro del cadáver de Aramburu del Cementerio de Recoleta. Sabía que en el 70 Montoneros lo había secuestrado y asesinado pero desconocía la historia posterior del intercambio de su cadáver y el de Eva Perón, lo que llamó mucho mi atención. También me di cuenta de que el caso Aramburu era un tema incómodo para algunos, de posiciones muy encontradas, y me interesó profundizarlo.

-¿Cómo fue el proceso de investigación?

-Los libros son proyectos que desarrollo de forma paralela a mis trabajos habituales, entonces la intensidad depende de eso y del ritmo que vaya tomando la investigación. Son procesos que necesitan tiempo. Por ejemplo, llegar a Mario Firmenich -líder de Montoneros- me llevó un año y medio. A muchos de los protagonistas los entrevisté con mucha profundidad y eso requirió verlos entre 10 y 15 veces, algo que uno no hace habitualmente. Las relaciones tardan también, entonces por más que estuviese dedicada a tiempo completo se necesita un período de maduración. Además se sumó una cantidad muy grande de bibliografía, en especial la causa judicial del caso -de más de 50 cuerpos- que está en el archivo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

El libro indaga en el secuestro -y posterior asesinato- de Pedro Eugenio Aramburu, ocurrido el 29 de mayo de 1970.

-¿Qué conocías del secuestro y con qué datos nuevos te encontraste?

-Sabía del tema pero muy por arriba: una guerrilla se da a conocer con un hecho extraordinario, en un contexto de guerrillas de izquierda en Latinoamérica, pero con la característica particular de que en Argentina está prohibido el peronismo. Durante la investigación aprendí mucho, por ejemplo, del entrenamiento de la célula original de Montoneros en Cuba y de los dos años en que sus integrantes simulan seguir teniendo vidas “normales” de estudiantes universitarios, mientras empiezan a hacer sus primeras armas como guerrilleros. También noté una influencia enorme de lo que pasaba en la Iglesia: la explicación para que estos jóvenes se hayan radicalizado tiene que ver con el acercamiento de un sector eclesiástico a los movimientos de izquierda.

-¿Cómo fue tu encuentro con Firmenich, un personaje siempre esquivo a la prensa, en su “exilio autoimpuesto” en las afueras de Barcelona?

-Es un personaje que genera mucha atracción poder conocer, pero al mismo tiempo tenés la sensación de no saber con qué te vas a encontrar. Yo tenía un dilema también, porque no sabía si iba a ser mi primer o único encuentro con él, entonces administrar las preguntas fue complicado. Lo increíble, cuando lo vi, es que se parece mucho a su imagen del pasado. Y además habla como si estuviese anclado en el pasado, lo cual le da un carácter distante, frío, un poco inaccesible. Pero también debo reconocer que fue muy amable: es un señor de 70 años que estaba con su mujer de toda la vida y había dejado a los nietos en la casa, que es profesor en una universidad de Barcelona… Estos personajes también tienen sus humanidades.

O’ Donnell logró hablar con Mario Firmenich, único sobreviviente confirmado del comando de Montoneros que asesinó a Aramburu.

-¿Dirías que fue revelador su testimonio para el desarrollo de la investigación?

-Sí, me hizo dar cuenta de muchas cosas. Además de la entrevista presencial, después me mandó un mail dejando en claro que no iba a cooperar en mi investigación, lo que me hizo notar los misterios que todavía envuelven al caso y él no quiere develar. Es el único sobreviviente confirmado del comando que llevó a cabo el crimen -para mí no es así, es una conclusión a la que claramente llegué- y eso implica que sea el dueño del relato, el dueño del hecho fundante de Montoneros. Ahí es donde basó, para siempre, su legitimidad como jefe de la organización.

-Firmenich te definió el secuestro de Aramburu como un “paseo”, porque lo fueron a buscar a su departamento de Recoleta disfrazados de falsos militares y él les creyó, sin imaginar su verdadera intención. ¿Podría decirse que la planificación fue perfecta?

-Sí, jugaron varios factores a favor, en especial que Aramburu no tuviese custodia y que estuviese tan llamativamente dispuesto a que lo llevaran. Para eso inventaron una coartada inteligente, porque fueron a buscarlo un 29 de mayo, el Día del Ejército, entonces ni Aramburu ni su mujer sospecharon nada. El crimen dejó la sensación de que eran una organización sofisticada, a tal punto que le costó mucho a los familiares de Aramburu creer que solo Montoneros estaba detrás. Sin embargo, la estructura de la organización era muy precaria. Al mes siguiente del crimen, cuando la célula cordobesa de Montoneros tomó la Municipalidad de La Calera, quedó claro que no eran tan sofisticados, porque cometieron varios errores de planificación y los investigadores lograron conectar el hecho con el secuestro de Aramburu. La toma de La Calera fue un ejercicio puramente propagandístico, para mostrar que eran capaces de asaltar un pueblo, pero puso demasiado en juego a cambio de muy poco. Y el resultado fue muy costoso.

Pedro Eugenio Aramburu fue presidente de facto entre 1955 y 1958, tras el golpe de Estado autodenominado “Revolución Libertadora”, que derrocó a Perón.

-¿Por qué Montoneros elige a Aramburu como su primera víctima para presentarse en sociedad? El almirante Isaac Rojas, por ejemplo, era todavía más antiperonista. Otra opción que suele analizarse es Juan Carlos Onganía, el presidente de facto cuando ocurre el secuestro.

-Pero Onganía no fue quien prohibió al peronismo, entonces asesinarlo no hubiera dado un mensaje al partido. No era esa la historia que Montoneros quería vengar, sino el bombardeo a Plaza de Mayo, el golpe del 55, el fusilamiento del General Juan José Valle y el robo del cadáver de Evita. Con esa lógica, las opciones eran Aramburu o Rojas, que en verdad era mucho más antiperonista pero ya no representaba una figura de relevancia política. Aramburu, por el contrario, seguía vigente y estaba intentando negociar con Perón para ser un hombre de la transición. Matar a Aramburu impedía eso que Montoneros no quería: que Perón volviera como resultado de un pacto con los militares. Ahí es cuando la organización adquiere protagonismo y de la noche a la mañana se le impone como interlocutor a Perón, que desde su exilio en Madrid los felicita a través de una carta.

-¿Qué impacto tuvo en la sociedad este crimen?

-Fue un hecho sorpresivo porque su autor era una organización desconocida, que de pronto asesina a una figura odiada por el peronismo. En la entrevista en Barcelona, Firmenich me dijo que buscaban hacer “algo que se explicara por sí mismo” y en ese sentido fue una operación tremendamente exitosa, porque inmediatamente se convirtieron en una organización indiscutiblemente peronista, que venía a reivindicar la resistencia de un sector de la Argentina que estaba excluido hace 15 años de la participación política. Hay que tener en cuenta ese contexto para entender por qué fue un crimen que una parte de la sociedad festejó.

Aramburu fue ejecutado en el sótano de una quinta perteneciente a la familia del montonero Carlos Ramus, ubicada en la localidad bonaerense de Timote, donde fue trasladado en auto desde su departamento en Recoleta.

-Justamente vos explicás que, cuando se habla del caso Aramburu, el término con el que se lo define tiene que ver con la distancia o cercanía con que se lo mire respecto al peronismo. Algunos lo califican de asesinato y otros de muerte, a secas. En tu caso, desde la portada misma del libro, lo definís como un crimen.

-Matar a alguien indefenso, en un sótano, con los ojos vendados y las manos atadas, indudablemente es un crimen. Hay quienes creyeron que había razones justificadas y lo llamaron, en el lenguaje de la época, “ajusticiamiento”. Hoy la democracia es un valor muy arraigado en la sociedad argentina, pero no lo era para aquellos jóvenes de la década del 70, donde la lucha armada era una forma legítima en la que se creía. Siempre digo, por eso, que a la historia hay que mirarla en su contexto.

-¿Cuál es tu análisis, teniendo en cuenta ese contexto histórico, del accionar de Montoneros? Como en el crimen de Aramburu, las miradas suelen ser antinómicas: revolucionarios o asesinos, sin medias tintas.

-Aunque no lo han hecho, hay una autocrítica grande por hacer por parte de las organizaciones guerrilleras. La responsabilidad del terrorismo de Estado es de la dictadura, pero Montoneros fue una organización que muy tempranamente se estructuró de manera militar, priorizando la lucha armada por encima de la construcción política, y eso también costó muchas vidas. Hay un montón de víctimas civiles de las organizaciones guerrilleras que han quedado en un agujero negro y nadie las reconoce. Ahí hay una injusticia.

El afiche que buscaba a Norma Arrostito, Mario Firmenich y Fernando Abal Medina, tres de los diez Montoneros que participaron del operativo.

-¿Cómo fue la causa judicial contra Montoneros después del crimen de Aramburu?

Fernando Abal Medina, el jefe de la célula, y Carlos Ramus, el dueño de la quinta bonaerense en donde asesinaron a Aramburu, murieron a los pocos meses en un enfrentamiento con la Policía, entonces no llegaron a ser juzgados. Al momento en que comenzó el juicio -a fines de los 70- también había muerto Emilio Maza, el otro jefe, después de la toma de La Calera. Por otro lado, Firmenich y Norma Arrostito estaban prófugos, entonces sólo se juzgó a Nélida Arrostito -hermana de Norma- y su pareja Carlos Maguid, pero ninguno de los dos había estado en la escena del crimen.

Reconocida politóloga y periodista, María O’ Donnell nació en 1970, mismo año del secuestro de Aramburu.

-Arrostito y Maguid fueron encontrados en una casa que alquilaban en Bucarelli y Ballivián, Parque Chas, que tuvo un rol preponderante en el desarrollo de la “Operación Pindapoy”, como se conoció al secuestro de Aramburu. ¿Nos contás cómo se vincula con esta historia?

-La casa de Bucarelli es clave. Nélida Arrostito era maestra jardinera y Carlos Maguid, publicista de Canal 11. Ambos tenían sus trabajos formales y no estaban involucrados en Montoneros inicialmente, pero luego Norma Arrostito se fue a vivir con ellos a esa casa y Fernando Abal Medina, su pareja, la empezó a frecuentar allí. Recordemos que Abal Medina ya estaba en el armado de la célula guerrillera y, de hecho, había ido a Cuba a entrenarse militarmente. Primero Nélida y Carlos eran espectadores y apenas discutían de política, hasta que Abal Medina les preguntó si no se animaban a pasar a la acción. Ahí es cuando Nélida comienza a colaborar con ellos, guardando en la casa recortes de diarios de las primeras acciones de la célula, como robos de armas y destacamentos.

-La casa también tenía varias funciones, ¿no?

-Sí, estaba el laboratorio fotográfico de Maguid, donde se imprimieron las imágenes de los objetos personales de Aramburu que probaban que Montoneros tenía el cuerpo. También estaba la máquina de escribir con la que redactaron los diferentes comunicados del secuestro y del garaje de la casa salió el auto con el que fueron a buscar a Aramburu. La casa de Bucarelli es fundamental en el desarrollo de la primera célula porteña y en el diseño del secuestro. Después del asesinato, cuando allanan la propiedad, encuentran de todo, a pesar de que habían llegado a “limpiar” una parte, porque Abal Medina y Norma Arrostito se habían mudado a un departamento cerca del Hospital Militar.

Montoneros utilizó una propiedad de Bucarelli y Ballivián, Parque Chas, como base de la “Operación Pindapoy”, que secuestró y luego asesinó a Aramburu.

-¿Fuiste a conocer la casa de Bucarelli? ¿Sos de la zona?

-No, vivo en Palermo viejo, pero amo Parque Chas, es un barrio divino. Pasé a ver la casa desde afuera y me intrigó saber quién vive ahora. Recordemos que, además de esta propiedad, Montoneros tenía otra operativa en Villa Allende, Córdoba, que pertenecía a la familia de Ignacio Vélez Carreras, miembro de la organización. Ahí estaban los “embutes”, escondites donde guardaban documentos y uniformes robados.

-Por tus últimos dos libros investigaste en profundidad a la década del 70. ¿Por qué ese tiempo sigue tan presente en el debate público?

-Cuando terminó la dictadura se habló mucho del horror de esa etapa, pero costó ir para atrás. La década del 70 todavía es un terreno de disputa discursiva, en donde se sigue planteando el debate entre jóvenes idealistas y guerrilleros subversivos. Hay poca revisión de ese tiempo sin caer en posturas extremas.

Crédito de foto de portada: Alejandra López

Comentarios Facebook
  • 70
  •  
  •  
  •  
  •  
  •